viernes, 28 de octubre de 2011

Manifiesto CONCAPA por la Educación [con comentarios]

1. Lo que define la relación educativa es el vínculo entre maestro y alumno. Este vínculo compromete a la persona de ambos, pero especialmente a la del adulto, esto es, el docente. El vínculo educativo está definido por la entrega, la generosidad, la disponibilidad personal del maestro al alumno. Occidente ha designado a este tipo de relación con la palabra amor. La educación se basa en el amor a la persona del alumno.

[Bueno, bueno, sin pasarse. Si el alumno debe ser amado es discutible. Este amor que exige la CONCAPA es un amor que debemos pedir a los políticos: que amen al pueblo; a los comerciantes: que amen a sus clientes; etc. Pero no se lo pedimos ¿verdad? El profesor debe tener un vínculo amoroso, sí, pero con la Verdad y con la sociedad a la que sirve].

2. Las condiciones laborales en las que se desarrolla la relación educativa no son determinantes, aunque sí importantes. Es necesario que el maestro ejerza su vocación en las mejores condiciones posibles. Pero la educación no se reduce a tales condiciones laborales. El problema de la educación no es de recursos.

[No solo, ahora ya sin acento, pero hay que pagar más. No puede ser que el profesor no participe en los beneficios de la educación privada, ya que el profesor es el centro de la educación de calidad, el precio hora del profesor, muy similar al del trabajo no cualificado le recuerda al profesor, cada mes, el estatus social al que es relegado, es lamentable que en educación, para ganar sustancialmente más haya que abandonar las aulas].

3. La situación económica de la Comunidad, como la de España, es de quiebra técnica. Es lógico que la escuela, como el resto de las instituciones, sufra la crisis económica. Sin embargo, nada puede ser excusa para que la calidad educativa experimente una merma significativa por razones económicas.

[Dudo que lo que no existe pueda experimentar una merma].

4. Está plenamente justificado el malestar de los profesores de nuestra Comunidad. Sin duda, es necesario mejorar la comunicación entre la Consejería y los docentes. No obstante, la huelga no es la respuesta adecuada al problema educativo que vive nuestra región desde decenios. Dejar de impartir clase no beneficia en nada a nuestros alumnos ni al ambiente que debería imperar en nuestros centros.

[Me opongo: dejar de impartir clase, pero para siempre, sería el mejor regalo que recibirían los alumnos].

5. Las asociaciones firmantes consideramos que la educación debe ser un ámbito en el que la política de partidos o los intereses ideológicos queden relegados en beneficio del alumno y sus familias. Por todo ello proponemos algunas líneas de actuación:

a. Prestigiar la figura del profesor, como factor fundamental para una enseñanza de calidad.
[Pagándoles más, ya que somos patronal, podemos unilateralmente y como medida de presión subirles el sueldo].
b. Trabajar por una escuela en la que el mérito personal del alumno, basado en el esfuerzo, sea valorado.
[Y para ello nos proponemos dejar de presionar a los profesores para que suban las notas a sus alumnos, dejar de preocuparnos por los rankings de notas en selectividad, etc.].  


c. Potenciar la diversificación en la ESO, adaptando los diferentes itinerarios a los intereses y capacidades de los alumnos, con la posibilidad de poder elegir a partir de 2º ESO
[Justo al contrario: a mayor diversificación previa mayor desprecio por la cultura]

d. Potenciar la autonomía de los centros para que puedan llevar a cabo sus proyectos educativos de modo autónomo.
[Y para ello nos negamos a cumplir, unilateralmente, la LOE, y exigimos su derogación inmediata, en espera de otra Ley que garantice la libertad y la autonomía de los centros]

e. Luchar por llegar a un pacto educativo en nuestra Comunidad.
[¿Y si no hay pacto porque unos no quieren? No, sres. de la CONCAPA, las cosas esenciales no se pactan...] 

Pensamos que estos difíciles momentos son una excelente ocasión para sacar adelante entre todos a nuestra Comunidad y a su escuela de la crisis económica y educativa en la que vivimos.


Asociación de profesores Educación y Persona
Plataforma Toledo Educa en Libertad
Plataforma ¿X Q te callas?

miércoles, 26 de octubre de 2011

La falacia de la semana

"Solo una enseñanza-pública-de-calidad garantiza la igualdad de oportunidades"
Nos dice Alfredo en un vídeo en el que aparece el hijo de José Blanco, hablando con su "cuidadora".

Sólo unos apuntes, por si alguien quiere pensar.

Hay dos conceptos relacionados:
  1. "Enseñanza-pública-de-calidad" e
  2. "Igualdad de oportunidades"
Y dos palabras que unen: "Sólo" y "Garantiza" indican a una relación necesaria, del tipo "si [1], entonces, necesariamente [2]"

La frase que hay que grabar en la mente es al revés: Si (quieres) [2] entonces (quieres) [1]...Reforzada por el agresivo "pelea por lo que quieres" hace referencia a algo que se pierde

Si (quieres) IGUALDAD DE OPORTUNIDADES  entonces (quieres) EDUCACIÓN PÚBLICA

O sea:

Si (quieres) DESIGUALDAD entonces (quieres la existencia de) ENSEÑANZA PRIVADA



Análisis
Efectivamente la frase inicial (Solo una enseñanza pública de calidad garantiza la igualdad de oportunidades) es falsa y esto lo sabe hasta la exministra Aido, porque en todo caso el asunto de la igualdad de oportunidades es mucho más amplio que el tipo de enseñanza que se elija. 

Vamos a más: ¿qué significa -para Alfredo- enseñanza pública de calidad?

Si nos atenemos a la experiencia es un concepto vacío. No puede haber enseñanza de calidad y pública, veamos por qué:

La calidad es un concepto relativo, las cosas son de mayor o menor calidad dependiendo del contexto. Aquí, en la educación (no en la enseñanza), educación de calidad significa educación privada. Porque en España la familia que puede (y se lo plantea, que no sólo es cuestión de dinero) educación de calidad elige un colegio privado; y el que no puede -o no quiere- ir a un privado va al público.

En España educación de calidad equivale a educación privada. Porque un colegio que no dé calidad dura abierto dos cursos académicos. En condiciones normales nadie paga por algo peor, o por algo que puede salirle gratis.

lunes, 24 de octubre de 2011

Gadafi

He visto el vídeo, brutal, del asesinato de Gadafi. Deben ser juzgados los responsables del linchamiento, los que lo permitieron y los que lo grabaron en vídeo.

Ya no importa lo que hiciese el dictador, con sus muertos está en el infierno.

Ahora importa que unos criminales están en el poder.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Por el desmantelamiento de la Enseñanza Pública



La enseñanza, hasta el siglo XIX (hubo en el siglo XVIII una Real Cédula de Carlos III que predicaba la enseñanza para todos, pero no llegó a darse hasta 1900) era cuestión privada: la familia que no quería, podía o sabía enseñar a sus hijos -y tenía recursos- se los encomendaba a la Iglesia o a algún maestro que daba clases particulares a dos, tres, cuatro o diez niños. Los que no tenían dinero, directamente, no estudiaban.
 
 
Desde 1900 hasta 1937 la enseñanza en España fue un caos monumental, no llegaron a escolarizar ni al 40% de la población, aunque se formó la estructura de la instrucción tal y como la conocemos. Mucho tenía que invertir el Estado para lograr el mentado Derecho a la Instrucción pública, pero las crisis, la revoluciones, los cambios de gobierno, las guerras, etc. no dejaron asentar la educación como un derecho.

Con la dictadura de Franco, con perdón, entramos en el periodo más fructífero de la instrucción pública, que pasa a llamarse Educación del Estado y que logra por primera vez en la historia la universalidad, la gratuidad y la plena escolarización no sólo de la primaria, sino también de la secundaria y del bachillerato, dejando la puerta abierta a la supermasificación de la Universidad, que vendrá al desaparecer el régimen.

Muchas de las familias que al terminar la guerra no eran más que obreros analfabetos -hijos, nietos y bisnietos de obreros analfabetos- lograron que sus hijos estudiasen en las escuelas estatales, y éstos consiguieron a su vez que sus hijos hiciesen carreras universitarias.

Lo siento por la izquierda a la que tanto le gusta la educación pública de calidad, pero ésta es fruto del totalitarismo franquista (junto con la sanidad pública y la Seguridad Social). Lo que llaman hoy Estado de bienestar es la herencia de aquella dictadura, que para lograr la paz tuvo que arreglar el “problema social”. (Aunque lo saben muy bien, porque sus padres estudiaron gracias a Franco y sus abuelos no).

Allí donde no hay dictadura florece la privada, que es lo que todo el mundo apetece en su sano juicio. Y la democracia, como no podía ser de otro modo, se caracteriza por el auge de la enseñanza privada, que en libre concurrencia hace que las escuelas se afanen por encontrar los mejores maestros y que los maestros se afanen por ser los mejores. Y se sujeta a los mejores pagándoles más, etc. 

Y en el pasado queda la dictatorial educación pública, llena de funcionarios grises que están dispuestos por cuatro perras a educar "cívicamente" a las nuevas generaciones en lo que el sacrosanto Ministerio sea capaz de idear.

Por todo esto lo verdaderamente democrático es la eliminación total de la educación pública y la liberalización de la educación.

El Estado sólo debe vigilar la adecuada calidad de la educación (como lo hace con los demás servicios básicos) por medio de inspectores y exámenes de Estado para garantizar el derecho a la educación.

Pero, para que sea real, la educación debe ser gratuita, por lo que se impone el cheque escolar: que el Estado de a cada familia una cantidad, la que sea necesaria, que garantice la educación de los hijos y que sean empresas privadas las que se encarguen de la educación.
Yo mandaría a los profesores funcionarios a la calle por decreto, y que monten escuelas y que trabajen como todo el mundo. Y que los que no valgan para este oficio valdrán para otro.

Y si no pueden hacer otra cosa prefiero pensionarles y alejarles de los alumnos. A la larga ahorraríamos mucho dinero. Porque no hay cosa peor para la economía y para la vida de las naciones que una mala educación.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Asamblea de los 2000 profesores


2000 profesores agitando las manitas: "que si hacemos huelga", "que si no", "que si ahora tenemos que decidir en los claustros", "que si los sindicatos no nos representan" y el Follonero azuzando contra el pp. Bonito panorama. Más de la mitad salieron de la asamblea jurando en hebreo. Y la otra mitad respiró, pues eran esos agentes sindicales que cobran sin dar una clase.


El sueldo del profesor en España es una miseria. Los beneficios sociales nulos. Las posibilidades de promoción no existen prácticamente. El prestigio social del profesor hace tiempo que está en números rojos. 

Es duro, lo sé. Y la vida diaria del maestro consiste en sufrir estoicamente, o saber evitar con astucia, un acoso constante y continuo de las madres y de los padres, de las administraciones, de las direcciones y jefaturas de estudios. Todo el mundo supone que el profesor es un imbécil y un vago, y por eso tienen que perseguirle para que no diga lo que piensa en clase, para que no haga lo que quiere, para que no evalúe correctamente.

La enseñanza en España es la salida profesional que tienen aquellos que no encuentran otra cosa mejor que hacer en la vida. Es la búsqueda del sueldo fijo, del Estado, para siempre. Una licenciatura y 72 temas de naderías y generalidades, que paralizan el pensamiento. Es relativamente fácil hacerse profesor. Lo difícil es seguir siéndolo, porque nadie enseña al profesor a serlo.

Aún con el sueldo fijísimo, los profesores están quemados. Sólo trabajan por ese sueldo querido que se incrementa de vez en cuando con una huelga general. Ese sueldo que permenece igual pase lo que pase, con ligeros incrementos del IPC, pero seguro. El sueldo que los bancos apetecen para dar préstamos e hipotecas. Bueno, a veces un alumno hace los deberes, y eso nos llena de satisfacción, pero es raro.

Los chicos pasan, abandonan 31% la Educación Secundaria Obligatoria sin haber concluido sus estudios, no tienen educación, ni cultura, ni preparación, pero pasan de curso, y el sueldo entra mes a mes.

Vacaciones de verano, de Semana Santa, de Navidad. Semana blanca, semana cultural, viaje de paso del ecuador. Puente, puente, puente. Y sueldo, sueldo, sueldo. Y extras.

Y a nadie le importa que un tercio de los españoles esté compuesto por medio analfabetos, que aprueben por la cara y para evitar presiones, insultos y amenazas a un energúmeno que no sabe ni quién es.

A nadie le importa que todo esto pase. Cuando en la situación de indigencia en la que se encuentra la Educación en España hay 2000 docentes que lo ven correcto y que sólo les interesan sus dos horitas o que aumente su ración de sueldo fijo fijísimo que se incrementa con el IPC poco a poco, la cosa está muy mal

Sobra el funcionariado en la Enseñanza. Sobra la gente que ve que un 31% de fracaso personal de los españoles es lo normal y piden que, por favor, les dejen dos horas de contemplación de su sueldo mensual que crece y crece con el IPC. Cada año, cada vez que sale el Informe Pisa para decirles que su labor es un fracaso.

Necesitamos docentes que no se presten a hacer el ridículo de esta manera, con la Sexta, silbidos, abucheos, sudor, demagogia y falta de solidaridad, cordura y diligencia.

http://www.youtube.com/watch?v=UZ4sppXt6z0

martes, 6 de septiembre de 2011

Crítica de Juan Arana a "Viaje al poder de la mente", de Punset

Reproduzco este artículo del Prof. Arana porque me parece que no se puede decir mejor lo que dice.

Testamento fallido.
Más sombras que luces en el reciente libro de Eduardo Punset.


Juan Arana. Universidad de Sevilla

Reseña de: Eduardo Punset. El viaje al poder de la mente. Los enigmas más fascinantes de nuestro cerebro y del mundo de las emociones. Destino. Barcelona (2010). 364 págs.
Versión ampliada de la reseña publicada en Aceprensa, 8 septiembre 2010 (n.º 66/10)
¿Qué ocurre cuando llega a tus manos un libro escrito por una persona que acumula una larga ejecutoria y goza de notoriedad pública, que ha rebasado ya los setenta años, que confiesa sufrir una importante cardiopatía y haber recibido tratamiento para superar un cáncer de pulmón? Lo más natural es que surja en ti un sentimiento de respeto y admiración. He aquí, te dices, un hombre que ha sabido afrontar los desafíos de la existencia y que tampoco desvía la mirada cuando la muerte le sale al paso. Abres el volumen como si estuvieras ante un testamento, no porque pienses que va a ser lo último que escriba —Dios no lo quiera—, sino porque esperas encontrar allí una sabiduría esclarecedora, una ayuda para solventar tus propios problemas.
En esa disposición de ánimo di comienzo a la lectura de El viaje al poder de la mente. Los enigmas más fascinantes de nuestro cerebro y del mundo de las emociones (Barcelona, Destino, 2010, 364 pp.), la más reciente obra del economista, político, divulgador y polígrafo Eduardo Punset. Una de las tesis que defiende en ella es que los hombres somos reacios a cambiar de opinión. ¡Ea!, al menos en este caso, ha conseguido que yo cambiara la mía: antes de empezarlo pensaba que estaba ante un trabajo serio e importante; ahora que lo he leído estoy convencido de que se trata de un mal libro. Malo de solemnidad, lo digo sin paliativos, aunque mantenga la consideración y deferencia que merece quien lo ha compuesto. Ojalá escriba él muchas más cosas y tenga yo oportunidad de leérselas, pero la misma gravedad de las circunstancias que he evocado en el párrafo anterior me obliga a prescindir de paños calientes a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Tal vez esté profundamente equivocado, pero tampoco soy un niño, y creo que es urgente darle (y darme, en el caso de que se digne ejercer su derecho de réplica) la oportunidad de mejorar lo que sea mejorable, pues ya no estamos ninguno de los dos en situación de perder el tiempo con eufemismos e indirectas.
Encuentro en primer lugar que es un texto muy descuidado. Parece mentira que, disponiendo de toda una batería de documentalistas y revisores (mencionados en el apartado de agradecimientos), cometa tantos errores de bulto. ¿Ejemplos? Los hay a puñados: convierte en prusiano al polaco Copérnico (p. 15); otorga 150 años de vida a la teoría del Big bang, que empezó a esbozarse después de 1920 y sólo se consolidó en 1965 (p. 27); atribuye a Einstein el descubrimiento de formas de energía que repelen cuando desde la más remota antigüedad se conocen las fuerzas de impenetrabilidad, magnética y eléctrica, que son total o parcialmente repulsivas (p. 30); atribuye pensamiento no ya a los animales, sino a los fósiles de amonites (p. 38); pretende que cuando el agua se evapora sus moléculas se disocian en átomos de hidrógeno y oxígeno (p. 46); confunde los conceptos de densidad y peso (p. 48); coloca los bosques de Turingia «en plena Selva Negra», la cual está en la otra punta de Alemania (p. 148); convierte la «garnacha» en un vino impresentable hasta que lo redimieron en el Priorato, cuando se trata de una uva con la que al menos en la Rioja y Navarra siempre se hicieron excelentes claretes (p. 209)... A veces el desliz se prolonga hasta convertirse en novela: transforma a la buena anglicana Emma Darwin en ferviente católica (p. 165) y hace que el gran Charles se enamore perdidamente de ella, a pesar de que el diario privado del creador de la teoría de la evolución demuestra que jamás hubo una boda menos romántica y más fríamente premeditada (p. 271).
Si hay poco respeto a los hechos, tampoco encuentro deferencia alguna a las reglas de la lógica: menciona en cierto lugar una insospechada «fuerza de atracción repulsiva» (p. 16) con la que tal vez quiera aludir a la «gravedad negativa» que han popularizado los modelos cosmológicos inflacionarios. No menos sorprendente es que en otro pasaje se pregunte cómo «evitar las crisis inevitables» (p. 165), o que pretenda que el primer organismo existente sobre la tierra era heterótrofo, lo que significa —aclara por si quedaba alguna duda— que «se alimenta de otros» (p. 288). Tengo serias dudas sobre qué pudo comer entonces, dado que estaba solo en el escenario de la vida. También resulta perturbador que, tras explicar con detalle cómo nació la vida en «los mares y lagos» (p. 293), termine con la aseveración: «Todo sucedió en la atmósfera. La vida llovió del cielo» (p. 294). Si abundaran libros así, el principio de contradicción acabaría por dejar de tener sentido.
Todo lo anterior constituye una casuística penosa, pero a la vez es índice de algo de mayor calado. Estamos ante un autor que se ha dedicado con gran impacto mediático a la divulgación científica, noble arte que exige en quien lo ejerce mucho trabajo y una considerable dosis de modestia. Para llevar al gran público lo que se debate en los selectos cenáculos de los expertos hay que olvidarse de uno mismo. Se trata de actuar como abogado de los sabios ante los ignorantes, y de los ignorantes ante los sabios. Es comprensible que a la hora de confeccionar un programa de televisión la obtención de efectos a corto plazo prime sobre la mesura y el rigor. Ahora bien, cuando se escribe un libro hay que presuponer en el destinatario mayor discernimiento, aunque el objetivo sea colocar 150.000 ejemplares y más. De lo contrario resultará un producto apto para la venta masiva, pero que envejecerá antes de que acabe de secarse la tinta con que ha sido impreso. Para mí ha sido decepcionante comprobar que, en lugar de aprovechar la oportunidad que tenía para asentar las ideas y ahondar en sus presumibles consecuencias, ha optado por presumir de la amistad personal que le une a los grandes gurús de la ciencia actual y sacar de contexto resúmenes apresurados de sus descubrimientos. No es extraño que llegue a creer que también él ha hecho sustanciales aportaciones al progreso del conocimiento, sobre la amplia base empírica que le proporciona la observación de sus dos nietas y su perro Darwin. Más provechoso hubiera sido trabajar un poco más a fondo la bibliografía que aquellos autores han producido, en lugar de acumular anécdotas superficiales y comentarios realizados en passant. Así quizá hubiera evitado la penosa trivialización del conocimiento científico que caracteriza todo el libro, como por ejemplo cuando habla del principio de incertidumbre. En mecánica cuántica este principio concierne al límite en la precisión obtenible al medir simultáneamente ciertos pares de magnitudes físicas, lo cual imposibilita la completa adecuación a la realidad de las teorías que las utilizan. Se trata de algo muy importante, pero bastante técnico. Sin embargo, según Punset: «El principio de incertidumbre de Heisenberg significa que debemos vivir para siempre con probabilidades, no con certidumbres» (p. 84). Por la misma regla de tres podría habernos dicho que la teoría de la relatividad enseña que todo es relativo, o que el principio de conservación de la energía nos obliga a poner dobles ventanas en nuestro domicilio para evitar que se pierda la energía térmica de la calefacción.
Este modo de deformar el verdadero mensaje de la ciencia ya es de por sí suficientemente deplorable, pero además ni siquiera se atiene a lo que dice, puesto que en el caso referido, después de proscribir cualquier certidumbre, afirma literalmente en la página siguiente: «Se habrá recorrido en poco tiempo un camino que va de no saber nada sobre el funcionamiento de la memoria... a predecir su composición exacta en el curso del tiempo» (p. 85). ¿No habíamos quedado en que era imposible averiguar nada con exactitud? El caso señalado es uno entre un montón. La estrategia de extraer de las más abstrusas investigaciones recetas de aplicación inmediata a la vida humana provoca continuas salidas en falso, de las que luego hay que desdecirse para afirmar lo contrario. Así, anuncia en una ocasión que se ha descubierto «el minuto preciso» en que se originó el primer organismo replicante para matizar en el mismo párrafo: «aunque no podamos precisar cuándo surgió» (p. 293). Sospecho que el recurso al «donde dije digo, digo Diego» debe ser una marca de la casa, porque lo emplea incluso en cuestiones que nada tienen que ver con la ciencia o su curiosa filosofía socio-antropológica. Las consecuencias son a veces chistosas: hay un pasaje donde afirma que uno de los principales méritos de su escritor favorito, Stefan Zweig, es haberle descubierto a él (esto es, a Eduardo Punset) la vida y obra del ginecólogo Semmelweis (pp. 90-1). A continuación confiesa que no ha conseguido localizar en cuál de sus obras figura la correspondiente biografía, para acabar diciendo que lo que sabe del personaje «tal vez lo aprendiera en otros lugares» (p. 92).
Una cualidad que nadie regateará a Punset es el entusiasmo. Su libro sería un buen candidato al premio que destacara la más alta proporción de superlativos por página de la literatura universal. Va de sorpresa en sorpresa, de éxtasis en éxtasis... y de indignación en indignación, porque está convencido de que no se enseña en las escuelas ni se difunde como debiera todo lo que ha llegado a aprender en sus peregrinaciones por el mundo de la tecnociencia. Una cita nada más para ilustrar el procedimiento: «¿Cómo es posible que ninguna institución educativa, ningún ministro o ministra nos haya enseñado a ninguno de nosotros lo que era la transición de fase? ¿Cómo nos dejaron desde la más tierna infancia explorar la vida sin darnos los instrumentos, por lo menos conceptuales, para medir el pH de cualquier medio?» (p. 52). Y eso lo dice él, que estudió el bachillerato en Estados Unidos. A mí, que lo preparé por libre en un colegio pueblerino de la España franquista, me proporcionaron con toda naturalidad tanto la definición del pH como el papel tornasolado para hacer una valoración aproximada. A menudo el descubrimiento presuntamente silenciado es tan sabido y tan obvio, que uno se pregunta si Punset no confunde sus propias averiguaciones con las del resto de la humanidad, como si padeciese algo así como un «síndrome del descubrimiento del Mediterráneo», lo que le lleva a sentenciar: «En este libro nos estamos refiriendo a los grandes descubrimientos de los que nadie habla y que, no obstante han transformado la vida del ser humano corriente hasta niveles inimaginables» (p. 238). Para hacer honor a su compromiso, anuncia repetidamente el mayor descubrimiento de la ciencia, título efímero que pasa de unos hallazgos a otros (pp. 35, 130, 276), aunque lo habitual es que haya sido realizado hace menos de diez años por alguna de las grandes cabezas con las que tiene trato íntimo y sea objeto de conspiraciones judeo-masónicas para que pase desapercibido.
Hay personas que profesan convicciones humanísticas y/o religiosas y están prevenidas contra los mensajes de Eduardo Punset, porque presumen en él un sagaz defensor de los puntos de vista materialistas o cientificistas. Ojalá pudiera confirmar sus temores, porque considero que tanto el materialismo como el cientificismo constituyen desafíos teóricos muy serios, que todo el que crea en Dios o en el Hombre debiera conocer y discutir en profundidad. Pero por desgracia no es el caso. Su orientación doctrinal apunta por supuesto en esas direcciones, pero los argumentos sustantivos que aporta para abonarlas son demasiado flojos. A pesar de no ser materialista ni cientificista, los conozco mucho mejores. En el fondo, lo que define mejor su ubicación en el espectro ideológico es el sincretismo. Como en una batidora mezcla casi todas las consignas y opiniones de uso corriente, sin averiguar hasta qué punto casan unas con otras. Los Leitsmotivs en los que más insiste en El viaje al poder de la mente son: la importancia de cambiar de opinión (aunque sin especificar cómo, cuándo ni por qué); nuestra insignificancia en el conjunto de cosmos (una sentencia repetida ad nauseam desde Freud para acá , enraizada en viejos tópicos de la ascética cristiana y que ahora propone como gran novedad); la conveniencia de tomar decisiones sin estar demasiado informado (en lo cual, hay que confesarlo, Punset es modélico, véase p. 105); la utilidad de dejar de ser racionales para dar paso a la intuición y al mismo tiempo la ventaja de seguir siéndolo para no desautorizar a la ciencia (en ocasiones sugiere obscuramente que la ciencia es la única instancia competente para efectuar una especie de hara-kiri de la razón). También figuran entre las tesis capitales del libro que la inteligencia y la especificidad irrepetible de los humanos son, junto con el pensamiento autoritario y dogmático, fuente de infelicidad, violencia y terrorismo; que es más importante desaprender que aprender (frente en el que, a la vista del rumbo que está llevando últimamente el sistema educativo, estamos haciendo muchos progresos). Propugna asimismo superar a Darwin para redescubrir y dar nueva validez a Lamarck. Por último, aboga para que cambiemos la identidad genética y epigenética de nuestra especie, a fin de convertirnos en entes clorofílicos capaces de nutrirnos del sol y el aire... Si alguien opina que esta última tesis es demasiado demencial para ser defendida por una autoridad tan solvente como Eduardo Punset, vaya a la p. 291, en la que aparece un esbozo del hombre del futuro con ramas y hojas brotando de su frente, o la 309, en que apremia a los padres progresistas para que bauticen a sus hijas (por lo civil, claro está) con el nombre de Elysia chlorotica, una babosa de color verde que, por medio de la ingesta de algas y el trasiego de genes, ha conseguido incorporar cloroplastos a sus células.
Es fácil imaginar el cesto que se acaba fabricando con estas mimbres. Ignoro qué tanto por ciento de los numerosos compradores del libro habrá conseguido llegar a los capítulos finales. Los que hayan superado la prueba encontrarán sabrosos párrafos en los que, según mi poco autorizado juicio, el autor desbarra a sus anchas sin el menor apuro: «En cualquier otro animal pensamos que la dieta es muy importante para conformar el organismo, y no obstante, la gente no tiene asumido, apenas ha pensado en ello, que no podemos vivir sin comida cocinada. Las mujeres no pueden reproducirse sin comida cocinada. Incluso un varón, si sólo se alimenta de comida cruda, deja de producir esperma» (p. 250).
Idéntica falta de seriedad revelan los ataques a la religión, aunque he de reconocerle la originalidad de no sacar a relucir el caso Galileo. En realidad, el único argumento que usa para demostrar la inevitabilidad del conflicto entre la ciencia y la fe es la perspectiva —inmediata según él— de sintetizar bacterias en los laboratorios (p. 166). Un escrúpulo poco comprensible, habida cuenta que la teoría de la generación espontánea estuvo en vigor hasta el siglo XIX. Quizá se deba a que el supercatólico Pasteur fue quien la refutó. Lo cierto es que incluso Tomás de Aquino pensaba que bastaban causas meramente físicas para producir, no ya microbios, sino insectos, sabandijas y hasta ratones.
Uno esperaría encontrar proyectiles de más grueso calibre en el arsenal de un ateo o un materialista digno de ser escuchado. El de mayor poder ofensivo sería alegar que bastan las leyes descubiertas por la ciencia o las causas naturales vislumbradas por la razón para explicar el entendimiento y la voluntad humanas, o bien el surgimiento y destino final del universo. Conviene recordar que Punset ha publicado en 2006 otro libro con el provocativo título de El alma está en el cerebro, pero, francamente, decir que el alma está en el cerebro no tiene mayor trascendencia que pretender que también lo está en la habitación, ciudad o planeta donde ese cerebro se ubica. Para el caso, lo mismo daría afirmar que el hombre conserva su alma en el almario. Lo importante, lo decisivo, lo que pondría en aprietos la fe de una persona adulta y mínimamente informada, es si se puede o no describir con exactitud y predecir sin ambigüedad el conjunto de impulsos nerviosos que, partiendo de la incidencia de la luz en la retina, desemboca en la estimulación de las neuronas motoras que activan la respuesta deliberada y consciente a la información que aquella luz aportó. Todo lo demás son metáforas. Ahora bien, en un mundo regido por la indeterminación cuántica y donde campea la dinámica de sistemas complejos, pretender tal cosa es una pura imposibilidad. Es elogiable la búsqueda de localizaciones cerebrales para las funciones de la mente, aunque con las técnicas disponibles de tomografía por emisión de positrones o resonancia magnética funcional la resolución espacio-temporal es todavía muy baja (estas pruebas no registran la actividad nerviosa propiamente dicha, sino sus concomitancias metabólicas y circulatorias). Ojalá den con procedimientos de mayor refinamiento. También hay que alabar y fomentar el estudio de los mecanismos biológicos asociados a la memoria, la motivación e incluso la reflexión consciente, ¡faltaría más! Pero hay buenas razones para cuestionar que por esta vía se llegue pronto o tarde a una completa reducción materialista de la mente. Punset pretende que el cerebro, lejos de ser el mecanismo más sofisticado del universo, es un mero apaño evolutivo (p. 287), como si ambas cosas fueses incompatibles. Si se conocieran otros mecanismos —hasta donde la palabra «mecanismo» sea apropiada en este contexto— más complejos, bueno sería que los mencionara. Y en todo caso, no se trataría de un único apaño, sino de una cadena ininterrumpida de ellos que ha tardado miles de millones de años en completarse. Hasta que sea descubierto otro objeto más intrincado aún, no conocemos ninguno con tantas bifurcaciones y vericuetos, ninguna estructura que constituya un desafío comparable para cualquier esfuerzo de racionalización unívoca. El propio Punset acaba reconociendo que en lo tocante a las decisiones morales, «es incluso una cuestión abierta saber hasta qué punto tenemos la opción de elegir» (p. 170). ¡Y dice eso inmediatamente después de haber conjeturado la existencia de un mecanismo biológicamente predeterminado para emitir juicios morales! (p. 168). Difícilmente podría darse mayor incoherencia entre una toma de postura materialista y un corolario que abre la puerta a la presencia de libertad en sentido fuerte.
En un mundo cada día más necesitado de auténtico diálogo interdisciplinar, es una pena que quien está en una posición inmejorable para llevarlo a cabo malogre sus esfuerzos y deje a la clientela sin la oportunidad de conocer la proyección que el trabajo de la comunidad científica tiene sobre la vida humana. Coquetear con las modas intelectuales e improvisar genialidades sobre la marcha no es la mejor receta para aportar discernimiento a nuestro atribulado mundo. Por todo ello considero que la obra recensionada es un testamento fallido. Lo valiente no quita lo cortés, y diré para terminar que, a pesar de sus años y enfermedades, pocas personalidades alberga nuestro país con tantas ilusiones y juventud de espíritu como Eduardo Punset. Ello me hace concebir la esperanza de que los defectos señalados (en la medida en que sean tales) desaparezcan en la próxima entrega que recibamos de él, de modo que en lugar de la censura lo obligado sea el aplauso.

viernes, 26 de agosto de 2011

Guerra de vídeos

Curiosas las reacciones de la prensa, en especial de El Mundo con la polémica artificial sobre si la polícía cargó más de la cuenta en la manifestación anticatólica.

Es el mundo alrevés: los agredidos no son los ciudadanos de todas las nacionalidades que fueron insultados en Madrid. Los agredidos no son los policías que recibieron piedras e insultos. Los agredidos no son los ciudadanos de Madrid que no pueden pasear por la calle. No. Ahora los agredidos son los intransigentes los que organizan una manifestación ilegal, los que se dedican a insultar a las personas por sus creencias religiosas y a insultar a las fuerzas del orden por cumplir su trabajo, los que desafían a la autoridad democrática y se pasan los derechos humanos por el arco del triunfo  (hay que recordar que la libertad religiosa está recogida en la Declaración de Derechos).

¡Pobres víctimas los periodistas que no ven las cosas claras!

lunes, 22 de agosto de 2011

Los indignados se indignan

Tras la JMJ los indignados están más indignados que nunca:
  • Indignados con su vida, indignados de ver que muy buena parte de la juventud pasa olímpicamente de su movida trasnochada.
  • Indignados porque no tuvieron agresiones de los peregrinos, sólo indiferencia y oraciones.
  • Indignados porque los doscientos que se juntaron para la foto de Público no lograron acallar a los dos millones de jóvenes.
  • Indignados con la policía, que no permitió la disolución de la "contramanifestación convocada por el Papa".
  • Indignados porque su política aprendida de ETA no funcionó: "primero le mato y si usted se defiende aquí lo que hay es un conflicto que hay que arreglar, eso sí, de igual a igual"
  • Indignados al fin porque su ideología agoniza con los Castro y los Chavez, y Madrid se llenó de banderas de las exrepúblicas liberadas del comunismo.
  • Indignados por las palabras del Papa, que retumban todavía en su conciencia
Y la gente de la calle indignada con los indignados, que han convertido la protesta popular contra la pobredumbre moral de nuestra democracia en un grupo de ultraizquierda con el reloj parado hace 50 años.

viernes, 19 de agosto de 2011

Discurso del Papa a los profesores universitarios

El Escorial 19.08.2011

Señor Cardenal Arzobispo de Madrid, Queridos Hermanos en el Episcopado, Queridos Padres Agustinos, Queridos Profesores y Profesoras, Distinguidas Autoridades, Amigos todos


Esperaba con ilusión este encuentro con vosotros, jóvenes profesores de las universidades españolas, que prestáis una espléndida colaboración en la difusión de la verdad, en circunstancias no siempre fáciles. Os saludo cordialmente y agradezco las amables palabras de bienvenida, así como la música interpretada, que ha resonado de forma maravillosa en este monasterio de gran belleza artística, testimonio elocuente durante siglos de una vida de oración y estudio. En este emblemático lugar, razón y fe se han fundido armónicamente en la austera piedra para modelar uno de los monumentos más renombrados de España.


Saludo también con particular afecto a aquellos que en estos días habéis participado en Ávila en el Congreso Mundial de Universidades Católicas, bajo el lema: “Identidad y misión de la Universidad Católica”.


Al estar entre vosotros, me vienen a la mente mis primeros pasos como profesor en la Universidad de Bonn. Cuando todavía se apreciaban las heridas de la guerra y eran muchas las carencias materiales, todo lo suplía la ilusión por una actividad apasionante, el trato con colegas de las diversas disciplinas y el deseo de responder a las inquietudes últimas y fundamentales de los alumnos. Esta “universitas” que entonces viví, de profesores y estudiantes que buscan juntos la verdad en todos los saberes, o como diría Alfonso X el Sabio, ese “ayuntamiento de maestros y escolares con voluntad y entendimiento de aprender los saberes” (Siete Partidas, partida II, tít. XXXI), clarifica el sentido y hasta la definición de la Universidad.


En el lema de la presente Jornada Mundial de la Juventud: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (cf. Col 2,7), podéis también encontrar luz para comprender mejor vuestro ser y quehacer. En este sentido, y como ya escribí en el Mensaje a los jóvenes como preparación para estos días, los términos “arraigados, edificados y firmes” apuntan a fundamentos sólidos para la vida (cf. n. 2).


Pero, ¿dónde encontrarán los jóvenes esos puntos de referencia en una sociedad quebradiza e inestable? A veces se piensa que la misión de un profesor universitario sea hoy exclusivamente la de formar profesionales competentes y eficaces que satisfagan la demanda laboral en cada preciso momento. También se dice que lo único que se debe privilegiar en la presente coyuntura es la mera capacitación técnica.


Ciertamente, cunde en la actualidad esa visión utilitarista de la educación, también la universitaria, difundida especialmente desde ámbitos extrauniversitarios. Sin embargo, vosotros que habéis vivido como yo la Universidad, y que la vivís ahora como docentes, sentís sin duda el anhelo de algo más elevado que corresponda a todas las dimensiones que constituyen al hombre. Sabemos que cuando la sola utilidad y el pragmatismo inmediato se erigen como criterio principal, las pérdidas pueden ser dramáticas: desde los abusos de una ciencia sin límites, más allá de ella misma, hasta el totalitarismo político que se aviva fácilmente cuando se elimina toda referencia superior al mero cálculo de poder. En cambio, la genuina idea de Universidad es precisamente lo que nos preserva de esa visión reduccionista y sesgada de lo humano.


En efecto, la Universidad ha sido, y está llamada a ser siempre, la casa donde se busca la verdad propia de la persona humana. Por ello, no es casualidad que fuera la Iglesia quien promoviera la institución universitaria, pues la fe cristiana nos habla de Cristo como el Logos por quien todo fue hecho (cf. Jn 1,3), y del ser humano creado a imagen y semejanza de Dios. Esta buena noticia descubre una racionalidad en todo lo creado y contempla al hombre como una criatura que participa y puede llegar a reconocer esa racionalidad. La Universidad encarna, pues, un ideal que no debe desvirtuarse ni por ideologías cerradas al diálogo racional, ni por servilismos a una lógica utilitarista de simple mercado, que ve al hombre como mero consumidor.


He ahí vuestra importante y vital misión. Sois vosotros quienes tenéis el honor y la responsabilidad de transmitir ese ideal universitario: un ideal que habéis recibido de vuestros mayores, muchos de ellos humildes seguidores del Evangelio y que en cuanto tales se han convertido en gigantes del espíritu. Debemos sentirnos sus continuadores en una historia bien distinta de la suya, pero en la que las cuestiones esenciales del ser humano siguen reclamando nuestra atención e impulsándonos hacia adelante.


Con ellos nos sentimos unidos a esa cadena de hombres y mujeres que se han entregado a proponer y acreditar la fe ante la inteligencia de los hombres. Y el modo de hacerlo no solo es enseñarlo, sino vivirlo, encarnarlo, como también el Logos se encarnó para poner su morada entre nosotros. En este sentido, los jóvenes necesitan auténticos maestros; personas abiertas a la verdad total en las diferentes ramas del saber, sabiendo escuchar y viviendo en su propio interior ese diálogo interdisciplinar; personas convencidas, sobre todo, de la capacidad humana de avanzar en el camino hacia la verdad. La juventud es tiempo privilegiado para la búsqueda y el encuentro con la verdad. Como ya dijo Platón: “Busca la verdad mientras eres joven, pues si no lo haces, después se te escapará de entre las manos” (Parménides, 135d). Esta alta aspiración es la más valiosa que podéis transmitir personal y vitalmente a vuestros estudiantes, y no simplemente unas técnicas instrumentales y anónimas, o unos datos fríos, usados sólo funcionalmente.


Por tanto, os animo encarecidamente a no perder nunca dicha sensibilidad e ilusión por la verdad; a no olvidar que la enseñanza no es una escueta comunicación de contenidos, sino una formación de jóvenes a quienes habéis de comprender y querer, en quienes debéis suscitar esa sed de verdad que poseen en lo profundo y ese afán de superación. Sed para ellos estímulo y fortaleza.


Para esto, es preciso tener en cuenta, en primer lugar, que el camino hacia la verdad completa compromete también al ser humano por entero: es un camino de la inteligencia y del amor, de la razón y de la fe. No podemos avanzar en el conocimiento de algo si no nos mueve el amor; ni tampoco amar algo en lo que no vemos racionalidad: pues “no existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor” (Caritas in veritate, n. 30). Si verdad y bien están unidos, también lo están conocimiento y amor. De esta unidad deriva la coherencia de vida y pensamiento, la ejemplaridad que se exige a todo buen educador.


En segundo lugar, hay que considerar que la verdad misma siempre va a estar más allá de nuestro alcance. Podemos buscarla y acercarnos a ella, pero no podemos poseerla del todo: más bien, es ella la que nos posee a nosotros y la que nos motiva. En el ejercicio intelectual y docente, la humildad es asimismo una virtud indispensable, que protege de la vanidad que cierra el acceso a la verdad. No debemos atraer a los estudiantes a nosotros mismos, sino encaminarlos hacia esa verdad que todos buscamos. A esto os ayudará el Señor, que os propone ser sencillos y eficaces como la sal, o como la lámpara, que da luz sin hacer ruido (cf. Mt 5,13-15).


Todo esto nos invita a volver siempre la mirada a Cristo, en cuyo rostro resplandece la Verdad que nos ilumina, pero que también es el Camino que lleva a la plenitud perdurable, siendo Caminante junto a nosotros y sosteniéndonos con su amor. Arraigados en Él, seréis buenos guías de nuestros jóvenes. Con esa esperanza, os pongo bajo el amparo de la Virgen María, Trono de la Sabiduría, para que Ella os haga colaboradores de su Hijo con una vida colmada de sentido para vosotros mismos y fecunda en frutos, tanto de conocimiento como de fe, para vuestros alumnos

miércoles, 17 de agosto de 2011

JMJ

Hemos visto a los medios entusiasmados con los jóvenes "indignados". Jóvenes que tenían serios problemas para no hacer botellón en la Puerta del  Sol por miedo a que los medios les retratasen bebiendo. Jóvenes que tuvieron que poner mil carteles en los que se prohibía casi todo y que no supieron garantizar la integridad de las jóvenes que se quedaban a dormir en la Acampada.

Ya el "Movimiento" 15-M se decantó como un movimiento de izquierdas que topó con la alargada sombra de Rubalcaba y perdió las simpatías mediáticas.

Con el movimiento languideciendo y los jóvenes ni- ni de vacaciones (porque una cosa es no dar palo al agua y otra quedarse sin la playa), Madrid se llena de miles de jóvenes que vienen a oir a los mayores hablándoles de filosofía, de teología y de moral. Y vienen también a rezar. Y estudian y tienen trabajos y hacen grandes cosas en la vida.

Ellos se han organizado: miles de voluntarios, puestos de información, carteles, patrocinadores, guías... horas y horas de trabajo para lograr una impecable organización...

Son muchos los jóvenes que saben lo que quieren y que lo buscan con ahínco, un ejemplo palpable de liderazgo.

Estos jóvenes dominarán el mundo.

lunes, 4 de julio de 2011

Entrevista al Dr. López Quintás



[siguiendo el enlace puede leer la entrevista completa en su blog, que recomiendo, esto es sólo un extracto]









- Hoy se está hablando mucho de “Emergencia educativa”.





- Ciertamente. Intelectuales y dirigentes considerados hoy como un referente utilizan, a menudo, esta expresión cuando abordan el problema educativo, y diversas asociaciones de gran calado cultural y social están dedicando gran esfuerzo a analizar la situación actual, para ver de encontrar una salida airosa a esta crisis pedagógica





- ¿Qué se quiere indicar, exactamente, con la expresión “Emergencia educativa”?





- Hay dos tipos de emergencia educativa. Uno indica el hecho de que los alumnos presentan un grado de ignorancia inaceptable en cuestiones académicas básicas. Tal fallo puede superarse si se aumenta debidamente el nivel de exigencia y se concede la necesaria autoridad al profesor.





El segundo tipo de emergencia se refiere a la calidad de la enseñanza humanista. Se trata de una situación límite, de graves consecuencias. No se alude sólo a un problema grave, ni a una serie de problemas que puedan ser tratados uno a uno para mejorar la situación. (...)



- ¿Cree usted que nos hallamos en una situación de emergencia, en el segundo aspecto?







- Lamentablemente sí, en buena medida. Y ello requiere un estudio profundo, pues se trata de una quiebra radical de la forma de pensar. Cuando un alumno dice que “no hay que buscar la verdad, porque cada uno tiene la suya”, nos deja descolocados a profesores y alumnos, literalmente nos desquicia, porque el quicio o eje del proceso formativo es la búsqueda en común de la verdad, es decir, de la realidad tal como se nos patentiza a lo largo de la vida. Si un alumno dice al profesor: “Usted tiene su verdad y la respeto, pero yo tengo la mía y usted debe respetarla”, parece que es muy respetuoso y procura el consenso y la concordia, pero anula nuestra capacidad de conocer la realidad y atenernos a ella, con lo cual mina la base del entendimiento entre formadores y alumnos, y, en general, entre personas y pueblos. Cuando este desgajamiento se hace general, se produce una situación de emergencia educativa.





Si los alumnos de filosofía contemporánea desconocen que Max Scheler y Nicolai Hartmann escribieron sendos libros sobre Ética, están desinformados. Necesitan ampliar sus conocimientos de Historia de la Ética. Pero, si afirman que la libertad y las normas se oponen siempre, les falla la forma de pensar. Piensan sólo en un nivel elemental y aplican esa forma de pensar a los niveles superiores, sin matización alguna. Cuando lo hacen porque ignoran que hay que distinguir niveles de realidad y de conducta, entonces el fallo en la forma de pensar es todavía más profundo; afecta a las bases de su pensamiento. En cuanto este fallo se propague, da lugar a una emergencia educativa.





- ¿Es posible, a su juicio, superar esta situación de emergencia? ¿Tiene algún método para ello?





- Afortunadamente, sí. Debido a una serie de malentendidos y prejuicios, se ha producido una especie de bloqueo intelectual en multitud de personas, especialmente niños y jóvenes. Es necesario conseguir que éstos se liberen de tales malentendidos por propia experiencia. De ahí que mi método –promovido por la Escuela de Pensamiento y Creatividad





- Me temo que este método de ayudar a descubrir debe de ser más difícil que el mero enseñar lo que uno ya sabe…





- Al principio sí, porque transmitir las enseñanzas por vía de búsqueda exige al profesor asimilar muy bien las ideas y adoptar un método muy bien articulado, pero luego todo marcha mucho mejor, pues cada descubrimiento que hacemos nos dispone para el siguiente. Voy a hacer, en esquema, una experiencia de descubrimiento, y veremos lo que avanza un joven en cuanto a descubrir los distintos modos de libertad. Yo le invito a que haga conmigo esta experiencia:





Figúrese que tengo un fajo de papel. Puedo hacer con él lo que quiero. Es un objeto, y dispongo de absoluta libertad para usarlo como medio para mis fines, o canjearlo por otro, o simplemente desecharlo… A este plano de los objetos y de nuestra capacidad de dominarlos y manejarlos para nuestros fines vamos a llamarle nivel 1.





Ahora bien. Si escribo en ese papel una obra musical, lo transformo en partitura. La partitura es una realidad superior al papel, pues tiene la capacidad de revelarnos una obra musical. Pertenece a un plano más alto que el de los meros objetos: el plano de las realidades “abiertas”, expresivas, capaces de ofrecernos posibilidades de actuar con sentido. Está, por tanto, situada en el nivel 2. Con el papel puedo hacer lo que quiera, pero con la partitura no. Si quiero interpretarla al piano, debo seguir sus instrucciones. Y, cuanto más obediente le sea, más libre me siento, pero con otro tipo de libertad, la libertad creativa. Pierdo, con ello, en buena medida mi libertad anterior, la libertad de maniobra, pero adquiero una forma de libertad superior. Tener libertad creativa significa aquí que interpreto la obra con soltura y destreza. Pero interpretar bien una obra es crearla de nuevo. Al renunciar a la libertad de maniobra, gano capacidad creativa, y, con ella, el poder de unirme a la obra con un tipo de unión muy estrecha, una unión de intimidad.





Ahora vemos claramente que, en este nivel 2, la libertad y las normas no se oponen; se complementan y enriquecen. Comprender bien esto nos da una luz inmensa. Si alguien me dice que la libertad y las normas se oponen, le contesto con toda precisión: en el nivel 1, sí; en el nivel 2, no, porque aquí sucede todo lo contrario: la libertad y las normas se exigen mutuamente y se ayudan a abrir todo un campo de creatividad. Esa capacidad creativa me perfecciona como persona. En cambio, el que se obstina en dar por supuesto que las normas se oponen a la libertad, ciega la fuente de su capacidad creativa, y rebaja la calidad de su vida personal.





- En alguno de sus libros, habló usted de la necesidad de que los profesores sean no sólo “informadores” sino también “formadores”






- Ciertamente, y este perfeccionamiento puede conseguirse muy bien con el método que he elaborado. Si se aplicara en los centros escolares, con un guía un tanto experto, se abrirían vías fecundas para superar el peligro de la "emergencia educativa”. Pero esta cuestión exige más tiempo para exponerla.

viernes, 17 de junio de 2011

Sol ayer y hoy



He encontrado, y comparto, esta imagen de 1935.


Me ha resultado un tanto familiar, como si la hubiese visto hace poco

martes, 14 de junio de 2011

La idea de Filosofía en Aristóteles, texto de Zubiri

Zubiri, X.: "La idea de Filosofía en Aristóteles", en Naturaleza, Historia, Dios, Editora Nacional, Madrid 1944 (5ª Edición, pp. 97-106).




LA IDEA DE FILOSOFIA EN ARISTOTELES

Bibliografía oficial #20 (1935) y #43, pp 97-106 (1944), paginación de la 5a edición

{99}


El filosofar existió en Grecia, naturalmente, mucho antes del siglo de Platón y de Aristóteles. El vocablo aparece ya en Herodoto usado en forma verbal (philosopheîn) en un pasaje que encierra todos los elementos esenciales de la cuestión. Herodoto pone en boca de Creso estas palabras dirigidas a Solon: "Han llegado hasta nosotros muchas noticias tuyas, tanto por tu sabiduría (sophíe), como por tus viajes, y de que movido por el gusto de saber (hos philosophéon) has recorrido muchos paises por examinarlos (theoríes heíneken)" (1, 30). Aquí aparecen íntimamente asociados los tres términos de sophía, theoría y philosophía.

La palabra sophía es el abstracto de un adjetivo sophós, que significó "entendido en algo". Este algo podía ser lo más vario: una habilidad manual, el gobierno de las ciudades, el arte y, sobre todo, lo último del mundo y de la vida. Pero lo esencial es que el sustantivo sophía denota mucho más que el contenido a que se aplica, un atributo del sophós mismo; sophía es una cualidad un modo de ser del hombre, lo que hace de él que sea un artífice, un artista o un "sabio". Hay, pues, una clara distinción entre la sophía como un modo que tiene el hombre de enfrentarse con las cosas, y la sophía en tanto que calificada por las zonas diversas con que se enfrentas Estas zonas pueden ser, según hemos dicho, muy varias; la que nos interesa especialmente para nuestro problema es la zona de las ultimidades del mundo y de la vida. La sophía es un saber acerca de estas ultimidades. Pero como propiedad del sophós esta sophía puede poseer y posee efectivamente matices diversos. Así, en Oriente la sophía ha acentuado sobre todo el carácter operativo del saber. En Grecia, en cambio, ha ido adoptando matices cada vez más sensiblemente intelectuales. En Jonia la sophía es el modo de ser no del que hace, sino del que sabe hacer, del que conoce cómo hay que trabajar o gobernar, o cómo se producen {100} los eventos de los dioses y del mundo. La sophía ha ido asociándose cada vez más íntimamente con el puro examen del mundo, independientemente de las acciones humanas: "por examinarlos" es por lo que recorre Solon muchos países, y por ello mereció para Herodoto el calificativo de sabio. La sophía, como theoría, fue la gran creación de Grecia, algo que afecta al modo mental de situarse ante las cosas, más que a la zona de objetos sobre que recae. Esta theoría griega se desarrolló desde la simple consideración teorética de los jonios, hasta su articulación racional en epistéme. Y al hilo de este desarrollo intelectual transcurre también el desarrollo de su expresión literaria: mientras la sophía no pasó de ser un simple examen del mundo en su conjunto, algo muy próximo a la sabiduría religiosa, se expresó, como ésta, en forma poética; cuando comenzó a revestir el carácter de conocimiento racional se introdujo la prosa en la filosofía.

Pues bien: esta distinción entre el tipo de actitud mental y las zonas que ella abarca, debe extenderse también a ese modo especial de sophía, que se llamó philosophía. Hay que distinguir también en ella, de un lado, las distintas zonas de realidad que abarca, y de otro el tipo de saber que la constituye.

Ante todo, el saber filosófico va descubriendo en Grecia zonas de realidad distintas, con peculiaridad propia; va alumbrando regiones del universo cada vez más insospechadas, y haciendo de ellas objeto suyo. En un principio, el saber filosófico se ocupó preferentemente de los dioses, y vio en el mundo una especie de prolongación genética de ellos. Junto a los dioses, los jónicos descubren la naturaleza como algo propio. Más tarde, Parménides y Heráclito descubren a su vez en ella esa misteriosa y sutil cualidad del "ser", por la que decimos que esta naturaleza es la realidad.[1] Los físicos sicilianos y atenienses encuentran la realidad de la naturaleza en la zona oculta de sus "elementos". Con los pitagóricos aparecen, junto a la naturaleza, los objetos matemáticos, cuya realidad es distinta de la de los seres naturales; la idea de realidad sufre entonces una {101} modificación y una ampliación esenciales. Los sofistas y Sócrates ponen ante los ojos de sus contemporáneos la realidad autónoma del orbe vital, tanto político como ético: el discurso, la virtud y el bien. Con Platón, entre los dioses y toda esta realidad física, matemática y humana, aparecen las Ideas, el mundo de las esencias ideales.

Pero junto a este desarrollo que afecta a la amplitud de su campo, está el otro, mucho más oscuro, que afecta más bien al tipo de saber constitutivo de la filosofía. Es menester llamar la atención sobre ello, porque es cosa que casi siempre —y el casi lo pongo por prudencia— ha sido preterida: no solamente se han ampliado ante los ojos de los hombres las zonas de realidad, modificándose así el sentido que la realidad posee, sino que ha ido modificándose a un tiempo la estructura misma del saber filosófico en cuanto forma de saber. La "definición" de la filosofía por su contenido es cosa distinta de su definición como forma de saber.

Ya lo indicábamos antes. La sophía, como actitud mental, se ha desarrollado en Oriente por su dimensión operativa. En Grecia, en cambio, se adscribió al mero conocimiento. Aun en su acepción más corriente, el experto (empeirós), el técnico (tekhnítes) y el dirigente de la vida humana (phrónimos), significan siempre hombres que tienen la cualidad de saber hacer algo. Es lo que Aristóteles expresaba al decir que con esos tres modos de saber (empeiría, tékhne, phrónesis) el hombre aletheúei, vocablo difícil de traducir, quizá "descubre la verdad". El saber va dirigido, pues, al descubrimiento de lo sabido. Y en sentido lato se llamó a todos estos hombres sophoí. Junto a estos tres modos de saber, la sophía propiamente dicha, en sentido estricto, es para un griego el modo supremo de descubrir la verdad. