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martes, 14 de junio de 2016

Ser, estar, parecer... y hacer


Hay una corriente de pensamiento que se filtra por todos los rincones de Occidente que hace primar al hacer frente al ser. Si lo piensan un poco es una idea injustificada e incluso irracional, porque las cosas son y por ser de una manera determinada, por tener tales características, actúan en el mundo real. El ser es siempre previo, aunque lógicamente solo vemos el ser por el hacer, es decir, si algo no hace nada, si no afecta siquiera a nuestros instrumentos de medida ni a nuestros sentidos... entonces no es nada para nosotros. Aunque podría ser, de alguna manera, para sí mismo, para un observador ideal o para Dios. En este caso diríamos que es un ser al que, con la ciencia positiva (que es un juego que nos traemos los humanos en el que solo participan las cosas observables), o para la ciencia positiva, no existe. Pero las cosas que existen hacen porque son y nada puede hacer si previamente no es.

En todo caso el primado del hacer frente al ser no es una teoría filosófica, es una actitud ante la vida, fruto de una decisión epistemológica o existencial, pero al fin y al cabo una actitud. Una actitud que toma por sentimiento, sin utilizar la razón y quizá por ello está muy extendida en nuestro mundo. Pero a pesar de ser irracional tiene tres raíces, dos filosóficas y una pragmática o económica. La primera raíz filosófica nos viene de la filosofía positivista del siglo XIX, aunque desarrollada en el XX como punto de partida de toda otra filosofía, que hace primar el dato, la experiencia sensible “nuda” o el hecho frente a la realidad de las cosas, que es siempre mucho más amplia y viene acompañada de causas (1). Ante un suceso determinado el positivista se plantea "qué ha pasado”, con independencia de las causas, las motivaciones, las circunstancias del hecho, etc. solo importa lo observable, lo medible, lo cuantificable. 

La segunda raíz filosófica es el existencialismo, que planteaba la primacía del existir frente al ser. J.P. Sartre, (que es uno de esos filósofos malpensantes que su pensamiento ha entrado, como un virus, en casi todos los pensamientos de los bienpensantes europeos) decía en El existencialismo es un humanismo que el hombre “empieza por no ser nada. Sólo será después, y será tal como se haya hecho”(3). La existencia es una forma de hacer, puesto que solo existe lo que hace algo. Si algo no hace nada, no es nada.

Para Sartre el hombre es pues nada, pero nada que quiere (voluntad nietzscheana) hacer cosas pero en definitiva no es nada. Si esto fuese así el ser humano sería una especie de ser ridículo, un animal engreído, que quiere salir de su nada haciendo cosas, pero que está condenado a volver a la nada. Tiene que hacer cosas, para no decaer en la nada, como decía Unamuno: “insistir para existir”.

El hombre para el existencialismo es un náufrago después del hundimiento del Titanic (el Titanic es la civilización técnica). Flotando en el mar, sin poder más que nadar, moverse incesantemente, para no congelarse y ser tragado por el océano, por la nada. Su única misión consiste en patalear, aún sabiendo que va a ser engullido por la nada.

Claro que si el hombre no es más que nada-nadando-en-la-nada, solo asido a la realidad por su propio esfuerzo (como en la historia del Barón de Munchausen), hay que repensar todos los grandes conceptos, que nos hacen seres dignos, importantes, trascendentes y que no vemos: Dios no sería más que un ser creado por el hombre para justificar su nada; el mundo no tendría existencia propia (Markus Gabriel) y sería un concepto creado para no tomar conciencia de nuestra nada, y -por supuesto- el alma y la libertad serían meras ilusiones de un ser que quiere ser cuando realmente no es. Es decir, el programa postmoderno no consiste más que en destruir todo lo que el hombre es por naturaleza para dejarlo 'libre de ataduras', flotando en un mundo donde la voluntad de poder es la única verdad, donde cada uno es lo que quiere ser y al resto solo le queda aceptarlo en su voluntad, por absurda que esta sea.

Este cambio cosmovisional, que ya casi ha penetrado por completo en el pensamiento occidental, consiste en aceptar la acción observable como la única verdad. No importa que el ser quiera o diga, no importa su proyecto, ni su pasado. Ya no importa qué haya “dentro” solo el resultado de la acción. No importan, por ejemplo, las ilusiones, las pasiones, las ideas, importan solo los resultados, los objetivos logrados, los éxitos materiales. 

Y aquí tenemos la tercera raíz, la económica: "eres lo que ganas", eres lo que haces en el trabajo, lo que vendes, lo que "mueves". Miles de libros para emprendedores, miles de programas de autoayuda, y ese "rehacer" la vida constante, reinventarse, innovar constante (como si lo nuevo fuese un valor en sí), nos llevan por el camino del hacer sin pensar. Los políticos, que ahora están en berrea, nos dicen lo mismo: lo importante es la economía, no las virtudes para crear estructuras adecuadas o para mantener la fortuna, no. Tampoco la pregunta sobre para qué sirve el dinero. Solo crecer, sin dirección; solo crear riqueza, sin el para qué de tal riqueza, solo emprender. Nadie se pregunta realmente si lo que da dinero es importante o no, si merece la pena hacerse o si merece realmente la pena dar la vida por ello. Solo hacer. No parece importar la dignidad de los pueblos, las misiones históricas o la salvaguarda de las cosas por las que merece la pena vivir, no. Solo la economía.



Este hacer por hacer, gratuito, es el principio de todo degenerar humano y divino. Puesto olvidados del ser se produce la transvaloración de los grandes valores hacia los instrumentales: el dinero y el poder. Si el hombre no es nada, y es solo lo que hace, aquél que adquiera dinero o poder, aunque realmente sea un pobre hombre digno de lástima, se convierte en el único ser auténtico. No por casualidad en los grupos que tradicionalmente buscan el poder para destruir toda espiritualidad desde el liberalismo se buscan las obras más que los pensamientos, por ejemplo, «en la iniciación en el primer grado o de aprendiz masónico se pregunta al candidato: "¿Sois masón?" y él responde: "Por mis obras me tienen por tal"»(3), porque no importa qué sea uno, sino que se comporte como tal. O desde el comunismo se preocupan por la praxis antes que por el pensamiento de sus militantes. Y desde el capitalismo algo similar: trabajo, prácticas, saber hacer, etc. 

Y esto trae sus consecuencias (cualquiera que haya leído Un mundo feliz lo sabe). Por ejemplo, en bioética si uno es lo que hace y llega un momento en el que no puede hacer nada lo correcto es aplicarle una inyección letal y terminar con el absurdo de una vida-sin-hacer, es decir, una no-vida. Si los embriones no hacen nada, no son nada; si los ancianos no hacen nada, no son nada; si los enfermos mentales, los comatosos, los niños nacidos con serios problemas vitales no hacen nada… no son dignos, no tienen vidas para vivir "con dignidad". Por otro lado, el animalismo postmoderno tiene algo también de práxis: los animales da la impresión de que siempre hacen cosas (es una deformación producto de ver los animales por La Tele, puesto que en realidad no hacen casi nada). En todo caso si nuestra diferencia esencial está en lo interior, lo que no se ve (la percepción de realidad y en nuestro espíritu atemporal, en la capacidad estética, etc.), fijándonos solo en el exterior tendremos un parecido mayor con los animales, o mejor: éstos con nosotros.



