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jueves, 24 de abril de 2014

8 ideas imprescindibles para dirigir centros educativos


1. Un director no puede estar en su despacho. Dirigir significa cuidar, cuidar de todos, y -por lo tanto- hablar con todos y saber qué pasa en su Centro.
2. A un director no le pueden dar igual los problemas de las familias, de los profesores o de los trabajadores del Centro. Debe conocerlos y saber adaptar las normas generales a las circunstancias particulares. Un director no puede ser un mero ejecutor de normas superiores.
3. Pero así como las circunstancias materiales deben ser tenidas en cuenta y trabajar adaptándolas y negociando; las ideas, los idearios del PEC, no son negociables y debe dirigir de acuerdo al ideario del centro. La libertad está en que haya muchos centros educativos con distintos idearios, no en que cada Centro tenga que perder su identidad para dar gusto a todos. No es obligatorio que todos los padres estén de acuerdo, pero se deben buscar a familias que comulguen con el ideario. 
4. El director no puede estar pendiente de las renovaciones pedagógicas de moda. La educación es una cosa muy seria que no se improvisa en un curso académico ni se realiza en los despachos. La educación es una tarea de comunicación personal, por ello...
5. La verdadera renovación pedagógica consiste en mejorar el clima de trabajo, la ilusión por la enseñanza y la formación del profesorado en la materias que imparten.
6. En todo caso la verdadera educación occidental tiene alma cristiana. Las propuestas de renovación pedagógica del estructuralismo (LOGSE), nuevas versiones de la Escuela Moderna y la Institución Libre de Enseñanza, de corte masónico, solo han traído (pese a su inmerecida fama) una pérdida de la calidad y un detrimento de las virtudes intelectuales y morales. 
7. El principal trabajo del director de un centro educativo es generar un clima positivo, propositivo y de libertad donde cada profesor se implique hasta el límite de sus posibilidades en la educación de los alumnos.
8. El director de un centro educativo debe saber que la identidad debe plasmarse en obras y no en palabras. Estas obras deben enfocarse hacia los niños, no permitiendo ninguna discriminación y conociendo sus problemas; hacia las familias, generando un clima de ayuda mutua y hacia los profesores, dándoles las herramientas y el apoyo necesario para la realización de su trabajo.



lunes, 22 de julio de 2013

Antropología y universidad


La universidad actual sufre una crisis de la que -aunque es grave- no hay que preocuparse demasiado: padece una enfermedad crónica causada por un parásito conocido, que surge de la pobredumbre social,  que la  debilita y desorganiza. Cuando la universidad entra en crisis todos los doctores piensan que todo es inútil, que no hay nada que hacer, pero -repito- no es tan grave.

El parásito en cuestión produce mediocridad, desorientación general y especialización; es decir, debilidad, miopía y -a veces- ceguera. Pero junto con la enfermedad aparecen mecanismos de defensa, que son los buenos doctores encargados de planear la universidad futura: la universidad presente, dicen - y con razón- está caduca, ya ha llegado a su fin, a un fin de ciclo, porque en sus cátedras se han colado técnicos utilitaristas que sólo buscan enseñar una profesión  a cambio de dinero. Estos técnicos se descubren por su amor a lo práctico, a la informática, a los idiomas, a los barnices de formación continua (CTV), etc. Y como no tienen más horizonte que lo inmediato, quieren que "ante todo" la universidad sea un negocio rentable. Un negocio que consiste en colocar a los niños en profesiones que les den mucho dinero; todo lo demás es adorno.

Quizá este episodio haya sido más grave que lo habitual, pero crisis como esta ha habido en cada siglo y en cada país, aunque estoy especialmente familiarizado las crisis españolas y con los libros que escribieron los doctores de la crisis universitaria del XIX y del XX. Cada uno a su modo coinciden en que es imposible pensar la universidad sin un compromiso ineludible con la verdad completa, sin ésta, la universidad, no sirve para ensanchar la mente y percibir mejor y de manera más amplia la realidad. 

En general los que quieren una universidad con salud tienen plantean recetas para curar en cuatro líneas: 
A. Defensa de las artes liberales, las humanidades de ahora y los saberes no inmediatamente prácticos; 
B. Autonomía e independencia de poderes políticos y religiosos; 
C. Respeto a los profesores y exigencia a los alumnos (y no al revés); 
D. Máximo trabajo por una investigación que sirva para algo.

A. La universidad en su estado normal, de salud, es un centro de humanidades en el que se enseña alguna cuestión técnica, pero con reservas y siempre para ilustrar la teoría

La enfermedad, muy extendida hoy por casi todo el cuerpo universitario, hemos dicho, produce miopía y en algunos casos ceguera, por lo que es normal que muchos se escandalicen al leer esto y digan muy serios: "yo no estoy de acuerdo, la universidad tiene que formar profesionales competentes, bla, bla, bla"

Pues no. la universidad debe formar personas dirigentes. Persona como saben es el sustantivo del adjetivo "profesional". La persona puede ser profesional, es decir, puede ejercer una profesión, o puede no hacerlo. Y puede aprender una profesión por la práctica y observación, yendo a una academia, en la Formación Profesional estatal o por correspondencia. Quiero decir que en todo caso la misión fundamental de la Universidad no es formar profesionales, sino personas. 

Pero, se dirá, también la familia, o el colegio, o la sociedad en general forman personas, sí. De acuerdo, pero la universidad forma a las personas que serán las que dirijan la sociedad del futuro. Por ello la universidad no puede ser la masificada del XX, la estatal, sino que debe refundarse en una escuela de liderazgo real.

Si la universidad es un espacio donde se enseña a realizar un oficio, si la universidad está a las expensas del mercado profesional, generando títulos cada año más especializados, la universidad pierde su esencia y se desvirtúa, pierde su razón de ser y se convierte en una empresa que hace su dinero a costa de que unos clientes paguen unas cuotas determinadas a cambio de un título que les da un trabajo.

Sé que en la descripción anterior muchos no verán nada malo. No lo hay, a menos que se quiera forzar la realidad y convertir la universidad en eso: en una academia de oficios. La universidad es el lugar donde maestros y discípulos buscan la verdad en común. Se quiera o no se quiera, se logre o no se logre, sea posible o imposible. Es eso y nadie lo puede cambiar: ni el mercado, ni el estado; se puede mejorar o empeorar, de acuerdo a si uno se acerca o no al ideal por el que unos hombres deciden ser universidad (es algo así como el amor: donación plena, incondicional. Puede ser más o menos auténtico; pero lo que no podemos decir es que "ahora" el amor consiste en otra cosa).

Claro que puede uno engañarse y decir: "esto es la universidad del siglo XXI" ("esto es el amor del siglo XXI, ahí te quedas!"), pero se equivoca porque "esto", la universidad no es un sitio donde se entretienen quince millones de personas actualmente. La universidad es una institución que deviene, es la misma desde el siglo XII.

Lo dijo hace dos años, durante la Jornada Mundial de la Juventud, Benedicto XVI: "La Universidad encarna, pues, un ideal que no debe desvirtuarse ni por ideologías cerradas al diálogo racional, ni por servilismos a una lógica utilitarista de simple mercado, que ve al hombre como mero consumidor".

Así que si quieren detectar al intruso, al virus que causa el daño en la universidad, busquen quién ataca a las humanidades, quién habla a diario de nuevas técnicas y de mercado... 



D. Investigación (próximamente)

lunes, 25 de marzo de 2013

Marxistas Calimeristas


Muchos fantasmas recorren Europa de la mano de la crisis... manada de llorones postmodernos. Y llevan la batuta un grupo de marxistas-calimeristas que nos incitan a una revolución de culpa y llanto: todo está mal, y lo único bueno es que mañana estará peor. Hay que avanzar en las "contradicciones del sistema" hasta que seamos todos "famélica legión"  de llorones con i-phone 5 y que ven el fútbol en su nueva Tele  Full HD 3D, con Conversor 2D a 3D, 3D Bluetooth Sync, 3D HyperReal Engine, Wi-Fi Direct, Personal Video Recorder Ready, Procesador Dual Core, Smart Content, Smart Hub,  etc. Eso sí, en paro. 

Se trata de un marxismo freudiano que propone una gran catársis de insultos, rechinares de dientes e indignaciones, presumiendo que los problemas no se solucionan y que lo único que tenemos que hacer es cambiar nuestra "actitud" ante los mismos: antes había corrupción, ahora hay corrupción; pero ahora protestamos.  

Este marxismo calimerista deja ver, al fondo la punta de los cuernos de J.P. Sartre y su actitud nihilista ante los problemas: indignados, sin curro, sin casa, sin futuro, no-votantes, no-violentos, no, ni, sin, a-, an-, ex-, etc. En estas manifestaciones vemos juventud que no es joven, artistas que no crean, estudiantes que no estudian y todos lloran contra alguien, contra algo, contra todo. (Ese femenino "llorar contra" lo desarrollaré algún día).

He de hacer dos aclaraciones para las nuevas generaciones: 

Aclaración 1: Calimero era un pollito llorón creado en 1961 con el que crecieron esos indignados de ahora.

Aclaración 2: El marxismo es un invento del siglo XIX, para solucionar problemas del siglo XIX, que se puso en práctica en el XX con resultados pésimos para las economías mundiales (allá donde ha habido marxismo hay pobreza) y que dejó cerca de cien millones (100.000.000) de asesinados y que en el siglo XXI es absurdo desde cualquier punto de vista.   

Las razones por la que estoy harto de los llantos ante la crisis:

A. Porque no es una crisis económica sino una crisis moral
1. Crisis es un eufemismo de caída, de destrucción de la vida cotidiana de las personas, de desfondamiento general. Moral quiere decir que los actos de esas personas que generan la caída son antinaturales

2. Que un acto se antinatural quiere decir que es contrario a la naturaleza humana. La naturaleza humana es lo que hace al ser humano ser humano, es la capacidad de participar de la belleza, la verdad y la bondad. 
3. Crisis moral equivale a que la mayoría de los seres humanos de Occidente repiten actos que les alejan de lo verdaderamente humano. El ser humano se aleja de lo que de verdad importa (lo que le hace más humano) y pierde su tiempo y su energía en actividades neutras o malas para su humanidad, deshumanizándose.
Y no se soluciona llorando, sino teniendo una actitud ejemplar ante la vida, trabajar mucho, más, esforzarse al máximo. El día en que sea expulsado de alguna organización alquien porque suspenda, llegue tarde al trabajo, cobre derechos de autor sin trabajar... ese día me apunto.

 B. Porque es una crisis de las personas y no de los políticos/financieros

Los corruptos son todos y cada uno de los ciudadanos, que ya no creen en nada excepto en el comer, el beber y el (pensar en) fornicar. Creyeron la mentira materialista de que era posible vivir sin Dios, y se autoproclamaron dioses (primero fue Napoleón, luego el resto). Y creyeron invertir los valores, pero se quedaron a medias: valores ligth, mantequillosos, ni vitalistas ni cristianos, valores débiles. de pollito desvalido, valores de niñatos que se manifiestan para lograr un "curro" cerca de casa, bien pagado y que dure poco (entre los 30 y los 50), para que luego les paguemos entre todos vacaciones a Benidorm, los medicamentos, los campos de deporte y Dios sabe qué más.

Como se creen dioses creen que les debemos culto, que les debemos dar de todo y si no se lo damos la culpa es de "El Sistema" (una versión moderna de Satán). 

Pero (¡oh, pecadores!) me consta que la mayoría de los que piden casa, curro y novia (futuro)  se quejan de que El Sistema no funciona y quieren.... ¡que funcione!

¿Habrá algún día alguien que proponga un sistema que vaya contra sus intereses?

C. Porque se ha demostrado que el riesgo es falso

El riesgo de la inversión es la caída. En eso consiste el mundo del dinero: arriesgas poco, ganas poco, pierdes poco. Y si arriesgas mucho puedes perderlo todo. 

Si en vez de tanto cuidado porque el sistema no se caiga dejasen caer a los grandes bancos y a las grandes empresas que tomaron decisiones sin plantearse el futuro... haciendo perder a miles de familias sus ahorros millonarios... entonces el capitalismo futuro se autorregularía, y los clientes de los bancos y los accionistas exigirían transparencia y cárcel a quien defraude... o se irían con su dinero a quien les garantice que ni en tiempo de crisis, sus ahorros peligran. Pero no. Los medios de comunicación hicieron un capitalismo rápido de pérdidas y ganancias similar a un casino... y cayó la cosa. Y vino papá Estado y mamá Merkel a salvar los ahorros de los ciudadanos y nadie va a la cárcel ni le pasa nada por coger dinero de otros, perderlo, no decir nada y pedir más... 

La lección aprendida: pase lo que pase nunca pasa nada.

D. Porque la actitud de queja es cansina.

Vale, vale. Estamos muy mal, pero ante esto toca trabajar más duro y por menos. No se trata de piar más alto. Papá Estado no tiene la obligación de arreglarnos la vida. 

Ante los problemas (porque esto es un problema: nos gobiernan ineptos) hay que hacer algo y mientras tanto tomarse las cosas con sentido del humor.


lunes, 17 de diciembre de 2012

Belén Reciclado



El portal de belén es una representación del mundo, del mundo actual. Actual desde el siglo XVIII. Cada época tiene su belén, que es la mejor representación del mundo para meter en él, ni más ni menos, a Dios hecho niño. Meterlo en el belén y el belén en cada casa, en espacio reservado...

