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martes, 13 de junio de 2017

Cinco horas con Mariano: análisis de la corrupción



Decía Irene Montero, en su monólogo ante el teatro-parlamento "Cinco horas con Mariano", hoy, 13 de junio del 17, lo siguiente:
"Comentan que la corrupción es un problema de manzanas podridas, dando a entender dos cosas (que nada tienen que ver): La primera que es un fenómeno natural o inevitable como que salga el sol o que caiga la lluvia, la segunda es que la corrupción es un problema moral o individual, que roban las personas maleducadas con moralidad débil o pocos escrúpulos.  Pero no señorías, la corrupción no es un problema natural ni tampoco es un problema individual o moral Es un problema económico y político, estructural"
Esta señora sabe lo justo, lo superficial... a ver, lo pregunto en plan socrático ¿cree de verdad que no es inevitable la corrupción? O sea, ¿que el ser humano es naturalmente bueno? Vamos a ver ¿es que Irene María no vive en el mundo real? ¿No ves a la gente queriendo lo mejor y haciendo lo peor? ¿O es cuestión solo de la estructura? ¿Crees de verdad que la política puede acabar con el pecado? ¿Crees que con estructuras adecuadas no habría violencia, robo y mentira? Pues andas muy mal de la vista. 

¿Hay algún fenómeno "estructural" que no venga de la moralidad? ¿O es que la moralidad, la fortaleza, la templanza son irrelevantes para el desempeño de la vida pública? ¿Puedes establecer estructuras morales y garantizarte que no van a corromperse? 

Evidentemente no y este monólogo solo puede darse por dos situaciones, o una mezcla de ambas: o no se entera de lo que es la naturaleza humana y cree que el delincuente lo es siempre por el ambiente; o lo sabe muy bien y lanza este discurso con idea partidista, de mera estrategia política.

Esta inocencia falsa sobre la naturaleza humana es la raíz de todos los males del comunismo en particular y de todo totalitarismo en general. Es evidente que bajo las mismas estructuras se producen conductas diferentes y -a no ser que nos vayamos a inconscientes freudianos- es la moralidad de cada uno la que mancha o dignifica la estructura. No existe ni puede existir una estructura perfecta. La utopía es interesante como motor del cambio, pero no es lugar de llegada, porque si llegas a ella es un espejismo, porque llegas a otra realidad donde la naturaleza humana tiene que seguir siendo, con su libertad y sus carencias. 

Sí tiene razón en la descripción del problema, pero no en la causa. El corrupto genera la estructura corrupta y no al revés. No me cabe duda de que el PP es una estructura corrupta, como lo es cualquier partido; la única diferencia es que el PP durante años ha tenido mucho poder, y el poder no corrompe, pero atrae a los corruptos como la miel a las moscas.

Pero vamos al tema. Mi tesis es que la corrupción es el resultado de muchos años de mermas del espíritu. No es corrupción sacar dinero con una tarjeta de crédito sin límite que te deja un banco, de unos fondos reservados, amañar un contrato para un amigo o cobrar en negro de gobiernos extranjeros. Estas cosas son delitos. Y puede uno cometer un delito y no ser corrupto. Y se puede ser corrupto sin cometer delitos. 

El corrupto es corrupto aunque no le imputen/investiguen, aunque nunca le condenen, aunque no se dedique a la política. Hay profesores, albañiles, comerciales, curas y barberos corruptos. El corrupto es corrupto no por lo que hace, sino por lo que es: un ser con el espíritu mermado, un enano espiritual. Y eso de ser enano espiritual, a falta de un aparato que mida el espíritu (cosa que no estaría mal inventar), se puede intuir por una frase, un tono en una conversación, o una acción u omisión que solo un corrupto puede tener. Aunque la justicia no puede entrar en estas sutilidades y solo puede dedicarse a perseguir delitos, los ciudadanos pueden y deben descubrir al corrupto y compadecerse y/o guardarse de él. 