Otra consecuencia es el sensualismo. Si un ser humano se siente mujer, independientemente de lo que sea, y se comporta como tal... es mujer; si se siente vasco es vasco, aunque su familia provenga de Sevilla o de Argentina. Ser es cuestión de sentir, porque el sentir lleva a la acción: si uno se comporta (se viste, piensa, habla) como equis, es equis. 



Aplicado al mundo de la empresa al que no hace cosas visibles y palpables se le excluye y se premia a quien logra beneficios o resultados palpables. Hace tiempo (no encuentro dónde) leí a uno de estos gurús empresariales que aplicaba la matriz del Boston Consulting Group para la toma decisión sobre la vida de los productos en función de lo que dan o podían dar a la empresa, a las distintas áreas o departamentos. Ahí se decía que había departamentos a los que se denominaban “estrellas” o -creo recordar- "cerdos", que daban una buena rentabilidad y que debían cobrar por objetivos (planificación estratégica, por ejemplo), puesto que ellos hacían el beneficio a largo plazo; otros podían ser tildados de "vacas", ya que daban todos los días beneficios (ventas, marketing); hay también departamentos “Incógnita” que podían a largo plazo dar beneficios, pero que no los daban en realidad... pero había también departamentos “perros”, que solo gastaban y no aportaban nada al beneficio...


Dejando a un lado la indignidad que es llamar a los trabajadores 'perros' o 'cerdos', siguiendo esta lógica del hacer, a los perros y a las incógnitas hay que bajarles el sueldo y retirarles los recursos, para destinarlos sobre todo a los que hacen, es decir, a los que traen clientes, a los que diseñan la producción. Sobre todo si los directivos están de paso y poco les importan los resultados a largo plazo.

Evidentemente las empresas tienen que dar beneficio, pero no todo en una empresa es beneficio económico. Es hacer que la productividad no sea frenada, e incluso en las empresas meramente mercantiles los "perros" juegan un papel determinante a la hora de afianzar la empresa y la marca, ya que en ellos está la responsabilidad social, la relación con los stakeholders, la dimensión ecológica o las políticas adecuadas de Recursos Humanos. Y en muchos casos están en ellos la misión de la empresa. Reducir una empresa al beneficio es lo mismo que reducir una persona a su patrimonio.


Por último, si seguimos y aplicamos estos criterios del hacer frente al ser a instituciones de espíritu (universidad, educación, Iglesia, arte o política) el resultado es siempre los mismo: eliminación de ideas, reducción de las instituciones a su dimensión instrumental y no a su función social, perder la idea fundacional y trascendente de la educación, la iglesia, etc. y quedarse solo con el poder, el dinero, las estructuras, etc. 

Hay quien cree que la escuela consiste en crear buenos ciudadanos, que la Iglesia está para ordenar la vida de la gente, casar, bautizar y enterrar. Hay quien cree que la política consiste en dar trabajo a "la gente"; el arte para deleite de los sentidos y la Universidad para crear técnicos capaces de operar en el mundo empresarial sin que se les note que son humo. 

Pero esos son los del tener, los del hacer, los que solo les conoces por el resultado de sus obras. Las obras buenas, es cierto, muestran a las personas buenas, pero de ahí no se sigue la reducción de la persona a sus obras. 

(1)  "Nuestras investigaciones positivas deben deducirse esencialmente, en todos los géneros, a la apreciación sistemática de lo que es, renunciando a descubrir su primer origen y su destino final" Comte, A.: Discurso sobre el espíritu positivo§ 13 (Ed. y trad. de Julián Marías), Alianza Editorial, 2000.
(2) Sartre, J.P.: El existencialismo es un humanismo, Ediciones del 80, Barcelona
(3) Guerra, M. Masonería religión y política. Sekotia, Madrid 2012, p.197

viernes, 6 de noviembre de 2015

50 años de Gravíssimum Educationis

Han pasado ya 50 años de la Declaración Gravissimum Educationis, de Pablo VI, donde se puede leer, entre otras cosas lo siguiente:

Facultades y universidades católicas

10. La Iglesia tiene también sumo cuidado de las escuelas superiores, sobre todo de las universidades y facultades. E incluso en las que dependen de ella pretende sistemáticamente que cada disciplina se cultive según sus principios, sus métodos y la libertad propia de la investigación científica, de manera que cada día sea más profunda la comprensión de las mismas disciplinas, y considerando con toda atención los problemas y los hallazgos de los últimos tiempos se vea con más exactitud cómo la fe y la razón van armónicamente encaminadas a la verdad, que es una, siguiendo las enseñanzas de los doctores de la Iglesia, sobre todo de Santo Tomás de Aquino. De esta forma, ha de hacerse como pública, estable y universal la presencia del pensamiento cristiano en el empeño de promover la cultura superior y que los alumnos de estos institutos se formen hombres prestigiosos por su doctrina, preparados para el desempeño de las funciones más importantes en la sociedad y testigos de la fe en el mundo.

En las universidades católicas en que no exista ninguna Facultad de Sagrada Teología, haya un instituto o cátedra de la misma en que se explique convenientemente, incluso a los alumnos seglares. Puesto que las ciencias avanzan, sobre todo, por las investigaciones especializadas de más alto nivel científico, ha de fomentarse ésta en las universidades y facultades católicas por los institutos que se dediquen principalmente a la investigación científica.

El Santo Concilio recomienda con interés que se promuevan universidades y facultades católicas convenientemente distribuidas en todas las partes de la tierra, de suerte, sin embargo, que no sobresalgan por su número, sino por el prestigio de la ciencia, y que su acceso esté abierto a los alumnos que ofrezcan mayores esperanzas, aunque de escasa fortuna, sobre todo a los que vienen de naciones recién formadas.

Puesto que la suerte de la sociedad y de la misma Iglesia está íntimamente unida con el progreso de los jóvenes dedicados a estudios superiores, los pastores de la Iglesia no sólo han de tener sumo cuidado de la vida espiritual de los alumnos que frecuentan las universidades católicas, sino que, solícitos de la formación espiritual de todos sus hijos, consultando oportunamente con otros obispos, procuren que también en las universidades no católicas existan residencias y centros universitarios católicos, en que sacerdotes, religiosos y seglares, bien preparados y convenientemente elegidos, presten una ayuda permanente espiritual e intelectual a la juventud universitaria. A los jóvenes de mayor ingenio, tanto de las universidades católicas como de las otras, que ofrezcan aptitudes para la enseñanza y para la investigación, hay que prepararlos cuidadosamente e incorporarlos al ejercicio de la enseñanza.

lunes, 15 de junio de 2015

Aceituneros marxistas


¿Es que nadie tiene conciencia para ver las manipulaciones? ¿Cómo pueden poner a niños de primaria de colegio católico a cantar barbaridades marxistas? No entiendo ese empeño de dar cancha al marxismo más sectario y criminal.  