Épocas de belleza barroca hicieron belenes perfectos, tallados, llenos de color. Otros tiempos, más secos trajeron belenes puros, simples, incluso ya sin pastores y demás.

En los tiempos de bonanza belenes muy ricos, con fuentes y luces en los pueblos o en las hogueras de los pastores. Las constelaciones que aparecían cada año por Navidad eran de sobra conocidas por los niños: el ángel anunciando a los pastores, las distintas profesiones del campo, el molino, el río, los reyes a lo lejos, Herodes, los soldados romanos, etc. Toda una riqueza cultural. 

Nuestra época tiene su propio belén: el belén de la basura reciclada, y para más inri, falsa, porque ni siquiera es basura auténtica, sino mero consumismo con apariencia ecológica.

Se trata de ir a un bazar, regentado por un chino, y comprar un paquete de quesitos, una cartulina de 70x50, unos "gomets", pegamento, una tabla, palillos chinos, papel de seda, papel de regalo, "celofán", purpurina, etc. Todo para hacer 30 belenes iguales en una clase que terminarán en 30 basuras iguales.

Cosas de nuestra época.

martes, 6 de noviembre de 2012

Responsabilidad I

Esta imagen ilustra la web de S. Aoki ¿No es de mal gusto?
Madrid Arena: 20.000 energúmenos se juntaron para pasárselo "bien" bailando, bebiendo y drogándose. Quizá algunos no, pero la mayoría sí. Todos se convirtieron en una masa de maleducados egoístas reclamados por Aoki, con cuatro homicidios como resultado...  

No hay culpables, hay responsables y son los 20.000 en primera instancia y si nos ponemos a buscar responsables fuera los 40.000 padres que no supieron educar el gusto estético y ético de sus hijos.

Porque hay que tener poca capacidad estética para meterse en un espacio cerrado con 20.000 personas, con ese olor incierto resultante del alcohol, el tabaco, las drogas, las colonias y -sobre todo- el sudor.

Hay que tener poca capacidad intelectual para dejarse enajenar por el sonido de una música satánica y moverse al ritmo de los tiempos.

Y hay que tener poca personalidad para dejarse llevar por la masa, aunque sea sólo por unos minutos, guiado por un impresentable como Steve Aoki.

Que unos llevan a otros, que es lo que está de moda, que tienen ansias de novedad... sí, sí, lo que les pasa es que no son capaces de valorar las cosas buenas de la vida. Y que no les queda más remedio que juntarse en una masa informe de jóvenes ricos y pobres, tontos y listos, obreros y universitarios... masa de desarrapados irresponsables. Alcoholizados, a las órdenes de elementales ejemplares de la humanidad que hacen de guardias de seguridad en estos eventos.

Y ahora que ha habido una catástrofe... toca asumir la propia responsabilidad.

Una pena, sí, pero una pena no por los muertos, sino por los 20.000 que siguen pensando que la culpa es de los otros y que ellos hacían bien al estar allí. Sudando, bebiendo y bailando.


Responsabilidad II
Responsabilidad III

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Jóvenes y bien formados

 
No dejo de oir a los supermodernos que estas generaciones que vienen y van (al paro) son "las mejor formadas", "las mejor preparadas". Son "nativos digitales", con capacidades 2.0 inigualables... pero desaprovechados por esos vejestorios que  les explotan.
 
Y a mi me parece que estamos ante una generación de analfabetos funcionales, que ni trabajan ni quieren trabajar y que les va a costar lo suyo adaptarse a los nuevos tiempos en los que los euros no van a caer del bolsillo ni de papá, ni de mamá, ni de papá Estado.
 
Se me ocurre que los que tenemos cerca de 40, tendremos un futuro incierto, porque cuando esta panda de descerebrados tomen las riendas, aquí no va a quedar títere con cabeza. Se van a comer nuestras pensiones en dos telediarios. Y si no el tiempo.
 
Porque es una generación del no compromiso, no implicación, no sumisión.
 
La izquierda envenenó su mente diciéndoles que lo importante era la libertad, así a secas y que por lo tanto las obligaciones maritales, escolares, laborales, religiosas, estatales, etc. etc. es decir todas las obligaciones "exteriores" (¡¡como si hubiese un exterior a la persona, como si los otros no fuesen uno mismo!!) no son más que cosas de viejos fachas, que lo que importa es no ligarse a nada y vivir libres.... Y así sólo uno ligado a sí mismo, ligando y fornicando consigo mismo en la forma de otro al que se quiere por lo que se parece a uno, es decir, por su desligamiento. Imagine all the people living for yourself.
 
El único valor consiste en ser fiel a uno mismo, pero esa supuesta fidelidad dura lo que dura un pensamiento; porque tampoco hay que ser fieles a las palabras o los pensamientos: sólo a uno mismo ahora mismo... y así el objetivo es ser fiel a uno mismo en cada capricho, cada decisíon. Imagine all the people living for to day.
 
Y viajar, y salir de marcha, y salir con, y salirse de, y estar salido... y escapar, escapaditas, y  suicidarse delante de la Tele, y nunca estar dentro de nada. Dar una vuelta, y otra, y consumir... y estar donde hay que estar: en Sol, en el sol, en el cine, en el fútbol... sin más compromiso de permanencia que el de las compañías de teléfonos que pagan papá y mamá.
 
Y si luego sale mal, y si la cosa se pone muy mala, y no hay saldo en el i-phone... la culpa es de Esperanza Aguirre, Aznar, Bush y Franco.

domingo, 15 de julio de 2012

Menos mal que vino esta crisis


Ser político es un honor. Consiste en representar a tu país en una pequeña parcela, local, provincial, autonómica, nacional. Es un lujo. Mal remunerado pero de grandes satisfacciones. El político hace historia, modela la vida de sus ciudadanos y de los futuros. Ya sí, parece que hablo de políticos de otra época, pero no, hablo de los de ahora.

Deberían ser intachables
Deberían ser intachables, sinónimo de gente de bien. Los políticos corruptos, que es lógico que los haya, puesto que tienen responsabilidad, deberían ser expulsados y deberían caer sobre ellos todas las penas imaginables. La mera sospecha debería ser inaceptable. Sus compañeros, los que no son corruptos tendrían que caer sobre ellos dialécticamente y con mil denuncias. Deberían todos, los de su partido y los de los otros, denunciar la corrupción, porque lo que está claro es que lo que hace un alcalde no lo sabe un ciudadano pero sí un concejal. Lo que hace un Ministro lo sabe su Presidente.

Tendrían que ser los mejor preparados. Los que pudiesen pensar en los problemas de ahora y de dentro de diez años, en la historia y en el futuro. Poco en el presente (en el presente ya pensamos nosotros, gracias).

Pero...
Pero nuestros políticos, o los políticos, que no es un problema solo español, han creado un espacio donde la corrupción y la insensatez propio de las sociedades más decadentes. Creo que es la única profesión donde la falta de ética, la traición y la ausencia de escrúpulos se premia con los puestos de más alta responsabilidad. Ni en las bandas terroristas o mafiosas existe tanta permisividad con la falta de coherencia e integridad (si vamos a la hemeroteca veremos tránsfugas, pederastas, asesinos, criminales de la violencia doméstica, cocainómanos, puteros, que siguen hoy gobernándonos sin problemas )

No ha habido, que yo sepa, una denuncia por corrupción desde el propio partido. No hay, que yo sepa, expulsiones, reprobaciones hasta que no queda más remedio. Tienen un corporativismo de partido a prueba de las morales más fuertes. El partido, el propio partido, puede matar, robar, mentir, traicionarse que nadie dice "esta boca es mía".

No conozco a ningún político que a la hora de firmar una ley, o de aprobar unas medidas que van contra sus principios, dimita sin hacerlo.

El foco de corrupción es el partido
Está claro que el foco de corrupción es el partido, una estructura bicéfala, PP o PSOE, donde se trata de ser fiel a quien tiene el poder o puede tenerlo y caer en el sitio oportuno. Sin saber nada de nada, con ser un trepa o el amigo de un amigo que es un trepa, puede usted ganar millones de euros al año...

Si se afilia y es fiel a la comisión que le marquen usted podrá ser Alcalde para toda la vida, sólo hay que decir que sí y sonreir.

Nadie ha propuesto la ley de trasparencia en la que los partidos, sindicatos, fundaciones del Estado, empresas públicas o semipúblicas tengan obligación de hacer públicos los gastos, ingresos, donaciones, etc. de forma que cualquier ciudadano pueda comprobar cómo los grandes partidos no son capaces de demostrar que viven de las asignaciones públicas.

Nadie ha metido mano nunca a los grandes focos de corrupción de nuestra democracia, que son los ayuntamientos y esa ley del suelo que hacía que la firma de un alcalde convirtiese un terreno de 100 € el metro en uno de 5000 € el metro. Con su correspondiente comisión.

Los secretarios de los ayuntamientos, los concejales, los alcaldes ¿nadie sabe cómo se pagaban las facturas antes de la crisis? Porque los impuestos municipales no han variado mucho desde antes de la crisis hasta ahora sin embargo antes habñia dinero ¿por qué ahora no?

Y las comunidades, y los ministerios ideológicos, y los asesores, y los ministros que no saben nada, etc.. Tantas cosas que, por fin, estamos pensando.... Bienvenida la crisis.

Menos mal que vino esta crisis para hacernos reflexionar...

Y en las próximas elecciones todos a votar a los corruptos y a los insensatos.

miércoles, 26 de octubre de 2011

La falacia de la semana

"Solo una enseñanza-pública-de-calidad garantiza la igualdad de oportunidades"
Nos dice Alfredo en un vídeo en el que aparece el hijo de José Blanco, hablando con su "cuidadora".

Sólo unos apuntes, por si alguien quiere pensar.

Hay dos conceptos relacionados:
  1. "Enseñanza-pública-de-calidad" e
  2. "Igualdad de oportunidades"
Y dos palabras que unen: "Sólo" y "Garantiza" indican a una relación necesaria, del tipo "si [1], entonces, necesariamente [2]"

La frase que hay que grabar en la mente es al revés: Si (quieres) [2] entonces (quieres) [1]...Reforzada por el agresivo "pelea por lo que quieres" hace referencia a algo que se pierde

Si (quieres) IGUALDAD DE OPORTUNIDADES  entonces (quieres) EDUCACIÓN PÚBLICA

O sea:

Si (quieres) DESIGUALDAD entonces (quieres la existencia de) ENSEÑANZA PRIVADA



Análisis
Efectivamente la frase inicial (Solo una enseñanza pública de calidad garantiza la igualdad de oportunidades) es falsa y esto lo sabe hasta la exministra Aido, porque en todo caso el asunto de la igualdad de oportunidades es mucho más amplio que el tipo de enseñanza que se elija. 

Vamos a más: ¿qué significa -para Alfredo- enseñanza pública de calidad?

Si nos atenemos a la experiencia es un concepto vacío. No puede haber enseñanza de calidad y pública, veamos por qué:

La calidad es un concepto relativo, las cosas son de mayor o menor calidad dependiendo del contexto. Aquí, en la educación (no en la enseñanza), educación de calidad significa educación privada. Porque en España la familia que puede (y se lo plantea, que no sólo es cuestión de dinero) educación de calidad elige un colegio privado; y el que no puede -o no quiere- ir a un privado va al público.

En España educación de calidad equivale a educación privada. Porque un colegio que no dé calidad dura abierto dos cursos académicos. En condiciones normales nadie paga por algo peor, o por algo que puede salirle gratis.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Por el desmantelamiento de la Enseñanza Pública



La enseñanza, hasta el siglo XIX (hubo en el siglo XVIII una Real Cédula de Carlos III que predicaba la enseñanza para todos, pero no llegó a darse hasta 1900) era cuestión privada: la familia que no quería, podía o sabía enseñar a sus hijos -y tenía recursos- se los encomendaba a la Iglesia o a algún maestro que daba clases particulares a dos, tres, cuatro o diez niños. Los que no tenían dinero, directamente, no estudiaban.
 
 
Desde 1900 hasta 1937 la enseñanza en España fue un caos monumental, no llegaron a escolarizar ni al 40% de la población, aunque se formó la estructura de la instrucción tal y como la conocemos. Mucho tenía que invertir el Estado para lograr el mentado Derecho a la Instrucción pública, pero las crisis, la revoluciones, los cambios de gobierno, las guerras, etc. no dejaron asentar la educación como un derecho.

Con la dictadura de Franco, con perdón, entramos en el periodo más fructífero de la instrucción pública, que pasa a llamarse Educación del Estado y que logra por primera vez en la historia la universalidad, la gratuidad y la plena escolarización no sólo de la primaria, sino también de la secundaria y del bachillerato, dejando la puerta abierta a la supermasificación de la Universidad, que vendrá al desaparecer el régimen.

Muchas de las familias que al terminar la guerra no eran más que obreros analfabetos -hijos, nietos y bisnietos de obreros analfabetos- lograron que sus hijos estudiasen en las escuelas estatales, y éstos consiguieron a su vez que sus hijos hiciesen carreras universitarias.