Saber si su vecino, compañero, amigo es corrupto basta ver estas señales (ojo, si se dan el 50% es corrupto seguro):

- Cómo mira y disfruta de las novedades, de los objetos de consumo
- Cómo disfruta contando sus relaciones sociales con gente conocida
- Tiene un coche de alta gama y lo mantiene siempre limpio y sin mácula
- Hace colas para tener el nuevo Iphone o va al concierto de los Rolling
- Tiene abono de la plaza de toros o del equipo de fútbol
- Viaja lejos, muy lejos, y lo cuenta siempre
- Ve en las personas del otro sexo: cuerpo, dinero y apariencia externa
- Solo ve a las personas de poder y a los demás ni les siente
- Tiene amigos, muchos amigos íntimos, que trabajan con él
- Sabe estar y adaptarse a las circunstancias, París bien vale una misa
- Tiene un pronto, que solo saca con quien puede, "es el carácter"
- Sabe mentir sin que se note
- Es campechano y sencillo en los gustos culinarios, nada de nueva cocina
- Al portero le habla de fútbol y le llama "campeón"
- Dice tacos en privado para ser más campechano: "joder", "cabrón", "joputa"
- El reloj delata al corrupto más que cualquier otra cosa(1)

Con este perfil habrán reconocido a algún corrupto en sus conocidos. Vigilen bien, no les vaya a pasar lo que le pasó a Esperanza Aguirre, que dice que pecó, "in vigilando", pero pecó de ignorancia, puesto que si hubiese leído esto habría tenido herramientas para detectar a los corruptos apadrinados. 

Como pueden ver por la descripción, el corrupto es quien vive a tope en la cresta de la ola, dispuesto a vender a su madre a cambio de un poco de apariencia, de poder, de dinero o de novedades. Por eso el corrupto es siempre inocente de los cargos que se le imputan, porque es un enfermo espiritual, se irá a la cárcel -o a algún Consejo de Administración, o a la Secretaría General de algún partido-  creyendo que era inocente y que hizo una gran labor social haciendo lo que hacía. 

La enfermedad del corrupto es de percepción: no ve lo que nosotros vemos; su culpabilidad no es del presente, es del pasado, de un pasado lejano cuando poco a poco fue cegándose y perdiendo la noción de la realidad. El corrupto es como el drogadicto, el sicario mafioso, el agresor sexual. No se les puede culpar, independientemente de que la justicia les culpe y les condene, no tienen posibilidad de reinserción ni de arrepentimiento, porque su realidad es distinta al resto. Su realidad es nada vale si uno no es el victorioso macho alfa de la manada, el elegido, el mejor y por lo tanto su moral es distinta al resto de los mortales, sus valores están transmutados. 

El corrupto se genera una imagen del triunfador, de valioso directivo, de sobrado, que se retroalimenta porque a su alrededor generan una amalgama de mediocres aduladores en espera de las migajas del corrupto. Consejeros, Secretarios, Testaferros, Asesores, Sicarios, que poseen dos características innatas: su discreción, y su capacidad para adular sin ser demasiado empalagosos. Esta capa de aduladores es necesaria para que exista el corrupto y contribuye de manera decisiva para que éste siga siendo corrupto, pues son los que se encargan del trabajo sucio y les va la vida en que su jefe siga allá arriba, donde nada le salpica. El corrupto y sus aduladores empiezan a crear esa estructura de la que hablaba Montero. 

Cuando la trama cae, normalmente por luchas internas (porque el Estado casi nunca descubre nada "de oficio"), lo que ocurre es un desvelamiento: el juez (y las filtraciones sobre todo) deja ver la cara verdadera del corrupto, la que ha estado ocultándose durante años. Este desenmascaramiento lo que produce es, al principio, estupefacción. Acostumbrados a ver una imagen positiva del corrupto, descubrimos una realidad contraria, una realidad que indica que nuestra idea previa estaba equivocada. Y entonces se produce una crisis: el relato cambia y vemos que todo lo que habíamos visto tiene una doble visión, una explicación por la corrupción y no por la imagen pública manipulada.

