Mostrando entradas con la etiqueta bolonia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bolonia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de enero de 2013

Las capillas en la Universidad

Capilla de Santa Catalina, Salamanca, donde se dieron los primeros doctorados de Europa

La Universidad surge a la sombra de la Iglesia. Lo que hoy llamamos "campus" es un invento del siglo XIX. La Universidad surgió sin espacio propio, las clases, cuando las había, se impartían en la catedral o en edificios anejos. Posteriormente, ya en el siglo XVII en casa de los profesores y en ayuntamientos.

Hasta el siglo XIX las universidades alquilaban o compraban espacios (que por cierto fueron todos expropiados por gobiernos liberales). Pero los actos académicos siempre se realizaban en la Iglesia, porque es la Catedral la casa común, levantada por todos, para mostrar al mundo lo grandes que somos cuando nos unimos para dar gloria a Dios.

Con esto quiero decir que la capilla no es una estancia más, sino es la estancia que genera la propia Universidad. Sin ella no habrá propiamente Universidad porque cuando no hay Dios tampoco hay Universidad, y esta verdad es una verdad de hecho y lógica (que no voy a explicar aquí).

En la catedral no sólo está la unidad de una sociedad (no se construye una catedral si cada uno va a su aire) en el presente, sino la unidad histórica, ya que las catedrales se proyectan para construirse en varios siglos. Además la catedral es arte y guarda obras de arte: el arte que jamás habría tenido el desarrollo que podemos disfrutar hoy sin la ayuda, el mecenazgo y el cuidado de la Iglesia. La catedral llena de arte, llena de belleza. En la catedral también está la ciencia, la ciencia de la luz, de la naturaleza, dominada, la piedra convertida en vegetal, animal... mejorada, y -por supuesto- la tecnología y la arquitectura que hacen que la piedra se eleve a altura insospechada y que se mantenga así siglos y siglos. Por eso la Universidad no necesitaba otro espacio más que el de la catedral y así vivió los mejores años de su historia hasta que la masificación le llevó a salir en busca de otros espacios.

Luego viene la secularización y la idea de que la Universidad postmoderna necesita espacio al aire libre... y entonces se crea una ciudad con sus servicios. Como es lógico en esta "ciudad universitaria" se colocan cafeterías, bancos, papelerías, fotocopiadoras y gimnasios. Pero las capillas ya estaban, estaban en nuestra cultura universitaria antes que las universidades.


viernes, 19 de agosto de 2011

Discurso del Papa a los profesores universitarios

El Escorial 19.08.2011

Señor Cardenal Arzobispo de Madrid, Queridos Hermanos en el Episcopado, Queridos Padres Agustinos, Queridos Profesores y Profesoras, Distinguidas Autoridades, Amigos todos


Esperaba con ilusión este encuentro con vosotros, jóvenes profesores de las universidades españolas, que prestáis una espléndida colaboración en la difusión de la verdad, en circunstancias no siempre fáciles. Os saludo cordialmente y agradezco las amables palabras de bienvenida, así como la música interpretada, que ha resonado de forma maravillosa en este monasterio de gran belleza artística, testimonio elocuente durante siglos de una vida de oración y estudio. En este emblemático lugar, razón y fe se han fundido armónicamente en la austera piedra para modelar uno de los monumentos más renombrados de España.


Saludo también con particular afecto a aquellos que en estos días habéis participado en Ávila en el Congreso Mundial de Universidades Católicas, bajo el lema: “Identidad y misión de la Universidad Católica”.


Al estar entre vosotros, me vienen a la mente mis primeros pasos como profesor en la Universidad de Bonn. Cuando todavía se apreciaban las heridas de la guerra y eran muchas las carencias materiales, todo lo suplía la ilusión por una actividad apasionante, el trato con colegas de las diversas disciplinas y el deseo de responder a las inquietudes últimas y fundamentales de los alumnos. Esta “universitas” que entonces viví, de profesores y estudiantes que buscan juntos la verdad en todos los saberes, o como diría Alfonso X el Sabio, ese “ayuntamiento de maestros y escolares con voluntad y entendimiento de aprender los saberes” (Siete Partidas, partida II, tít. XXXI), clarifica el sentido y hasta la definición de la Universidad.