Lo siento por la izquierda a la que tanto le gusta la educación pública de calidad, pero ésta es fruto del totalitarismo franquista (junto con la sanidad pública y la Seguridad Social). Lo que llaman hoy Estado de bienestar es la herencia de aquella dictadura, que para lograr la paz tuvo que arreglar el “problema social”. (Aunque lo saben muy bien, porque sus padres estudiaron gracias a Franco y sus abuelos no).

Allí donde no hay dictadura florece la privada, que es lo que todo el mundo apetece en su sano juicio. Y la democracia, como no podía ser de otro modo, se caracteriza por el auge de la enseñanza privada, que en libre concurrencia hace que las escuelas se afanen por encontrar los mejores maestros y que los maestros se afanen por ser los mejores. Y se sujeta a los mejores pagándoles más, etc. 

Y en el pasado queda la dictatorial educación pública, llena de funcionarios grises que están dispuestos por cuatro perras a educar "cívicamente" a las nuevas generaciones en lo que el sacrosanto Ministerio sea capaz de idear.

Por todo esto lo verdaderamente democrático es la eliminación total de la educación pública y la liberalización de la educación.

El Estado sólo debe vigilar la adecuada calidad de la educación (como lo hace con los demás servicios básicos) por medio de inspectores y exámenes de Estado para garantizar el derecho a la educación.

Pero, para que sea real, la educación debe ser gratuita, por lo que se impone el cheque escolar: que el Estado de a cada familia una cantidad, la que sea necesaria, que garantice la educación de los hijos y que sean empresas privadas las que se encarguen de la educación.
Yo mandaría a los profesores funcionarios a la calle por decreto, y que monten escuelas y que trabajen como todo el mundo. Y que los que no valgan para este oficio valdrán para otro.

Y si no pueden hacer otra cosa prefiero pensionarles y alejarles de los alumnos. A la larga ahorraríamos mucho dinero. Porque no hay cosa peor para la economía y para la vida de las naciones que una mala educación.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Asamblea de los 2000 profesores


2000 profesores agitando las manitas: "que si hacemos huelga", "que si no", "que si ahora tenemos que decidir en los claustros", "que si los sindicatos no nos representan" y el Follonero azuzando contra el pp. Bonito panorama. Más de la mitad salieron de la asamblea jurando en hebreo. Y la otra mitad respiró, pues eran esos agentes sindicales que cobran sin dar una clase.


El sueldo del profesor en España es una miseria. Los beneficios sociales nulos. Las posibilidades de promoción no existen prácticamente. El prestigio social del profesor hace tiempo que está en números rojos. 

Es duro, lo sé. Y la vida diaria del maestro consiste en sufrir estoicamente, o saber evitar con astucia, un acoso constante y continuo de las madres y de los padres, de las administraciones, de las direcciones y jefaturas de estudios. Todo el mundo supone que el profesor es un imbécil y un vago, y por eso tienen que perseguirle para que no diga lo que piensa en clase, para que no haga lo que quiere, para que no evalúe correctamente.

La enseñanza en España es la salida profesional que tienen aquellos que no encuentran otra cosa mejor que hacer en la vida. Es la búsqueda del sueldo fijo, del Estado, para siempre. Una licenciatura y 72 temas de naderías y generalidades, que paralizan el pensamiento. Es relativamente fácil hacerse profesor. Lo difícil es seguir siéndolo, porque nadie enseña al profesor a serlo.

Aún con el sueldo fijísimo, los profesores están quemados. Sólo trabajan por ese sueldo querido que se incrementa de vez en cuando con una huelga general. Ese sueldo que permenece igual pase lo que pase, con ligeros incrementos del IPC, pero seguro. El sueldo que los bancos apetecen para dar préstamos e hipotecas. Bueno, a veces un alumno hace los deberes, y eso nos llena de satisfacción, pero es raro.

Los chicos pasan, abandonan 31% la Educación Secundaria Obligatoria sin haber concluido sus estudios, no tienen educación, ni cultura, ni preparación, pero pasan de curso, y el sueldo entra mes a mes.

Vacaciones de verano, de Semana Santa, de Navidad. Semana blanca, semana cultural, viaje de paso del ecuador. Puente, puente, puente. Y sueldo, sueldo, sueldo. Y extras.

Y a nadie le importa que un tercio de los españoles esté compuesto por medio analfabetos, que aprueben por la cara y para evitar presiones, insultos y amenazas a un energúmeno que no sabe ni quién es.

A nadie le importa que todo esto pase. Cuando en la situación de indigencia en la que se encuentra la Educación en España hay 2000 docentes que lo ven correcto y que sólo les interesan sus dos horitas o que aumente su ración de sueldo fijo fijísimo que se incrementa con el IPC poco a poco, la cosa está muy mal

Sobra el funcionariado en la Enseñanza. Sobra la gente que ve que un 31% de fracaso personal de los españoles es lo normal y piden que, por favor, les dejen dos horas de contemplación de su sueldo mensual que crece y crece con el IPC. Cada año, cada vez que sale el Informe Pisa para decirles que su labor es un fracaso.

Necesitamos docentes que no se presten a hacer el ridículo de esta manera, con la Sexta, silbidos, abucheos, sudor, demagogia y falta de solidaridad, cordura y diligencia.

http://www.youtube.com/watch?v=UZ4sppXt6z0

martes, 6 de septiembre de 2011

Crítica de Juan Arana a "Viaje al poder de la mente", de Punset

Reproduzco este artículo del Prof. Arana porque me parece que no se puede decir mejor lo que dice.

Testamento fallido.
Más sombras que luces en el reciente libro de Eduardo Punset.