Como todo cambio de ideas cuesta e imaginamos que no es así, que hay algo que no sabemos, que se nos escapa: ¿Cómo el fundador de un movimiento religioso era un corrupto? ¿Cómo ese político tan autosuficiente era un ladrón compulsivo? ¿Cómo el cuñado del rey puede ser corrupto? La gente piensa -equivocadamente- que quieren más dinero o más poder, pero no es cierto; más bien al contrario: la corrupción apetece del poder para esconder el espíritu en merma.  

La pregunta que parece evidente es: ¿Cómo alguien que "lo tiene todo" arriesga su vida por dinero o poder? Pero la pregunta está mal formulada, porque ese "lo tiene todo" es pura apariencia, fruto de una enfermedad espiritual del corrupto, que se ha esforzado en la apariencia de tenerlo todo, realmente "todo" le tiene a él, y está cegado para el Todo verdadero, que es lo que realmente merece la pena. El pobre corrupto no ve belleza, verdad y bondad en la realidad; la belleza la transforma en objetos de consumo, coches de lujo, decoraciones estridentes, operaciones de estética, viajes a la otra punta del mundo, trajes, bolsos y zapatos. No hay realmente belleza, sino la belleza en sí mismos y la belleza de los suyos al estar en tan caros, queridos, escenarios y con tan exquisitos disfraces de poder. La verdad es postverdad: la verdad transformada en instrumento de manipulación de masas o en arma arrojadiza contra alguien o contra algo. La bondad tiene que ver con la eficiencia y la acción correcta, sin importar las consideraciones éticas.

El corrupto es pues un ser que ha transformado la verdadera realidad en una caricatura de ella misma. Se alimenta de un poder falso y vive intentando mantenerlo. No es que el poder corrompa, sino que el poder es apetecido por el que comienza en el vértigo de la corrupción, y cada vez que acapara más poder se vuelve más corrupto, más ciego.

La corrupción es el resultado de un vértigo, una atracción por la propia destrucción espiritual, que como todo vértigo destruye el espíritu y se queda en los superficial, en una realidad deformada. Por eso hay que agradecer a la justicia que de vez en cuando nos desenmascare a algún corrupto público, porque así podemos saber que es la corrupción una amenaza real para toda persona.

La corrupción no es enfermedad de la política ni de la vida pública, está en todos los lados, en todos los estratos sociales, no es cosa de estructuras ni tramas, como dice la primera dama de la oposición, es cosa del espíritu en destrucción constante, en un vértigo.


(1) Pueden complementarse con las nueve señales del hijoputa, que C.J. Cela expuso magistralmente en Mazurca para dos muertos. Pero -ojo- no todos los hijoputas son corruptos.

jueves, 19 de abril de 2012

Dis-culpas

Las palabras tienen un cierto sabor mágico, como si pudiesen modificar la realidad por sí solas. Pero todos sabemos que las palabras no modifican nada, dejan la realidad como está.

Sólo en un contexto el poder de la palabra es real: en el contexto de la unidad del espíritu, cuando toda una comunidad se expresa y constata un cambio en la realidad. Es la voluntad popular la única voluntad con capacidad de modificar la realidad, de hecho lo intersubjetivo es lo que se considera científico ¿verdad? Pues cuando todos a la vez decimos que es culpable, lo es.

Este poder mágico de las palabras se muestra en los ritos nuestras instituciones: en la justicia, en la religión o en la universidad sí tienen sentido las palabras con su poder modificador: "yo os declaro marido y mujer", "queda inaugurado el curso académico", "le declaramos culpable" son palabras que cambian el curso de los acontecimientos, que modifican la realidad porque aunque las diga toda la comunidad, por boca de su representante, vienen de Dios.