O los directores no se enteran de nada y creen que eso es la realidad (que los olivos son de los que los trabajan) o no tienen eso que la LOGSE llamaba "espíritu crítico" y por lo tanto no están capacitados para el puesto que ocupan. 

No entiendo que se les enseñe a los niños este himno lleno de mentiras y de mala baba: "andaluces de Jaén", que fue sectariamente elevado a la oficialidad por el socialista Francisco Reyes... 

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma, ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

-¿Quién, quién levantó los olivos?
- Pues depende por qué preguntes, si el Quién lo dices con mayúscula, es verdad que los olivos, como toda la creación viene de Dios; si no, si es con minúscula, los olivos los mandó levantar el propietario del terreno, compró las plantas y lo mandó plantar. Los levantó él, igual que tú levantaste tu casa o ¿quién levantó tu casa tú o los obreros que trabajaron en ella? Dime ¿de quién es tu ordenador, tu coche o tu casa? ¿Del chino que lo montó? ¡Anda demagogo! Las cosas son de quien paga por ellas. Y punto. Sin el dinero del señor, ni su tierra, no habría olivos ni aceitunas ni trabajo, ni sudor. 

(...)
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma ¿quién
quién amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.


No, Miguel Hernández. No, director. No hay explotadores y explotados, no, y aquí el único que pisa la frente de los niños es un director de colegio católico que se empeña en meter marxismo entre col y col. El director que reduce la cabeza de los niños con materialismos histéricos del siglo pasado en vez de entusiasmarles con la poesía verdadera, es decir, de la poesía que promete un nuevo hombre, educativa, noble, generosa. virtuosa..., 

(...)

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

-Eran de su legítimo dueño. Hasta que una panda de desalmados republicanos lo asesinaron, junto con su familia y ya no hubo ni olivos, ni olivares, ni terratenientes hasta que esa tierra fue liberada de sus asesinos.

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.

La libertad, sí, la que le llegó a Jaén después de la barbarie comunista. 

En definitiva. Un consejo gratis para dirigir centros católicos:  elimina del currículo y de los espectáculos públicos los autores que hicieron apología de los asesinos de los mártires a los que veneran los propietarios de tu colegio.

Y, para terminar, una visión bien distinta de los olivos, esta sí, apta para niños y sin ideología de odio, y de Pemán (miembro de la ACNdP y compañero de tantos mártires a manos de aceituneros altivos llenos de odio a España y a la religión):


Este olivo que en este triste día
en que está el cielo gris y blanco el suelo,
calienta en el hogar mi casa fría,
era ayer el encanto y la ufanía
de mi olivar, bajo el azul del cielo.

Era aquel viejo olivo castellano
tan erguido y valiente. En el verano
sus nudosos ramajes ofrecieron
grata sombra a las gentes campesinas
y a sus hojas pacíficas vinieron
huyendo del calor, las golondrinas

Y, al fin, cayó... sus ramas retorcidas,
pródigas hasta el fin, ennegrecidas
entre un montón de leñas y de abrojos,
aun dan en este hogar, luz a mis ojos
y calor a mis manos ateridas;
como ayer en las faldas de la sierra
dieron junto al pacífico arroyuelo
sombra a los caminantes de la tierra
y cobijo los pájaros del cielo.

Y así quiero yo ser, como este olivo,
pródigo hasta morir...

Por eso escribo
en mis pobres cantares cuanto hiere
mi ser con alegrías o dolores
para dejar así en ellos resplandores
de esto que hay en mi ser que nunca muere,
y dar así en herencia a mis hermanos
-¡oh olivo de mis campos castellanos!-
lo que hoy me han dado tus destellos rojos:
un poco de luz para los ojos

y un poco de calor para las manos.

jueves, 21 de mayo de 2015

Discurso de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona (2006)


Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones


Para mí es un momento emocionante encontrarme de nuevo en la universidad y poder impartir una vez más una lección magistral. Me hace pensar en aquellos años en los que, tras un hermoso período en el Instituto Superior de Freising, inicié mi actividad como profesor en la universidad de Bonn. Era el año 1959, cuando la antigua universidad tenía todavía profesores ordinarios. No había auxiliares ni dactilógrafos para las cátedras, pero se daba en cambio un contacto muy directo con los alumnos y, sobre todo, entre los profesores. Nos reuníamos antes y después de las clases en las salas de profesores. Los contactos con los historiadores, los filósofos, los filólogos y naturalmente también entre las dos facultades teológicas eran muy estrechos. Una vez cada semestre había un dies academicus, en el que los profesores de todas las facultades se presentaban ante los estudiantes de la universidad, haciendo posible así una experiencia de Universitas; es decir, la experiencia de que, no obstante todas las especializaciones que a veces nos impiden comunicarnos entre nosotros, formamos un todo y trabajamos en el todo de la única razón con sus diferentes dimensiones, colaborando así también en la común responsabilidad respecto al recto uso de la razón: era algo que se experimentaba vivamente. Además, la universidad se sentía orgullosa de sus dos facultades teológicas. Estaba claro que también ellas, interrogándose sobre la racionabilidad de la fe, realizan un trabajo que forma parte necesariamente del conjunto de la Universitas scientiarum, aunque no todos podían compartir la fe, a cuya correlación con la razón común se dedican los teólogos. Esta cohesión interior en el cosmos de la razón no se alteró ni siquiera cuando, en cierta ocasión, se supo que uno de los profesores había dicho que en nuestra universidad había algo extraño: dos facultades que se ocupaban de algo que no existía: Dios. En el conjunto de la universidad estaba fuera de discusión que, incluso ante un escepticismo tan radical, seguía siendo necesario y razonable interrogarse sobre Dios por medio de la razón y que esto debía hacerse en el contexto de la tradición de la fe cristiana.


Recordé todo esto recientemente cuando leí la parte, publicada por el profesor Theodore Khoury (Münster), del diálogo que el docto emperador bizantino Manuel II Paleólogo, tal vez en los cuarteles de invierno del año 1391 en Ankara, mantuvo con un persa culto sobre el cristianismo y el islam, y sobre la verdad de ambos.[1] Probablemente fue el mismo emperador quien anotó ese diálogo durante el asedio de Constantinopla entre 1394 y 1402. Así se explica que sus razonamientos se recojan con mucho más detalle que las respuestas de su interlocutor persa.[2] El diálogo abarca todo el ámbito de las estructuras de la fe contenidas en la Biblia y en el Corán, y se detiene sobre todo en la imagen de Dios y del hombre, pero también, cada vez más y necesariamente, en la relación entre las «tres Leyes», como se decía, o «tres órdenes de vida»: Antiguo Testamento, Nuevo Testamento y Corán. No quiero hablar ahora de ello en este discurso; sólo quisiera aludir a un aspecto —más bien marginal en la estructura de todo el diálogo— que, en el contexto del tema «fe y razón», me ha fascinado y que servirá como punto de partida para mis reflexiones sobre esta materia.

En el séptimo coloquio (διάλεξις, controversia), editado por el profesor Khoury, el emperador toca el tema de la yihad, la guerra santa. Seguramente el emperador sabía que en la sura 2, 256 está escrito: «Ninguna constricción en las cosas de fe». Según dice una parte de los expertos, es probablemente una de las suras del período inicial, en el que Mahoma mismo aún no tenía poder y estaba amenazado. Pero, naturalmente, el emperador conocía también las disposiciones, desarrolladas sucesivamente y fijadas en el Corán, acerca de la guerra santa. Sin detenerse en detalles, como la diferencia de trato entre los que poseen el «Libro» y los «incrédulos», con una brusquedad que nos sorprende, brusquedad que para nosotros resulta inaceptable, se dirige a su interlocutor llanamente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia en general, diciendo: «Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba».[3] El emperador, después de pronunciarse de un modo tan duro, explica luego minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo insensato. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. «Dios no se complace con la sangre —dice—; no actuar según la razón (συν λόγω) es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Por tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas... Para convencer a un alma racional no hay que recurrir al propio brazo ni a instrumentos contundentes ni a ningún otro medio con el que se pueda amenazar de muerte a una persona».[4]

En esta argumentación contra la conversión mediante la violencia, la afirmación decisiva es: no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios.[5] El editor, Theodore Khoury, comenta: para el emperador, como bizantino educado en la filosofía griega, esta afirmación es evidente. En cambio, para la doctrina musulmana, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está vinculada a ninguna de nuestras categorías, ni siquiera a la de la racionabilidad.[6] En este contexto, Khoury cita una obra del conocido islamista francés R. Arnaldez, quien observa que Ibn Hazm llega a decir que Dios no estaría vinculado ni siquiera por su propia palabra y que nada le obligaría a revelarnos la verdad. Si él quisiera, el hombre debería practicar incluso la idolatría. [7]

A este propósito se presenta un dilema en la comprensión de Dios, y por tanto en la realización concreta de la religión, que hoy nos plantea un desafío muy directo. La convicción de que actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios, ¿es solamente un pensamiento griego o vale siempre y por sí mismo? Pienso que en este punto se manifiesta la profunda consonancia entre lo griego en su mejor sentido y lo que es fe en Dios según la Biblia. Modificando el primer versículo del libro del Génesis, el primer versículo de toda la sagrada Escritura, san Juan comienza el prólogo de su Evangelio con las palabras: «En el principio ya existía el Logos». Ésta es exactamente la palabra que usa el emperador: Dios actúa «συν λόγω», con logos. Logos significa tanto razón como palabra, una razón que es creadora y capaz de comunicarse, pero precisamente como razón. De este modo, san Juan nos ha brindado la palabra conclusiva sobre el concepto bíblico de Dios, la palabra con la que todos los caminos de la fe bíblica, a menudo arduos y tortuosos, alcanzan su meta, encuentran su síntesis. En el principio existía el logos, y el logos es Dios, nos dice el evangelista. El encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no era una simple casualidad. La visión de san Pablo, ante quien se habían cerrado los caminos de Asia y que en sueños vio un macedonio que le suplicaba: «Ven a Macedonia y ayúdanos» (cf. Hch 16, 6-10), puede interpretarse como una expresión condensada de la necesidad intrínseca de un acercamiento entre la fe bíblica y el filosofar griego.

En realidad, este acercamiento había comenzado desde hacía mucho tiempo. Ya el nombre misterioso de Dios pronunciado en la zarza ardiente, que distingue a este Dios del conjunto de las divinidades con múltiples nombres, y que afirma de él simplemente «Yo soy», su ser, es una contraposición al mito, que tiene una estrecha analogía con el intento de Sócrates de batir y superar el mito mismo. [8] El proceso iniciado en la zarza llega a un nuevo desarrollo, dentro del Antiguo Testamento, durante el destierro, donde el Dios de Israel, entonces privado de la tierra y del culto, se proclama como el Dios del cielo y de la tierra, presentándose con una simple fórmula que prolonga aquellas palabras oídas desde la zarza: «Yo soy». Juntamente con este nuevo conocimiento de Dios se da una especie de Ilustración, que se expresa drásticamente con la burla de las divinidades que no son sino obra de las manos del hombre (cf. Sal 115). De este modo, a pesar de toda la dureza del desacuerdo con los soberanos helenísticos, que querían obtener con la fuerza la adecuación al estilo de vida griego y a su culto idolátrico, la fe bíblica, durante la época helenística, salía desde sí misma al encuentro de lo mejor del pensamiento griego, hasta llegar a un contacto recíproco que después tuvo lugar especialmente en la literatura sapiencial tardía. Hoy sabemos que la traducción griega del Antiguo Testamento —la de «los Setenta»—, que se hizo en Alejandría, es algo más que una simple traducción del texto hebreo (la cual tal vez podría juzgarse poco positivamente); en efecto, es en sí mismo un testimonio textual y un importante paso específico de la historia de la Revelación, en el cual se realizó este encuentro de un modo que tuvo un significado decisivo para el nacimiento y difusión del cristianismo.[9] En el fondo, se trata del encuentro entre fe y razón, entre auténtica ilustración y religión. Partiendo verdaderamente de la íntima naturaleza de la fe cristiana y, al mismo tiempo, de la naturaleza del pensamiento griego ya fusionado con la fe, Manuel II podía decir: No actuar «con ellogos» es contrario a la naturaleza de Dios.

Por honradez, sobre este punto es preciso señalar que, en la Baja Edad Media, hubo en la teología tendencias que rompen esta síntesis entre espíritu griego y espíritu cristiano. En contraste con el llamado intelectualismo agustiniano y tomista, Juan Duns Escoto introdujo un planteamiento voluntarista que, tras sucesivos desarrollos, llevó finalmente a afirmar que sólo conocemos de Dios la voluntas ordinata. Más allá de ésta existiría la libertad de Dios, en virtud de la cual habría podido crear y hacer incluso lo contrario de todo lo que efectivamente ha hecho. Aquí se perfilan posiciones que pueden acercarse a las de Ibn Hazm y podrían llevar incluso a una imagen de Dios-Arbitrio, que no está vinculado ni siquiera con la verdad y el bien. La trascendencia y la diversidad de Dios se acentúan de una manera tan exagerada, que incluso nuestra razón, nuestro sentido de la verdad y del bien, dejan de ser un auténtico espejo de Dios, cuyas posibilidades abismales permanecen para nosotros eternamente inaccesibles y escondidas tras sus decisiones efectivas. En contraste con esto, la fe de la Iglesia se ha atenido siempre a la convicción de que entre Dios y nosotros, entre su eterno Espíritu creador y nuestra razón creada, existe una verdadera analogía, en la que ciertamente —como dice el IV concilio de Letrán en 1215— las diferencias son infinitamente más grandes que las semejanzas, pero sin llegar por ello a abolir la analogía y su lenguaje. Dios no se hace más divino por el hecho de que lo alejemos de nosotros con un voluntarismo puro e impenetrable, sino que, más bien, el Dios verdaderamente divino es el Dios que se ha manifestado como logos y ha actuado y actúa como logos lleno de amor por nosotros. Ciertamente el amor, como dice san Pablo, «rebasa» el conocimiento y por eso es capaz de percibir más que el simple pensamiento (cf. Ef 3, 19); sin embargo, sigue siendo el amor del Dios-Logos, por lo cual el culto cristiano, como dice también san Pablo, es «λογικη λατρεία», un culto que concuerda con el Verbo eterno y con nuestra razón (cf. Rm 12, 1). [10]

Este acercamiento interior recíproco que se ha dado entre la fe bíblica y el planteamiento filosófico del pensamiento griego es un dato de importancia decisiva, no sólo desde el punto de vista de la historia de las religiones, sino también del de la historia universal, que también hoy hemos de considerar. Teniendo en cuenta este encuentro, no sorprende que el cristianismo, no obstante haber tenido su origen y un importante desarrollo en Oriente, haya encontrado finalmente su impronta decisiva en Europa. Y podemos decirlo también a la inversa: este encuentro, al que se une sucesivamente el patrimonio de Roma, creó a Europa y permanece como fundamento de lo que, con razón, se puede llamar Europa.

A la tesis según la cual el patrimonio griego, críticamente purificado, forma parte integrante de la fe cristiana se opone la pretensión de la deshelenización del cristianismo, la cual domina cada vez más las discusiones teológicas desde el inicio de la época moderna. Si se analiza con atención, en el programa de la deshelenización pueden observarse tres etapas que, aunque vinculadas entre sí, se distinguen claramente una de otra por sus motivaciones y sus objetivos.[11]

La deshelenización surge inicialmente en conexión con los postulados de la Reforma del siglo XVI. Respecto a la tradición teológica escolástica, los reformadores se vieron ante una sistematización de la teología totalmente dominada por la filosofía, es decir, por una articulación de la fe basada en un pensamiento ajeno a la fe misma. Así, la fe ya no aparecía como palabra histórica viva, sino como un elemento insertado en la estructura de un sistema filosófico. El principio de la sola Scriptura, en cambio, busca la forma pura primordial de la fe, tal como se encuentra originariamente en la Palabra bíblica. La metafísica se presenta como un presupuesto que proviene de otra fuente y del cual se debe liberar a la fe para que ésta vuelva a ser totalmente ella misma. Kant, con su afirmación de que había tenido que renunciar a pensar para dejar espacio a la fe, desarrolló este programa con un radicalismo no previsto por los reformadores. De este modo, ancló la fe exclusivamente en la razón práctica, negándole el acceso a la realidad plena.

La teología liberal de los siglos XIX y XX supuso una segunda etapa en el programa de la deshelenización, cuyo representante más destacado es Adolf von Harnack. En mis años de estudiante y en los primeros de mi actividad académica, este programa ejercía un gran influjo también en la teología católica. Se utilizaba como punto de partida la distinción de Pascal entre el Dios de los filósofos y el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. En mi discurso inaugural en Bonn, en 1959, traté de afrontar este asunto[12] y no quiero repetir aquí todo lo que dije en aquella ocasión. Sin embargo, me gustaría tratar de poner de relieve, al menos brevemente, la novedad que caracterizaba esta segunda etapa de deshelenización respecto a la primera. La idea central de Harnack era simplemente volver al hombre Jesús y a su mero mensaje, previo a todas las elucubraciones de la teología y, precisamente, también de las helenizaciones: este mensaje sin añadidos constituiría la verdadera culminación del desarrollo religioso de la humanidad. Jesús habría acabado con el culto sustituyéndolo con la moral. En definitiva, se presentaba a Jesús como padre de un mensaje moral humanitario. En el fondo, el objetivo de Harnack era hacer que el cristianismo estuviera en armonía con la razón moderna, librándolo precisamente de elementos aparentemente filosóficos y teológicos, como por ejemplo la fe en la divinidad de Cristo y en la trinidad de Dios. En este sentido, la exégesis histórico-crítica del Nuevo Testamento, según su punto di vista, vuelve a dar a la teología un puesto en el cosmos de la universidad: para Harnack, la teología es algo esencialmente histórico y, por tanto, estrictamente científico. Lo que investiga sobre Jesús mediante la crítica es, por decirlo así, expresión de la razón práctica y, por consiguiente, puede estar presente también en el conjunto de la universidad. En el trasfondo de todo esto subyace la autolimitación moderna de la razón, clásicamente expresada en las «críticas» de Kant, aunque radicalizada ulteriormente entre tanto por el pensamiento de las ciencias naturales. Este concepto moderno de la razón se basa, por decirlo brevemente, en una síntesis entre platonismo (cartesianismo) y empirismo, una síntesis corroborada por el éxito de la técnica. Por una parte, se presupone la estructura matemática de la materia, su racionalidad intrínseca, por decirlo así, que hace posible comprender cómo funciona y puede ser utilizada: este presupuesto de fondo es en cierto modo el elemento platónico en la comprensión moderna de la naturaleza. Por otra, se trata de la posibilidad de explotar la naturaleza para nuestros propósitos, en cuyo caso sólo la posibilidad de verificar la verdad o falsedad mediante la experimentación ofrece la certeza decisiva. El peso entre los dos polos puede ser mayor o menor entre ellos, según las circunstancias. Un pensador tan drásticamente positivista como J. Monod se declaró platónico convencido.

Esto implica dos orientaciones fundamentales decisivas para nuestra cuestión. Sólo el tipo de certeza que deriva de la sinergia entre matemática y método empírico puede considerarse científica. Todo lo que pretenda ser ciencia ha de atenerse a este criterio. También las ciencias humanas, como la historia, la psicología, la sociología y la filosofía, han tratado de aproximarse a este canon de valor científico. Además, es importante para nuestras reflexiones constatar que este método en cuanto tal excluye el problema de Dios, presentándolo como un problema a-científico o pre-científico. Pero de este modo nos encontramos ante una reducción del ámbito de la ciencia y de la razón que es preciso poner en discusión.

Volveré más tarde sobre este argumento. Por el momento basta tener presente que, desde esta perspectiva, cualquier intento de mantener la teología como disciplina «científica» dejaría del cristianismo únicamente un minúsculo fragmento. Pero hemos de añadir más: si la ciencia en su conjunto es sólo esto, entonces el hombre mismo sufriría una reducción, pues los interrogantes propiamente humanos, es decir, de dónde viene y a dónde va, los interrogantes de la religión y de la ética, no pueden encontrar lugar en el espacio de la razón común descrita por la «ciencia» entendida de este modo y tienen que desplazarse al ámbito de lo subjetivo. El sujeto, basándose en su experiencia, decide lo que considera admisible en el ámbito religioso y la «conciencia» subjetiva se convierte, en definitiva, en la única instancia ética. Pero, de este modo, el ethos y la religión pierden su poder de crear una comunidad y se convierten en un asunto totalmente personal. La situación que se crea es peligrosa para la humanidad, como se puede constatar en las patologías que amenazan a la religión y a la razón, patologías que irrumpen por necesidad cuando la razón se reduce hasta el punto de que ya no le interesan las cuestiones de la religión y de la ética. Lo que queda de esos intentos de construir una ética partiendo de las reglas de la evolución, de la psicología o de la sociología, es simplemente insuficiente.

Antes de llegar a las conclusiones a las que conduce todo este razonamiento, quiero referirme brevemente a la tercera etapa de la deshelenización, que se está difundiendo actualmente. Teniendo en cuenta el encuentro entre múltiples culturas, se suele decir hoy que la síntesis con el helenismo en la Iglesia antigua fue una primera inculturación, que no debería ser vinculante para las demás culturas. Éstas deberían tener derecho a volver atrás, hasta el momento previo a dicha inculturación, para descubrir el mensaje puro del Nuevo Testamento e inculturarlo de nuevo en sus ambientes respectivos. Esta tesis no es simplemente falsa, sino también rudimentaria e imprecisa. En efecto, el Nuevo Testamento fue escrito en griego e implica el contacto con el espíritu griego, un contacto que había madurado en el desarrollo precedente del Antiguo Testamento. Ciertamente, en el proceso de formación de la Iglesia antigua hay elementos que no deben integrarse en todas las culturas. Sin embargo, las opciones fundamentales que atañen precisamente a la relación entre la fe y la búsqueda de la razón humana forman parte de la fe misma, y son un desarrollo acorde con su propia naturaleza.

Llego así a la conclusión. Este intento de crítica de la razón moderna desde su interior, expuesto sólo a grandes rasgos, no comporta de manera alguna la opinión de que hay que regresar al período anterior a la Ilustración, rechazando de plano las convicciones de la época moderna. Se debe reconocer sin reservas lo que tiene de positivo el desarrollo moderno del espíritu: todos nos sentimos agradecidos por las maravillosas posibilidades que ha abierto al hombre y por los progresos que se han logrado en la humanidad. Por lo demás, la ética de la investigación científica —como ha aludido usted, Señor Rector Magnífico—, debe implicar una voluntad de obediencia a la verdad y, por tanto, expresar una actitud que forma parte de los rasgos esenciales del espíritu cristiano. La intención no es retroceder o hacer una crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y de su uso. Porque, a la vez que nos alegramos por las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad, vemos también los peligros que surgen de estas posibilidades y debemos preguntarnos cómo podemos evitarlos. Sólo lo lograremos si la razón y la fe se reencuentran de un modo nuevo, si superamos la limitación que la razón se impone a sí misma de reducirse a lo que se puede verificar con la experimentación, y le volvemos a abrir sus horizonte en toda su amplitud. En este sentido, la teología, no sólo como disciplina histórica y ciencia humana, sino como teología auténtica, es decir, como ciencia que se interroga sobre la razón de la fe, debe encontrar espacio en la universidad y en el amplio diálogo de las ciencias.

Sólo así seremos capaces de entablar un auténtico diálogo entre las culturas y las religiones, del cual tenemos urgente necesidad. En el mundo occidental está muy difundida la opinión según la cual sólo la razón positivista y las formas de la filosofía derivadas de ella son universales. Pero las culturas profundamente religiosas del mundo consideran que precisamente esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón constituye un ataque a sus convicciones más íntimas. Una razón que sea sorda a lo divino y relegue la religión al ámbito de las subculturas, es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas. Con todo, como he tratado de demostrar, la razón moderna propia de las ciencias naturales, con su elemento platónico intrínseco, conlleva un interrogante que va más allá de sí misma y que trasciende las posibilidades de su método. La razón científica moderna ha de aceptar simplemente la estructura racional de la materia y la correspondencia entre nuestro espíritu y las estructuras racionales que actúan en la naturaleza como un dato de hecho, en el cual se basa su método. Ahora bien, la pregunta sobre el por qué existe este dato de hecho, la deben plantear las ciencias naturales a otros ámbitos más amplios y altos del pensamiento, como son la filosofía y la teología. Para la filosofía y, de modo diferente, para la teología, escuchar las grandes experiencias y convicciones de las tradiciones religiosas de la humanidad, especialmente las de la fe cristiana, constituye una fuente de conocimiento; oponerse a ella sería una grave limitación de nuestra escucha y de nuestra respuesta. Aquí me vienen a la mente unas palabras que Sócrates dijo a Fedón. En los diálogos anteriores se habían expuesto muchas opiniones filosóficas erróneas; y entonces Sócrates dice: «Sería fácilmente comprensible que alguien, a quien le molestaran todas estas opiniones erróneas, desdeñara durante el resto de su vida y se burlara de toda conversación sobre el ser; pero de esta forma renunciaría a la verdad de la existencia y sufriría una gran pérdida». [13] Occidente, desde hace mucho, está amenazado por esta aversión a los interrogantes fundamentales de su razón, y así sólo puede sufrir una gran pérdida. La valentía para abrirse a la amplitud de la razón, y no la negación de su grandeza, es el programa con el que una teología comprometida en la reflexión sobre la fe bíblica entra en el debate de nuestro tiempo. «No actuar según la razón, no actuar con el logos es contrario a la naturaleza de Dios», dijo Manuel II partiendo de su imagen cristiana de Dios, respondiendo a su interlocutor persa. En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a este gran logos, a esta amplitud de la razón. Redescubrirla constantemente por nosotros mismos es la gran tarea de la universidad.


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Notas

[1] De los 26 coloquios (διάλεξις. Khoury traduce «controversia») del diálogo («Entretien»), Th. Khoury ha publicado la 7ª «controversia» con notas y una amplia introducción sobre el origen del texto, la tradición manuscrita y la estructura del diálogo, junto con breves resúmenes de las «controversias» no editadas; el texto griego va acompañado de una traducción francesa: Manuel II Paleólogo, Entretiens avec un Musulman. 7e controverse, Sources chrétiennesn. 115, París 1966. Mientras tanto, Karl Förstel ha publicado en el Corpus Islamico-Christianum (Series Graeca. Redacción de A. Th. Khoury – R. Glei) una edición comentada greco-alemana del texto: Manuel II. Palaiologus, Dialoge mit einem Muslim, 3 vols., Würzburg-Altenberge 1993-1996. Ya en 1966 E. Trapp había publicado el texto griego con una introducción como volumen II de los Wiener byzantinische Studien. Citaré a continuación según Khoury.
[2] Sobre el origen y la redacción del diálogo puede consultarse Khoury, pp. 22-29; amplios comentarios a este respecto pueden verse también en las ediciones de Förstel y Trapp.
[3] Controversia VII 2c: Khoury, pp. 142-143; Förstel, vol. I, VII. Dialog 1.5, pp. 240-241. Lamentablemente, esta cita ha sido considerada en el mundo musulmán como expresión de mi posición personal, suscitando así una comprensible indignación. Espero que el lector de mi texto comprenda inmediatamente que esta frase no expresa mi valoración personal con respecto al Corán, hacia el cual siento el respeto que se debe al libro sagrado de una gran religión. Al citar el texto del emperador Manuel II sólo quería poner de relieve la relación esencial que existe entre la fe y la razón. En este punto estoy de acuerdo con Manuel II, pero sin hacer mía su polémica.
[4] Controversia VII 3 b-c: Khoury, pp. 144-145; Förstel vol. I, VII. Dialog 1.6, pp. 240-243.
[5] Solamente por esta afirmación cité el diálogo entre Manuel II y su interlocutor persa. Ella nos ofrece el tema de mis reflexiones sucesivas.
[6] Cf. Khoury, o.c., p. 144, nota 1.
[7] R. Arnaldez, Grammaire et théologie chez Ibn Hazm de Cordoue, París 1956, p. 13; cf. Khoury, p. 144. En el desarrollo ulterior de mi discurso se pondrá de manifiesto cómo en la teología de la Baja Edad Media existen posiciones semejantes.
[8] Para la interpretación ampliamente discutida del episodio de la zarza que ardía sin consumirse, quisiera remitir a mi libroEinführung in das Christentum, Munich 1968, pp. 84-102. Creo que las afirmaciones que hago en ese libro, no obstante del desarrollo ulterior de la discusión, siguen siendo válidas.
[9] Cf. A. Schenker, “L'Écriture sainte subsiste en plusieurs formes canoniques simultanées”, en: L'interpretazione della Bibbia nella Chiesa. Atti del Simposio promosso dalla Congregazione per la Dottrina della Fede, Ciudad del Vaticano 2001, pp. 178-186.
[10] Este tema lo he tratado más detalladamente en mi libro Der Geist der Liturgie. Eine Einführung, Friburgo 2000, pp. 38-42.
[11] De la abundante bibliografía sobre el tema de la deshelenización, quisiera mencionar especialmente: A. Grillmeier, “Hellenisierung – Judaisierung des Christentums als Deuteprinzipien der Geschichte des kirchlichen Dogmas”, en: Id., Mit ihm und in ihm. Christologische Forschungen und Perspecktiven, Friburgo 1975, pp. 423-488.
[12] Publicada y comentada de nuevo por Heino Sonnemanns (ed.): Joseph Ratzinger-Benedikt XVI, Der Gott des Glaubens und der Gott der Philosophen. Ein Beitrag zum Problem der theologia naturalis, Johannes-Verlag Leutesdorf, 2. ergänzte Auflage 2005.
[13] 90 c-d. Para este texto se puede ver también R. Guardini, Der Tod des Sokrates, Maguncia-Paderborn 19875, pp. 218-221.

Martes 12 de septiembre de 2006


lunes, 1 de diciembre de 2014

El Mago




La Real Academia de la Lengua define mago de tres maneras:

Mago, ga(Del lat. magus, y este del gr. μάγος).

1. adj. Dicho de una persona: Versada en la magia o que la practica. U. t. c. s.

2. adj. Se dice de los tres reyes que fueron a adorar a Jesús recién nacido. U. t. c. s.
3. adj. En la religión zoroástrica, se dice del individuo de la clase sacerdotal. U. t. c. s.
4. m. Persona singularmente capacitada para el éxito en una actividad determinada. Es un mago de las finanzas


Tengo una duda que quiero que me resuelva alguno de mis 50.899 lectores, les cuento: 

El otro día paseando por la calle de Ópera había un mago en la primera de las acepciones del diccionario. No era ni un rey mago, ni un sacerdote hindú, ni -evidentemente- un mago de las finanzas porque estaba en la calle viviendo de la caridad/voluntad de los transeuntes, a falta de teatros. Tenía cierto acento hispano que no supe calibrar, quizá argentino. No sé. 

Resulta que el otro día me encuentro a ese mismo mago en el colegio de mis hijos y me cuenta que viene a realizar una actividad para los alumnos de quinto y sexto de primaria. He de decir que no le creí. Que pensé que se lo había inventado. Me extrañaba porque no veo qué pueden necesitar -educativamente hablando- los alumnos de sexto de primaria de un mago callejero. 

Poco después vi que a los interesados les habían pasado un recibo por cinco euros: cinco euros por alumno, por cuatrocientos alumnos da un total de 2000 euros, pongamos algún euro menos (porque al alumno que no paga se le saca de la actividad y se le deja o en el pasillo o viendo películas, cosa que a pesar de ser muy capitalista es muy poco educativa y poco caritativa, pero cada uno entiende la educación de una manera, como un negocio o como una labor a la sociedad).

Dos mil euros por una tarde... Y a mi me da que pensar: 

A. O el mago callejero cobra 2000 euros por una sesión de una hora
B. Hay un mago de las finanzas en el colegio de mis hijos. 

No quiero indagar.  Porque en ambos casos se me pone cara de tonto. Todos nos chupamos el dedo y miramos para otro lado 

[*] NB: Tras varios debates éticos en los que discutíamos, especialistas, cómo llamar a esta acción claramente inmoral, si malversación, robo, corrupción, apropiación indebida, etc. Se ha dicho que es una mera "financiación ilegal" del colegio. Parece ser ahora que el fin justifica los medios y que si el político o director de colegio roba para el partido o la institución es "financiación ilegal" pero si lo hace para sí mismo es corrupción. 

En todo caso silencio. Porque en las épocas de crisis llamar al ladrón ladrón es una grosería que en todo caso va contra quien denuncia, porque en épocas de crisis todo es tan relativo que si robar y mentir está mal o bien depende, en todo caso de quién mande. Así que silencio. No indaguemos.

miércoles, 15 de octubre de 2014

La universidad sin profesores


Me dicen que quieres hacer una Universidad sin profesores, que con buenas estrategias de marketing y de recursos humanos lograrás hacer una Universidad más rentable y sólida. Hace años que empezaste: has ido quitando los espacios reservados para los profesores: los lavabos, los comedores, las salas de profesores. Has ido quitándole el tiempo con papeleos inútiles, acreditaciones, e investigaciones vacías, sin espíritu; le has llenado las horas de clases para hacerlo más rentable, y los grupos con cien alumnos, donde es casi imposible dar clase. Le has mermado poco a poco su autoridad, quitándole las tarimas, haciéndole pasar por el juicio inexperto del alumno, del bueno y del malo, y ligando su remuneración y promoción al veredicto de satisfacción éstos, has permitido que el comentario anónimo fuese determinante para tomar tus decisiones sobre el futuro laboral, le has hecho fichar a la entrada de las clases, dando a entender que es un vago y has ido quitándole hasta la libertad de cátedra dentro y fuera del aula. Has puesto en duda su palabra, su presunción de inocencia te la has saltado, su capacidad de juicio y en definitiva su dignidad.

Ha sido un éxito. El profesor universitario ya escasea tanto que se te ha ocurrido hacer una Universidad sin profesores, con técnicos, asalariados, magníficos ejecutores de programas prediseñados en los despachos, sin capacidad para cambiar una coma del temario, o de los criterios de evaluación, o de los trabajos de clase, o de la metodología que emplean. Profesores audiovisuales, perfectamente instruidos en el uso de las TIC y perfectamente desconocedores de todo lo que hay excepto de su materia. Profesores que no conocen al alumno más que a través del portal, correctores de trabajos plagiados, hechos y corregidos en serie. Investigadores que nunca han tenido una idea qy que su investigación consiste en un "collage" de ideas y conceptos. Profesores universitarios aburridos sudando en sus ratos libres en los gimnasios o en las discotecas. Olvidados de todo lo que sea estudio y trascendencia, enchufados a La Tele como vulgares trabajadores; eso sí, tuiteros y con blog, con un blog como este. 

Pero esto no es, de verdad, así no se puede. Es como intentar hacer un río sin agua, como mucho puedes lograr una zanja, una trinchera, pero no un río. Pues lo mismo, tendrás otra cosa, pero no una Universidad, quizá un negocio boyante durante un tiempo, pero no una Universidad. Para ganar tu dinero harás perder años de tradición. Y lo tendrás, el mercado universitario en España está perfectamente blindado con grandes barreras de entrada y un intervencionismo estatal que genera un modelo único de Universidad donde públicas y privadas compiten por lo mismo.

Pero hay una razón, te digo que no se puede y no se puede. La razón es simple: la Universidad se dedica principalmente a la transmisión del conocimiento; y profesores y alumnos están a uno y otro extremo de esta cadena. 

Una Universidad la forman profesores y alumnos que hacen dos cosas: traer la verdad a las nuevas generaciones; de ahí que la Universidad sea, sobre todo, tradición, puesto que la tradición, de tradere, traer, es el mecanismo por el que se traen las instalaciones del pasado al presente. Y, en segundo lugar, la Universidad sirve para hacer mejor la verdad, para convertirla en verdad vivida, experimentada y por lo tanto renovada y adaptada a los tiempos. 

La Universidad no inventa verdades ni ideas, ni crea realidades nuevas; es más, una de sus misiones históricas es precisamente echar abajo las realidades de ficción del pueblo y de sus manipuladores. La Universidad recrea, rescata, retoma, remoza realidades del pasado y las ofrece a la generación presente. Y esta tarea de renovar la verdad es lo que se llama investigación. Investigar (del latín in + vestigo, que viene a ser in, dentro y vestigo, seguir una pista) significa seguir las huellas, meterse en el rastro de las ideas es encontrar esas cosas que aplicadas hoy clarifican y solucionan los problemas del mundo.

La Universidad tiene, entre otras, la función de iluminar el presente desde el pasado, es por lo tanto la tradición que pueden enseñar los profesores y la renovación que se da en comunicación con los alumnos. Pueden fallar los alumnos, como de verdad ocurre tras la revolución de 1968, el alumno universitario dejó de ser élite para ser masa mediocre, entendiendo el acceso a la Universidad como un derecho y una obligación de todo ser humano, con lo que, como es lógico, se generó una falta de interés por el conocimiento especulativo y un interés creciente por lo práctico, lo técnico y lo rentable. Digo que es lógico porque el ser humano en su mayoría está diseñado para lo práctico, para hacer y solo unos pocos (quizá defectuosos) nos dedicamos a lo especulativo, al pensamiento racional. Aún así, a pesar de la ocupación que ha sufrido la Universidad desde la segunda mitad del XX, en todas las universidades del mundo civilizado existen en las primeras filas de cada aula dos, tres, cinco, diez alumnos-élite, brillantes, aguantando pacientemente, esperando que entre tanta imposición exterior se encienda la luz del conocimiento.

También, como es lógico, en las macrouniversidades del mundo se genera un pseudoprofesor, que sin tener nada que enseñar se dedica a simular que investiga y a hacer que enseña a un alumno que ha aprendido a hacer exámenes y a simular el tedio. En realidad solo se cubre un expediente, en un acuerdo tácito que consiste en no ser demasiado duro para no generar demasiadas críticas y el otro no ser demasiado vago para no generar demasiados suspensos. Buenas encuestas, publicaciones de naderías y plagios (en sentido unamuniano, plagios de ideas) y una tendencia progresista a engordar un par de quilos por sexenio de investigación. 

Mientras queden esos profesores y esos alumnos habrá Universidad... pero si ahora quieres acabar con ellos.... ¡te quedarás sin Universidad!. Porque el río no es el cauce. El río lo hace el agua, el río es el agua. 


[Ya sé que piensas que la Universidad es otra cosa, pero no. Así como un río no es un surco, la Universidad es lo que es y no la caricatura que tenemos. Ya sé que piensas que la Universidad se enseña -sobre todo- una profesión; pero no, la Universidad no es ni una academia de piso ni una escuela de oficios o formación profesional, cuyo principal cometido es que los alumnos sepan hacer cosas y da títulos para compensar los pagos, si fuese esto estaría de acuerdo contigo en que es más importante la calidad (entendida como marketing, producto) que los profesores.] 

jueves, 24 de abril de 2014

8 ideas imprescindibles para dirigir centros educativos


1. Un director no puede estar en su despacho. Dirigir significa cuidar, cuidar de todos, y -por lo tanto- hablar con todos y saber qué pasa en su Centro.
2. A un director no le pueden dar igual los problemas de las familias, de los profesores o de los trabajadores del Centro. Debe conocerlos y saber adaptar las normas generales a las circunstancias particulares. Un director no puede ser un mero ejecutor de normas superiores.
3. Pero así como las circunstancias materiales deben ser tenidas en cuenta y trabajar adaptándolas y negociando; las ideas, los idearios del PEC, no son negociables y debe dirigir de acuerdo al ideario del centro. La libertad está en que haya muchos centros educativos con distintos idearios, no en que cada Centro tenga que perder su identidad para dar gusto a todos. No es obligatorio que todos los padres estén de acuerdo, pero se deben buscar a familias que comulguen con el ideario. 
4. El director no puede estar pendiente de las renovaciones pedagógicas de moda. La educación es una cosa muy seria que no se improvisa en un curso académico ni se realiza en los despachos. La educación es una tarea de comunicación personal, por ello...
5. La verdadera renovación pedagógica consiste en mejorar el clima de trabajo, la ilusión por la enseñanza y la formación del profesorado en la materias que imparten.
6. En todo caso la verdadera educación occidental tiene alma cristiana. Las propuestas de renovación pedagógica del estructuralismo (LOGSE), nuevas versiones de la Escuela Moderna y la Institución Libre de Enseñanza, de corte masónico, solo han traído (pese a su inmerecida fama) una pérdida de la calidad y un detrimento de las virtudes intelectuales y morales. 
7. El principal trabajo del director de un centro educativo es generar un clima positivo, propositivo y de libertad donde cada profesor se implique hasta el límite de sus posibilidades en la educación de los alumnos.
8. El director de un centro educativo debe saber que la identidad debe plasmarse en obras y no en palabras. Estas obras deben enfocarse hacia los niños, no permitiendo ninguna discriminación y conociendo sus problemas; hacia las familias, generando un clima de ayuda mutua y hacia los profesores, dándoles las herramientas y el apoyo necesario para la realización de su trabajo.