Juan Arana. Universidad de Sevilla

Reseña de: Eduardo Punset. El viaje al poder de la mente. Los enigmas más fascinantes de nuestro cerebro y del mundo de las emociones. Destino. Barcelona (2010). 364 págs.
Versión ampliada de la reseña publicada en Aceprensa, 8 septiembre 2010 (n.º 66/10)
¿Qué ocurre cuando llega a tus manos un libro escrito por una persona que acumula una larga ejecutoria y goza de notoriedad pública, que ha rebasado ya los setenta años, que confiesa sufrir una importante cardiopatía y haber recibido tratamiento para superar un cáncer de pulmón? Lo más natural es que surja en ti un sentimiento de respeto y admiración. He aquí, te dices, un hombre que ha sabido afrontar los desafíos de la existencia y que tampoco desvía la mirada cuando la muerte le sale al paso. Abres el volumen como si estuvieras ante un testamento, no porque pienses que va a ser lo último que escriba —Dios no lo quiera—, sino porque esperas encontrar allí una sabiduría esclarecedora, una ayuda para solventar tus propios problemas.
En esa disposición de ánimo di comienzo a la lectura de El viaje al poder de la mente. Los enigmas más fascinantes de nuestro cerebro y del mundo de las emociones (Barcelona, Destino, 2010, 364 pp.), la más reciente obra del economista, político, divulgador y polígrafo Eduardo Punset. Una de las tesis que defiende en ella es que los hombres somos reacios a cambiar de opinión. ¡Ea!, al menos en este caso, ha conseguido que yo cambiara la mía: antes de empezarlo pensaba que estaba ante un trabajo serio e importante; ahora que lo he leído estoy convencido de que se trata de un mal libro. Malo de solemnidad, lo digo sin paliativos, aunque mantenga la consideración y deferencia que merece quien lo ha compuesto. Ojalá escriba él muchas más cosas y tenga yo oportunidad de leérselas, pero la misma gravedad de las circunstancias que he evocado en el párrafo anterior me obliga a prescindir de paños calientes a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Tal vez esté profundamente equivocado, pero tampoco soy un niño, y creo que es urgente darle (y darme, en el caso de que se digne ejercer su derecho de réplica) la oportunidad de mejorar lo que sea mejorable, pues ya no estamos ninguno de los dos en situación de perder el tiempo con eufemismos e indirectas.
Encuentro en primer lugar que es un texto muy descuidado. Parece mentira que, disponiendo de toda una batería de documentalistas y revisores (mencionados en el apartado de agradecimientos), cometa tantos errores de bulto. ¿Ejemplos? Los hay a puñados: convierte en prusiano al polaco Copérnico (p. 15); otorga 150 años de vida a la teoría del Big bang, que empezó a esbozarse después de 1920 y sólo se consolidó en 1965 (p. 27); atribuye a Einstein el descubrimiento de formas de energía que repelen cuando desde la más remota antigüedad se conocen las fuerzas de impenetrabilidad, magnética y eléctrica, que son total o parcialmente repulsivas (p. 30); atribuye pensamiento no ya a los animales, sino a los fósiles de amonites (p. 38); pretende que cuando el agua se evapora sus moléculas se disocian en átomos de hidrógeno y oxígeno (p. 46); confunde los conceptos de densidad y peso (p. 48); coloca los bosques de Turingia «en plena Selva Negra», la cual está en la otra punta de Alemania (p. 148); convierte la «garnacha» en un vino impresentable hasta que lo redimieron en el Priorato, cuando se trata de una uva con la que al menos en la Rioja y Navarra siempre se hicieron excelentes claretes (p. 209)... A veces el desliz se prolonga hasta convertirse en novela: transforma a la buena anglicana Emma Darwin en ferviente católica (p. 165) y hace que el gran Charles se enamore perdidamente de ella, a pesar de que el diario privado del creador de la teoría de la evolución demuestra que jamás hubo una boda menos romántica y más fríamente premeditada (p. 271).
Si hay poco respeto a los hechos, tampoco encuentro deferencia alguna a las reglas de la lógica: menciona en cierto lugar una insospechada «fuerza de atracción repulsiva» (p. 16) con la que tal vez quiera aludir a la «gravedad negativa» que han popularizado los modelos cosmológicos inflacionarios. No menos sorprendente es que en otro pasaje se pregunte cómo «evitar las crisis inevitables» (p. 165), o que pretenda que el primer organismo existente sobre la tierra era heterótrofo, lo que significa —aclara por si quedaba alguna duda— que «se alimenta de otros» (p. 288). Tengo serias dudas sobre qué pudo comer entonces, dado que estaba solo en el escenario de la vida. También resulta perturbador que, tras explicar con detalle cómo nació la vida en «los mares y lagos» (p. 293), termine con la aseveración: «Todo sucedió en la atmósfera. La vida llovió del cielo» (p. 294). Si abundaran libros así, el principio de contradicción acabaría por dejar de tener sentido.
Todo lo anterior constituye una casuística penosa, pero a la vez es índice de algo de mayor calado. Estamos ante un autor que se ha dedicado con gran impacto mediático a la divulgación científica, noble arte que exige en quien lo ejerce mucho trabajo y una considerable dosis de modestia. Para llevar al gran público lo que se debate en los selectos cenáculos de los expertos hay que olvidarse de uno mismo. Se trata de actuar como abogado de los sabios ante los ignorantes, y de los ignorantes ante los sabios. Es comprensible que a la hora de confeccionar un programa de televisión la obtención de efectos a corto plazo prime sobre la mesura y el rigor. Ahora bien, cuando se escribe un libro hay que presuponer en el destinatario mayor discernimiento, aunque el objetivo sea colocar 150.000 ejemplares y más. De lo contrario resultará un producto apto para la venta masiva, pero que envejecerá antes de que acabe de secarse la tinta con que ha sido impreso. Para mí ha sido decepcionante comprobar que, en lugar de aprovechar la oportunidad que tenía para asentar las ideas y ahondar en sus presumibles consecuencias, ha optado por presumir de la amistad personal que le une a los grandes gurús de la ciencia actual y sacar de contexto resúmenes apresurados de sus descubrimientos. No es extraño que llegue a creer que también él ha hecho sustanciales aportaciones al progreso del conocimiento, sobre la amplia base empírica que le proporciona la observación de sus dos nietas y su perro Darwin. Más provechoso hubiera sido trabajar un poco más a fondo la bibliografía que aquellos autores han producido, en lugar de acumular anécdotas superficiales y comentarios realizados en passant. Así quizá hubiera evitado la penosa trivialización del conocimiento científico que caracteriza todo el libro, como por ejemplo cuando habla del principio de incertidumbre. En mecánica cuántica este principio concierne al límite en la precisión obtenible al medir simultáneamente ciertos pares de magnitudes físicas, lo cual imposibilita la completa adecuación a la realidad de las teorías que las utilizan. Se trata de algo muy importante, pero bastante técnico. Sin embargo, según Punset: «El principio de incertidumbre de Heisenberg significa que debemos vivir para siempre con probabilidades, no con certidumbres» (p. 84). Por la misma regla de tres podría habernos dicho que la teoría de la relatividad enseña que todo es relativo, o que el principio de conservación de la energía nos obliga a poner dobles ventanas en nuestro domicilio para evitar que se pierda la energía térmica de la calefacción.
Este modo de deformar el verdadero mensaje de la ciencia ya es de por sí suficientemente deplorable, pero además ni siquiera se atiene a lo que dice, puesto que en el caso referido, después de proscribir cualquier certidumbre, afirma literalmente en la página siguiente: «Se habrá recorrido en poco tiempo un camino que va de no saber nada sobre el funcionamiento de la memoria... a predecir su composición exacta en el curso del tiempo» (p. 85). ¿No habíamos quedado en que era imposible averiguar nada con exactitud? El caso señalado es uno entre un montón. La estrategia de extraer de las más abstrusas investigaciones recetas de aplicación inmediata a la vida humana provoca continuas salidas en falso, de las que luego hay que desdecirse para afirmar lo contrario. Así, anuncia en una ocasión que se ha descubierto «el minuto preciso» en que se originó el primer organismo replicante para matizar en el mismo párrafo: «aunque no podamos precisar cuándo surgió» (p. 293). Sospecho que el recurso al «donde dije digo, digo Diego» debe ser una marca de la casa, porque lo emplea incluso en cuestiones que nada tienen que ver con la ciencia o su curiosa filosofía socio-antropológica. Las consecuencias son a veces chistosas: hay un pasaje donde afirma que uno de los principales méritos de su escritor favorito, Stefan Zweig, es haberle descubierto a él (esto es, a Eduardo Punset) la vida y obra del ginecólogo Semmelweis (pp. 90-1). A continuación confiesa que no ha conseguido localizar en cuál de sus obras figura la correspondiente biografía, para acabar diciendo que lo que sabe del personaje «tal vez lo aprendiera en otros lugares» (p. 92).