Pero la palabra del sujeto particular no tiene esa fuerza de modificar la realidad, a no ser que se diga en este contexto particular (un sí quiero) y pretender que así sea es uno de los grandes errores modernos que trajo al mundo un enano apellidado Wittgenstein, que pensaba que la verdad es lo que se dice, lo que se expresa; todo lo que puede ser expresado es real, etc. De hecho esa pesadez de los psicólogos por expresar los pensamientos es propia de esta desviación; también con raíz freudiana ("expresa lo inexpresable y quedarás limpio") y de Schopenhauer/Nietzsche (primacía de la voluntad, etc.) que viene a decir que hablando se solucionan los problemas del mundo, pues no: hablando los problemas quedan igual que antes, lo único que hacemos al expresarnos es hacer consciente una preocupación o un problema, pero el problema sigue ahí. Para cambiar hay que actuar, del hacer se sigue el ser, no e la palabrería.

Pero también puede entenderse a la palabra pronunciada como modificadora del espíritu. Y aquí sí tienen algo más razón. En esta línea va Viktor Frankl y su logoterapia, y la Programación neurolingüística (PNL) y la vulgarización de la misma. Es posible que las palabras cambien los pensamientos, que afecten al espíritu y que, por lo tanto, a base de mucho repetirlas generen ideas nuevas, y éstas obras: "Hay que decir muchas veces 'te quiero'", dicen los terapeutas de pareja, "hay que pedir perdón", decimos a los niños y a los etarras... De hecho hace unos días hablaba en este mismo sitio del interés enfermizo de periodistas y políticos porque los círculos etarras pidiesen perdón, como si el pedir perdón resucitase a los muertos y lograse la paz por sí solo.

Pero en todo caso solo afecta al espíritu cuando se programa, cuando se dice constantemente, como un mantra, no cuando se dice una sola vez. De hecho la fina línea de la hipocresía viene por ahí, por expresar palabras en las que no se cree para obtener un beneficio real.

Por eso hay que pedir disculpas realmente. Pese a su etimología pedir dis-culpas no diluye de por sí la culpa, porque para que no haya culpa debe ser perdonado, es decir, debe gratuitamente alguien dar algo ¿y quién puede de por sí eximir de culpas? Es decir, librar de algo a alguien, liberarlo…. Está claro que nadie puede eximir la culpa de otro. Aunque sí perdonar en lo que se nos ha ofendido. De hecho una de las cosas que más escandalizaban a los judíos de Jesús era precisamente su costumbre de perdonar pecados, porque sólo puede eximir de culpas Dios.

Los hombres no podemos perdonar colectivamente ni quitar la culpa. Si así fuese los jueces antes de dictar sentencia tendrían que esperar a ver si el delincuente pide perdón y si es así diría algo como "vete en paz" y se acabó. Y no es así, una cosa es el perdón y otra la pena o la reparación.

Y todo esto lo digo porque al aparecer un ancianito recién operado -pero vestido de rey- y pedir disculpas al pueblo parece que es de mala persona no aceptarlas, como parte del pueblo, y olvidar. Pero ¿a quién tiene que pedir disculpas? ¿a mi? ¿al elefante? ¿a su mujer? ¿a sus antepasados Borbones?

La clave está en la pregunta que lanzó, en forma de twit el máximo responsable del Tea Party Dylaniano en España cuando se pregunta que por qué pide disculpas: ¿Por irse a Botsuana ? ¿Por matar elefantes? ¿Por romperse la cadera? ¿Por no estar en Argentina luchando por YPF? ¿Por ponerle los cuernos a su señora esposa ante la mirada atónita de todo el planeta? ¿Por no abdicar?

jueves, 3 de marzo de 2011

Texto de Nietzsche (La gaya ciencia, Libro V, §§ 343-346)