En el lema de la presente Jornada Mundial de la Juventud: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (cf. Col 2,7), podéis también encontrar luz para comprender mejor vuestro ser y quehacer. En este sentido, y como ya escribí en el Mensaje a los jóvenes como preparación para estos días, los términos “arraigados, edificados y firmes” apuntan a fundamentos sólidos para la vida (cf. n. 2).


Pero, ¿dónde encontrarán los jóvenes esos puntos de referencia en una sociedad quebradiza e inestable? A veces se piensa que la misión de un profesor universitario sea hoy exclusivamente la de formar profesionales competentes y eficaces que satisfagan la demanda laboral en cada preciso momento. También se dice que lo único que se debe privilegiar en la presente coyuntura es la mera capacitación técnica.


Ciertamente, cunde en la actualidad esa visión utilitarista de la educación, también la universitaria, difundida especialmente desde ámbitos extrauniversitarios. Sin embargo, vosotros que habéis vivido como yo la Universidad, y que la vivís ahora como docentes, sentís sin duda el anhelo de algo más elevado que corresponda a todas las dimensiones que constituyen al hombre. Sabemos que cuando la sola utilidad y el pragmatismo inmediato se erigen como criterio principal, las pérdidas pueden ser dramáticas: desde los abusos de una ciencia sin límites, más allá de ella misma, hasta el totalitarismo político que se aviva fácilmente cuando se elimina toda referencia superior al mero cálculo de poder. En cambio, la genuina idea de Universidad es precisamente lo que nos preserva de esa visión reduccionista y sesgada de lo humano.


En efecto, la Universidad ha sido, y está llamada a ser siempre, la casa donde se busca la verdad propia de la persona humana. Por ello, no es casualidad que fuera la Iglesia quien promoviera la institución universitaria, pues la fe cristiana nos habla de Cristo como el Logos por quien todo fue hecho (cf. Jn 1,3), y del ser humano creado a imagen y semejanza de Dios. Esta buena noticia descubre una racionalidad en todo lo creado y contempla al hombre como una criatura que participa y puede llegar a reconocer esa racionalidad. La Universidad encarna, pues, un ideal que no debe desvirtuarse ni por ideologías cerradas al diálogo racional, ni por servilismos a una lógica utilitarista de simple mercado, que ve al hombre como mero consumidor.


He ahí vuestra importante y vital misión. Sois vosotros quienes tenéis el honor y la responsabilidad de transmitir ese ideal universitario: un ideal que habéis recibido de vuestros mayores, muchos de ellos humildes seguidores del Evangelio y que en cuanto tales se han convertido en gigantes del espíritu. Debemos sentirnos sus continuadores en una historia bien distinta de la suya, pero en la que las cuestiones esenciales del ser humano siguen reclamando nuestra atención e impulsándonos hacia adelante.


Con ellos nos sentimos unidos a esa cadena de hombres y mujeres que se han entregado a proponer y acreditar la fe ante la inteligencia de los hombres. Y el modo de hacerlo no solo es enseñarlo, sino vivirlo, encarnarlo, como también el Logos se encarnó para poner su morada entre nosotros. En este sentido, los jóvenes necesitan auténticos maestros; personas abiertas a la verdad total en las diferentes ramas del saber, sabiendo escuchar y viviendo en su propio interior ese diálogo interdisciplinar; personas convencidas, sobre todo, de la capacidad humana de avanzar en el camino hacia la verdad. La juventud es tiempo privilegiado para la búsqueda y el encuentro con la verdad. Como ya dijo Platón: “Busca la verdad mientras eres joven, pues si no lo haces, después se te escapará de entre las manos” (Parménides, 135d). Esta alta aspiración es la más valiosa que podéis transmitir personal y vitalmente a vuestros estudiantes, y no simplemente unas técnicas instrumentales y anónimas, o unos datos fríos, usados sólo funcionalmente.


Por tanto, os animo encarecidamente a no perder nunca dicha sensibilidad e ilusión por la verdad; a no olvidar que la enseñanza no es una escueta comunicación de contenidos, sino una formación de jóvenes a quienes habéis de comprender y querer, en quienes debéis suscitar esa sed de verdad que poseen en lo profundo y ese afán de superación. Sed para ellos estímulo y fortaleza.