Una cualidad que nadie regateará a Punset es el entusiasmo. Su libro sería un buen candidato al premio que destacara la más alta proporción de superlativos por página de la literatura universal. Va de sorpresa en sorpresa, de éxtasis en éxtasis... y de indignación en indignación, porque está convencido de que no se enseña en las escuelas ni se difunde como debiera todo lo que ha llegado a aprender en sus peregrinaciones por el mundo de la tecnociencia. Una cita nada más para ilustrar el procedimiento: «¿Cómo es posible que ninguna institución educativa, ningún ministro o ministra nos haya enseñado a ninguno de nosotros lo que era la transición de fase? ¿Cómo nos dejaron desde la más tierna infancia explorar la vida sin darnos los instrumentos, por lo menos conceptuales, para medir el pH de cualquier medio?» (p. 52). Y eso lo dice él, que estudió el bachillerato en Estados Unidos. A mí, que lo preparé por libre en un colegio pueblerino de la España franquista, me proporcionaron con toda naturalidad tanto la definición del pH como el papel tornasolado para hacer una valoración aproximada. A menudo el descubrimiento presuntamente silenciado es tan sabido y tan obvio, que uno se pregunta si Punset no confunde sus propias averiguaciones con las del resto de la humanidad, como si padeciese algo así como un «síndrome del descubrimiento del Mediterráneo», lo que le lleva a sentenciar: «En este libro nos estamos refiriendo a los grandes descubrimientos de los que nadie habla y que, no obstante han transformado la vida del ser humano corriente hasta niveles inimaginables» (p. 238). Para hacer honor a su compromiso, anuncia repetidamente el mayor descubrimiento de la ciencia, título efímero que pasa de unos hallazgos a otros (pp. 35, 130, 276), aunque lo habitual es que haya sido realizado hace menos de diez años por alguna de las grandes cabezas con las que tiene trato íntimo y sea objeto de conspiraciones judeo-masónicas para que pase desapercibido.
Hay personas que profesan convicciones humanísticas y/o religiosas y están prevenidas contra los mensajes de Eduardo Punset, porque presumen en él un sagaz defensor de los puntos de vista materialistas o cientificistas. Ojalá pudiera confirmar sus temores, porque considero que tanto el materialismo como el cientificismo constituyen desafíos teóricos muy serios, que todo el que crea en Dios o en el Hombre debiera conocer y discutir en profundidad. Pero por desgracia no es el caso. Su orientación doctrinal apunta por supuesto en esas direcciones, pero los argumentos sustantivos que aporta para abonarlas son demasiado flojos. A pesar de no ser materialista ni cientificista, los conozco mucho mejores. En el fondo, lo que define mejor su ubicación en el espectro ideológico es el sincretismo. Como en una batidora mezcla casi todas las consignas y opiniones de uso corriente, sin averiguar hasta qué punto casan unas con otras. Los Leitsmotivs en los que más insiste en El viaje al poder de la mente son: la importancia de cambiar de opinión (aunque sin especificar cómo, cuándo ni por qué); nuestra insignificancia en el conjunto de cosmos (una sentencia repetida ad nauseam desde Freud para acá , enraizada en viejos tópicos de la ascética cristiana y que ahora propone como gran novedad); la conveniencia de tomar decisiones sin estar demasiado informado (en lo cual, hay que confesarlo, Punset es modélico, véase p. 105); la utilidad de dejar de ser racionales para dar paso a la intuición y al mismo tiempo la ventaja de seguir siéndolo para no desautorizar a la ciencia (en ocasiones sugiere obscuramente que la ciencia es la única instancia competente para efectuar una especie de hara-kiri de la razón). También figuran entre las tesis capitales del libro que la inteligencia y la especificidad irrepetible de los humanos son, junto con el pensamiento autoritario y dogmático, fuente de infelicidad, violencia y terrorismo; que es más importante desaprender que aprender (frente en el que, a la vista del rumbo que está llevando últimamente el sistema educativo, estamos haciendo muchos progresos). Propugna asimismo superar a Darwin para redescubrir y dar nueva validez a Lamarck. Por último, aboga para que cambiemos la identidad genética y epigenética de nuestra especie, a fin de convertirnos en entes clorofílicos capaces de nutrirnos del sol y el aire... Si alguien opina que esta última tesis es demasiado demencial para ser defendida por una autoridad tan solvente como Eduardo Punset, vaya a la p. 291, en la que aparece un esbozo del hombre del futuro con ramas y hojas brotando de su frente, o la 309, en que apremia a los padres progresistas para que bauticen a sus hijas (por lo civil, claro está) con el nombre de Elysia chlorotica, una babosa de color verde que, por medio de la ingesta de algas y el trasiego de genes, ha conseguido incorporar cloroplastos a sus células.
Es fácil imaginar el cesto que se acaba fabricando con estas mimbres. Ignoro qué tanto por ciento de los numerosos compradores del libro habrá conseguido llegar a los capítulos finales. Los que hayan superado la prueba encontrarán sabrosos párrafos en los que, según mi poco autorizado juicio, el autor desbarra a sus anchas sin el menor apuro: «En cualquier otro animal pensamos que la dieta es muy importante para conformar el organismo, y no obstante, la gente no tiene asumido, apenas ha pensado en ello, que no podemos vivir sin comida cocinada. Las mujeres no pueden reproducirse sin comida cocinada. Incluso un varón, si sólo se alimenta de comida cruda, deja de producir esperma» (p. 250).
Idéntica falta de seriedad revelan los ataques a la religión, aunque he de reconocerle la originalidad de no sacar a relucir el caso Galileo. En realidad, el único argumento que usa para demostrar la inevitabilidad del conflicto entre la ciencia y la fe es la perspectiva —inmediata según él— de sintetizar bacterias en los laboratorios (p. 166). Un escrúpulo poco comprensible, habida cuenta que la teoría de la generación espontánea estuvo en vigor hasta el siglo XIX. Quizá se deba a que el supercatólico Pasteur fue quien la refutó. Lo cierto es que incluso Tomás de Aquino pensaba que bastaban causas meramente físicas para producir, no ya microbios, sino insectos, sabandijas y hasta ratones.
Uno esperaría encontrar proyectiles de más grueso calibre en el arsenal de un ateo o un materialista digno de ser escuchado. El de mayor poder ofensivo sería alegar que bastan las leyes descubiertas por la ciencia o las causas naturales vislumbradas por la razón para explicar el entendimiento y la voluntad humanas, o bien el surgimiento y destino final del universo. Conviene recordar que Punset ha publicado en 2006 otro libro con el provocativo título de El alma está en el cerebro, pero, francamente, decir que el alma está en el cerebro no tiene mayor trascendencia que pretender que también lo está en la habitación, ciudad o planeta donde ese cerebro se ubica. Para el caso, lo mismo daría afirmar que el hombre conserva su alma en el almario. Lo importante, lo decisivo, lo que pondría en aprietos la fe de una persona adulta y mínimamente informada, es si se puede o no describir con exactitud y predecir sin ambigüedad el conjunto de impulsos nerviosos que, partiendo de la incidencia de la luz en la retina, desemboca en la estimulación de las neuronas motoras que activan la respuesta deliberada y consciente a la información que aquella luz aportó. Todo lo demás son metáforas. Ahora bien, en un mundo regido por la indeterminación cuántica y donde campea la dinámica de sistemas complejos, pretender tal cosa es una pura imposibilidad. Es elogiable la búsqueda de localizaciones cerebrales para las funciones de la mente, aunque con las técnicas disponibles de tomografía por emisión de positrones o resonancia magnética funcional la resolución espacio-temporal es todavía muy baja (estas pruebas no registran la actividad nerviosa propiamente dicha, sino sus concomitancias metabólicas y circulatorias). Ojalá den con procedimientos de mayor refinamiento. También hay que alabar y fomentar el estudio de los mecanismos biológicos asociados a la memoria, la motivación e incluso la reflexión consciente, ¡faltaría más! Pero hay buenas razones para cuestionar que por esta vía se llegue pronto o tarde a una completa reducción materialista de la mente. Punset pretende que el cerebro, lejos de ser el mecanismo más sofisticado del universo, es un mero apaño evolutivo (p. 287), como si ambas cosas fueses incompatibles. Si se conocieran otros mecanismos —hasta donde la palabra «mecanismo» sea apropiada en este contexto— más complejos, bueno sería que los mencionara. Y en todo caso, no se trataría de un único apaño, sino de una cadena ininterrumpida de ellos que ha tardado miles de millones de años en completarse. Hasta que sea descubierto otro objeto más intrincado aún, no conocemos ninguno con tantas bifurcaciones y vericuetos, ninguna estructura que constituya un desafío comparable para cualquier esfuerzo de racionalización unívoca. El propio Punset acaba reconociendo que en lo tocante a las decisiones morales, «es incluso una cuestión abierta saber hasta qué punto tenemos la opción de elegir» (p. 170). ¡Y dice eso inmediatamente después de haber conjeturado la existencia de un mecanismo biológicamente predeterminado para emitir juicios morales! (p. 168). Difícilmente podría darse mayor incoherencia entre una toma de postura materialista y un corolario que abre la puerta a la presencia de libertad en sentido fuerte.
En un mundo cada día más necesitado de auténtico diálogo interdisciplinar, es una pena que quien está en una posición inmejorable para llevarlo a cabo malogre sus esfuerzos y deje a la clientela sin la oportunidad de conocer la proyección que el trabajo de la comunidad científica tiene sobre la vida humana. Coquetear con las modas intelectuales e improvisar genialidades sobre la marcha no es la mejor receta para aportar discernimiento a nuestro atribulado mundo. Por todo ello considero que la obra recensionada es un testamento fallido. Lo valiente no quita lo cortés, y diré para terminar que, a pesar de sus años y enfermedades, pocas personalidades alberga nuestro país con tantas ilusiones y juventud de espíritu como Eduardo Punset. Ello me hace concebir la esperanza de que los defectos señalados (en la medida en que sean tales) desaparezcan en la próxima entrega que recibamos de él, de modo que en lugar de la censura lo obligado sea el aplauso.