Libro V. Nosotros, los sin miedo


§ 343. ...El más grande de los últimos acontecimientos –que «Dios ha muerto», que la fe en el Dios cristiano se ha hecho increíble– comienza ya a lanzar sus primeras sombras sobre Europa.
Por lo menos para aquellos pocos cuyos ojos y cuya suspicacia en sus ojos es lo bastante fuerte y fina para este espectáculo, precisamente parece que algún Sol se haya puesto, que una antigua y profunda confianza se ha trocado en duda. Nuestro viejo mundo tiene que parecerles a estos cada día más vespertino, más desconfiado, más extraño y «más viejo». Pero en lo esencial puede uno decir que el acontecimiento mismo es mucho mayor, mucho más lejano y más apartado de la capacidad de muchos que cuanto su conocimiento siquiera se permitiera tener por alcanzado. Y no hablemos de que muchos sepan ya lo que propiamente ha acontecido con esto, y todo cuanto en lo sucesivo tiene que desmoronarse, una vez que esta fe se ha corrompido, porque estaba edificado sobre ella; por ejemplo, toda nuestra moral europea.
Esta amplia plenitud con sus consecuencias de ruptura, destrucción, hundimiento, derrumbamiento que ahora tenemos ante nosotros, ¿quién sería capaz de adivinar ya hoy bastante de todo ello, para tener que hacerse el maestro y pregonero de esta ingente lógica de horror, el profeta de un oscurecimiento y eclipse de Sol, cuales no hubo probablemente nunca sobre la Tierra?…
Nosotros mismos, adivinadores de enigmas por nacimiento, quienes esperamos por así decirlo sobre las montañas, situados entre hoy y mañana y tendidos en la contradicción entre hoy y mañana.
Nosotros, primicias y primogénitos del siglo futuro, a quienes debieron haber llegado ahora ya a la cara propiamente las sombras que han de envolver en seguida a Europa, ¿en qué consiste, pues, que nosotros mismos, sin una justa participación en este oscurecimiento, esperemos con ansia su llegada, sobre todo sin preocupación y sin temor por nosotros? Puede que estemos aún demasiado bajo las consecuencias inmediatas de este acontecimiento, y estas consecuencias inmediatas, sus consecuencias, no son para nosotros, al contrario de lo que se pudiera esperar, tristes y tenebrosas en absoluto, antes bien como una nueva especie de luz difícil de describir, como una felicidad, un alivio, un recreo, un sustento, una aurora…
Efectivamente, nosotros, filósofos y «espíritus libres», ante la noticia de que el «viejo Dios ha muerto», nos sentimos como iluminados por una nueva aurora; nuestro corazón se inunda entonces de gratitud, de admiración, de presentimiento y de esperanza.
Finalmente se nos aparece el horizonte otra vez libre, por el hecho mismo de que no está claro, y por fin es lícito a nuestros barcos zarpar de nuevo, rumbo hacia cualquier peligro; de nuevo está permitida toda aventura arriesgada de quien está en camino de conocer; la mar, nuestra mar se nos presenta otra vez abierta, tal vez no hubo nunca, aún, una «mar tan abierta».
§ 344. En qué medida somos piadosos nosotros también
Se dice con razón que las convicciones no tienen derecho alguno de ciudadanía en la ciencia. Solo cuando se resuelven a descender a la modestia de una hipótesis, de una previa posición para una prueba, de una ficción normativa, puede concedérseles la entrada y un cierto valor dentro del imperio del conocimiento –en todo caso con la limitación de permanecer bajo vigilancia policial, bajo la policía de la desconfianza–.
Pero esto, si se considera más exactamente, ¿no quiere decir que solo cuando la convicción deja de serlo le es permitido conseguir su acceso a la ciencia? ¿No comienza el cultivo del espíritu científico cuando uno no se permite ya más convicciones?… Así es probablemente. Solo resta por preguntar, para que este cultivo pueda comenzar, si no ha de haber ya una convicción, y por cierto tan imperiosa e incondicional que se sacrifiquen por ella todas las restantes convicciones.
Se ve que también la ciencia se apoya sobre una fe, no existe ciencia alguna «libre de presupuestos». La pregunta de si es necesaria la verdad, no solo tiene que responderse afirmativamente ya con anterioridad, sino que ha de afirmarse hasta el extremo de que con ello se