Para esto, es preciso tener en cuenta, en primer lugar, que el camino hacia la verdad completa compromete también al ser humano por entero: es un camino de la inteligencia y del amor, de la razón y de la fe. No podemos avanzar en el conocimiento de algo si no nos mueve el amor; ni tampoco amar algo en lo que no vemos racionalidad: pues “no existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor” (Caritas in veritate, n. 30). Si verdad y bien están unidos, también lo están conocimiento y amor. De esta unidad deriva la coherencia de vida y pensamiento, la ejemplaridad que se exige a todo buen educador.


En segundo lugar, hay que considerar que la verdad misma siempre va a estar más allá de nuestro alcance. Podemos buscarla y acercarnos a ella, pero no podemos poseerla del todo: más bien, es ella la que nos posee a nosotros y la que nos motiva. En el ejercicio intelectual y docente, la humildad es asimismo una virtud indispensable, que protege de la vanidad que cierra el acceso a la verdad. No debemos atraer a los estudiantes a nosotros mismos, sino encaminarlos hacia esa verdad que todos buscamos. A esto os ayudará el Señor, que os propone ser sencillos y eficaces como la sal, o como la lámpara, que da luz sin hacer ruido (cf. Mt 5,13-15).


Todo esto nos invita a volver siempre la mirada a Cristo, en cuyo rostro resplandece la Verdad que nos ilumina, pero que también es el Camino que lleva a la plenitud perdurable, siendo Caminante junto a nosotros y sosteniéndonos con su amor. Arraigados en Él, seréis buenos guías de nuestros jóvenes. Con esa esperanza, os pongo bajo el amparo de la Virgen María, Trono de la Sabiduría, para que Ella os haga colaboradores de su Hijo con una vida colmada de sentido para vosotros mismos y fecunda en frutos, tanto de conocimiento como de fe, para vuestros alumnos

martes, 20 de julio de 2010

Carta desde Bolonia

Hay que distinguir lo que se ha llamado “El plan Bolonia”, Bolonia, para los amigos, y las estrategias de los Gobiernos y de las Universidades europeas para “modernizar” la Universidad. El plan Bolonia sólo venía a instaurar por un acuerdo lo que parece evidente: que en un mercado único con una política única los títulos deben ser reconocidos por todos y la movilidad de alumnos y profesores debe ser posible.

Para ello se acordó que lo que ya teníamos, (titulaciones superiores y de postgrado) se reconociesen entre todos mediante un sistema de créditos común a todos, como si a la hora de docencia o de trabajo de los alumnos se le asignase un valor único como el euro, de tal manera que pudiésemos intercambiarlos mejor. Nada más.

Pero con Bolonia vinieron otras muchas cosas que cambian profundamente la Universidad en su esencia, por eso digo que la Universidad nace en Bolonia en el 1088y muere en Bolonia en 1999. Para ser estrictos no nace en Bolonia exactamente ni muere en Bolonia del todo, sino que en uno y otro caso se transforma algo que existía.

Antes del 1088 había ya escuelas con caracteres universitarios, pero no lo eran del todo, les faltaba algo: el paso de estudios meramente técnicos al desarrollo de estudios referentes a humanidades, la conservación del saber clásico, la visión del mundo de forma universal y total.

Esta visión universal surge de la búsqueda de la verdad, del encuentro experiencial con la verdad que es lo que hace la universidad auténtica y verdadera. Aunque esa verdad que se encuentre, se experimente y se deguste en común entre profesores y alumnos no sea precisamente la verdad más cómoda, la más actual, la más nueva. Aunque esa verdad no sea justamente la verdad que se puede convertir en I+D.

Lo que verdaderamente ocurre con Bolonia es que la Universidad se ve como una manera de fomentar la investigación para el desarrollo, y esto no es Universidad. El único desarrollo que debe fomentar la Universidad es el desarrollo de la verdad y el desarrollo humano de alumnos y profesores en esa búsqueda.

La Universidad no está diseñada para el desarrollo de la industria ni para el incremento del PIB, la Universidad conserva, ordena y degusta el conocimiento y a veces, sólo a veces, el conocimiento genera beneficios.

La Universidad tiene vida propia, pero no puede estar aislada y separada del mundo empresarial, lo que tiene que ocurrir es que el mundo empresarial debe impregnarse de espíritu universitario, para que cada empresa fomente la verdad y propicie el desarrollo humano.