lunes, 22 de agosto de 2011

Los indignados se indignan

Tras la JMJ los indignados están más indignados que nunca:
  • Indignados con su vida, indignados de ver que muy buena parte de la juventud pasa olímpicamente de su movida trasnochada.
  • Indignados porque no tuvieron agresiones de los peregrinos, sólo indiferencia y oraciones.
  • Indignados porque los doscientos que se juntaron para la foto de Público no lograron acallar a los dos millones de jóvenes.
  • Indignados con la policía, que no permitió la disolución de la "contramanifestación convocada por el Papa".
  • Indignados porque su política aprendida de ETA no funcionó: "primero le mato y si usted se defiende aquí lo que hay es un conflicto que hay que arreglar, eso sí, de igual a igual"
  • Indignados al fin porque su ideología agoniza con los Castro y los Chavez, y Madrid se llenó de banderas de las exrepúblicas liberadas del comunismo.
  • Indignados por las palabras del Papa, que retumban todavía en su conciencia
Y la gente de la calle indignada con los indignados, que han convertido la protesta popular contra la pobredumbre moral de nuestra democracia en un grupo de ultraizquierda con el reloj parado hace 50 años.

martes, 1 de marzo de 2011

10 estrategias de manipulación docente (8)

8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad

Ser mediocre está de moda y vende.

El ser humano es un ser natural, racional, que es capaz de ver la belleza, la bondad, la verdad, un ser histórico, un ser social, un ser lanzado al futuro, un "bicho que busca a Dios", un ser capaz de comprender el mundo, etc. etc.

Todas las definiciones son verdaderas a la vez, el hombre es a la vez todo esto, un ser que debe estar en comunicación con todo: con la naturaleza, con los hombres (del pasado, del presente, del futuro) y con Dios.

Recortar la relación íntima y veraz con cada uno de estos mundos y lanzarle a la existencia a entretenerse, a pasar el tiempo, a ociar y a negociar es fomentar la mediocridad.

Desde pequeñitos la televisión les entretiene, de mayores no solo la televisión. El ideal de vida recortado, volcado el el producir no creativo y en el descansar de una producción que no cansa es el ideal del mediocre. Soñando con la Primitiva que les permita un escape constante de sí mismos.

En la escuela se reduce la historia, la religión, el arte, la filosofía, las ciencias naturales de verdad... y quedan las llamadas instrumentales (lengua y matemáticas) que les permitirán ganar dinero para esa existencia mediocre, sin esperanza.