expresa al mismo tiempo el juicio, la fe y la convicción de que «nada es más necesario que la verdad y todo lo demás, con relación a ella, tiene solamente un valor secundario». Esta incondicional voluntad de verdad ¿qué es? ¿Es la voluntad de no dejarse engañar?
Pues también en este último sentido pudiera interpretarse la voluntad por la verdad: suponiendo que entre la generalización de «no quiero engañar» está comprendido también el caso particular de «no quiero engañarme a mí mismo».
Pero, ¿por qué no engañar?, ¿por qué no dejarse engañar? Obsérvese que las razones para lo primero alcanzan un ámbito completamente distinto que las del segundo. Uno no quiere dejarse engañar, suponiendo que ser engañado es nocivo, peligroso y funesto; en este sentido, ciencia sería una gran prudencia, una precaución, una utilidad, contra la cual empero podría objetarse con razón: ¿cómo?, ¿es realmente menos nocivo, menos peligroso y menos funesto no-querer-dejarse-engañar? ¿Qué sabéis de antemano acerca del carácter de la existencia para poder discernir si la mayor ventaja está del lado de los absolutamente desconfiados o del de los enteramente confiados? Pero en el caso de que uno y otro debiera ser necesario, mucha confianza y mucha desconfianza, ¿de dónde podría entonces la ciencia tomar su fe incondicional, la convicción en que se apoya de que la verdad es más importante que ninguna otra cosa, y aun que toda otra convicción?
Precisamente no hubiera podido surgir esta convicción si se demostrase que de continuo son útiles ambas, verdad y no verdad, que es precisamente lo que ocurre. Por tanto, la fe en la ciencia, que ahora es indiscutible, no puede haber tenido su origen en semejante cálculo de la utilidad, sino más bien en que continuamente se hace patente esta, a pesar de la inutilidad y la peligrosidad de la «voluntad por la verdad», de la «verdad a todo precio». «A todo precio», ¡esto lo entendemos bastante bien una vez hemos inmolado y degollado una fe tras otra sobre este altar!
Por consiguiente, «voluntad de verdad» no significa «no quiero engañarme a mí mismo», sino –pues no queda otra elección– «no quiero engañar, ni siquiera a mí mismo…», y con esto estamos sobre el terreno de la moral. Pues uno se pregunta fundamentalmente a sí mismo: «¿por qué no quieres engañar?», particularmente si debiera mantener la apariencia –¡y la mantiene!– como si se hubiese instalado la vida sobre la apariencia, mejor quiero decir sobre el error, el engaño, el disimulo, el deslumbramiento y la obcecación voluntaria, y si por otra parte la forma grande de la vida se hubiese mostrado siempre realmente del lado de los más incuestionables polutr’poi. Un propósito semejante pudiera ser tal vez, interpretándolo suavemente, una quijotada, o una pequeña exaltación disparatada. Pero pudiera ser además algo peor, acaso un principio destructor antivital… «Voluntad de verdad» –esto pudiera ser una oculta voluntad de muerte–.
De este modo, la pregunta ¿para qué ciencia? nos lleva de nuevo al problema moral: ¿para qué moral en general si la vida, la naturaleza y la historia son «amorales»? No cabe duda de que quien es sincero, en aquel sentido último y atrevido que presupone la fe en la ciencia, afirma al mismo tiempo un mundo distinto del de la vida, de la naturaleza y de la historia. Y por el hecho de afirmar ese «otro mundo» ¿no tiene que negar, precisamente por esto, su correlato, este mundo, nuestro mundo?… Con todo se habrá comprendido cómo yo quiero pasar acto seguido más adelante, a saber que siempre existe además una fe metafísica en la que se apoya nuestra fe en la ciencia, que también nosotros, los que hoy estamos en el camino de conocer, nosotros ateos y antimetafísicos, encendemos también nuestro fuego en la lumbre que ha encendido la fe de milenios, esa fe cristiana, que fue también la fe de Platón de que Dios es la Verdad, que la Verdad es divina… Pero ¿qué ocurre, cuando esto precisamente se hace cada vez más increíble, cuando ya no se presenta nada divino, de no ser el error, la ceguera, la mentira…, cuando el mismo Dios se nos presenta como la mayor mentira?

§ 345. La moral como problema
La falta de personalidad ejerce su venganza por doquier. Una personalidad debilitada, menguada, amortiguada, que se niega y reniega de sí misma, ya no sirve para ninguna cosa buena… mucho menos es útil para la filosofía. El «desinterés» no tiene valor alguno ni en el cielo ni en la tierra.
Los grandes problemas reclaman todos gran amor, y solo los espíritus fuertes, redondos y seguros son aptos para esto, los que se sienten firmemente seguros de sí mismos. La diferencia más considerable consiste en si el pensador se entrega personalmente a sus problemas de tal modo que en ellos ponga su destino, su necesidad y su mayor felicidad o, por el contrario, «impersonalmente», es decir, que solo sabe tocarlos y cogerlos con las antenas del pensamiento frío y curioso. En el último caso, no se conseguirá nada de ello por mucho que se haya podido prometer; pues los grandes problemas, aun suponiendo que puedan cogerse, aun así se les escapan a las ranas y a los sietemesinos; tal es su gusto desde la eternidad –un gusto que comparten por lo demás con todas las mujerzuelas valientes–.
¿Cómo es posible que no haya encontrado a nadie, ni siquiera en los libros, que se situase en esta posición como persona con respecto a la moral, que reconociese la moral como su necesidad, tormento, placer y pasión personales?
Visiblemente hasta ahora la moral no fue problema, sino más bien aquello en que venían a ponerse de acuerdo unos con otros después de toda la desconfianza, discrepancia y contradicción, el lugar santificado de la paz, donde los pensadores descansaban incluso de sí mismos, tomaban aliento y surgían de nuevo. No veo a nadie que se haya atrevido a hacer una crítica de los juicios morales. Con respecto a esto, noto la falta incluso de tentativas de la curiosidad científica, de la imaginación pretenciosa y tentadora de psicólogos e historiadores, la cual fácilmente prevé un problema y lo coge al vuelo, sin saber a ciencia cierta lo que ha atrapado con ello. Apenas si yo he encontrado escasas piezas sueltas para conducirlo a una génesis de estos sentimientos y valoraciones (lo cual es algo distinto de una crítica de los mismos y aún más distinto de una historia de los sistemas éticos). Únicamente en un caso he hecho yo todo para estimular una inclinación y capacitación en esta especie de historia, pero inútilmente según hoy me parece. Ello tiene poca importancia para estos historiadores de la moral (especialmente para los ingleses); se sitúan regularmente, hasta con ingenuidad todavía, bajo el mundo de una moral determinada y se deshacen, sin saberlo, de sus escuderos y de su séquito; algo así como para esa superstición popular de la Europa cristiana, siempre de nuevo tan sinceramente repetida que ha puesto lo característico de la acción moral en el desinterés, en la negación de sí mismo, en sacrificarse-a-sí-mismo, o en la simpatía, en la compasión.
Su defecto más común en los presupuestos consiste en que ellos afirman cierto consensus de los pueblos, por lo menos de los pueblos domesticados, acerca de ciertos principios de la moral, y de ahí concluyen su obligatoriedad incondicional incluso para ti y para mí; o por contrario, una vez que se les ha descubierto la verdad de que las valoraciones morales son necesariamente diferentes en diversos pueblos, llegan a la conclusión de que ninguna moral es obligatoria, una y otra cosa son grandes niñerías.
El defecto de los más sutiles entre ellos consiste en que descubren y critican las opiniones, acaso disparatadas, de un pueblo sobre su moral o de los hombres sobre toda moral humana, y del mismo modo la superstición de la voluntad libre y cosas por el estilo acerca de su origen y de su sanción religiosa y precisamente con esto se figuran que han criticado esta misma moral. Pero el valor de un mandamiento «tú debes» es todavía fundamentalmente distinto e independiente de semejantes opiniones acerca del mismo y de la maleza del error junto con lo cual haya podido desarrollarse.
Esto es tan cierto como que el valor de un medicamento para un enfermo es independiente por completo de si el paciente tiene una idea científica de la medicina o tiene la idea de una vieja. Una moral pudiera incluso haber surgido de un error; aun viéndolo así no se hubiese tocado siquiera todavía el problema de su valor. Nadie ha puesto, pues, a prueba hasta ahora el valor de la más famosa de todas las medicinas, la llamada moral, para lo cual es de todo punto necesario en primer lugar que alguien por fin… la ponga en duda. ¡Ánimo, esta es precisamente nuestra tarea!
§ 346. Nuestro interrogante
Pero ¿no entendéis esto? Efectivamente, les costará trabajo entendernos. Buscamos palabras y acaso buscamos también oídos. ¿Quiénes somos, pues, nosotros? Si quisiéramos denominarnos sencillamente con expresiones antiguas, ateos o incrédulos y además inmoralistas, no creeríamos con eso ni mucho menos habernos caracterizado; somos las tres cosas en un estadio demasiado
tardío, para lo que se comprende, para lo que podéis comprender vosotros, mis señores curiosos, según el humor de cada uno.
¡No!, fuera con la amargura y la pasión del desarraigado que de su incredulidad tiene que componerse una fe, una finalidad y hasta un martirio. Hemos sido templados en la visión proyectiva y nos hemos hecho fríos e insensibles a que nada absolutamente en el mundo es divino, y aun ni siquiera razonable, compasivo o correcto conforme a la medida humana.
Lo sabemos, el mundo en que vivimos no es divino, ni moral, «ni humano»…, nos lo hemos entendido por demasiado tiempo falsa y engañosamente, pero conforme a deseo y voluntad de nuestra veneración, esto es, conforme a una necesidad subjetiva. Pues el hombre es un animal que venera. Y al mismo tiempo es también un desconfiado, y el hecho de que el mundo no vale tanto como habíamos creído, es acaso lo más seguro de cuanto se ha apoderado al fin de nuestra desconfianza. Cuanto haya de desconfianza, tanto de filosofía. Nos guardaremos muy bien de decir que vale menos.
Hoy se nos antoja como cosa de risa que el hombre quiera proponerse encontrar valores que debieran sobrepasar el valor del mundo real, precisamente estamos de vuelta de eso como de un extravagante desvarío de la vanidad y sinrazón humanas, que durante mucho tiempo no se les ha reconocido por tales. Su última expresión la tiene en el pesimismo moderno, su expresión anterior y más fuerte en la doctrina de Buda. También se encuentra en el cristianismo, si bien de manera dudosa y ambigua, pero no por ello menos seductora.
Toda esa actitud de «hombre frente a mundo», el hombre como principio «que niega-al-mundo», el hombre como medida valorativa de las cosas, como juez de los mundos, que pone la misma existencia, en último término, en los platillos de su balanza y encuentra que pesa muy poco –la inmensa insulsez de esta actitud se nos ha hecho consciente tal cual es y nos quita todo gusto–.
Ya nos reímos cuando encontramos que se pone juntos a «hombre y mundo», separados por la sublime arrogancia de la partícula «y». Pero ¿qué pasa? ¿No hemos avanzado un paso más, al reírnos, precisamente por esto, en el desprecio del hombre? Y por lo mismo ¿también en el pesimismo en el desprecio de la existencia que nos es cognoscible?
No hemos sucumbido precisamente por esto ante la suspicacia de una oposición, de una oposición del mundo en que nos encontrábamos hasta ahora, como en nuestra casa con nuestras veneraciones –y tal vez a causa de esto nos sosteníamos viviendo– y del otro mundo que somos nosotros mismos. Un recelo inexorable, fundamental y muy hondo sobre nosotros mismos que se apodera cada vez más y cada vez peor de nosotros, los europeos, y fácilmente pudiera poner a las generaciones futuras ante la más terrible disyuntiva de elegir «¡o acabáis con vuestras veneraciones o… con vosotros mismos!». Lo último sería el nihilismo, pero ¿no sería también el nihilismo lo primero?
Este es nuestro interrogante.
Friedrich Nietzsche, El gay saber, libro V, Austral, 1986 (trad. de Luis Jiménez Moreno)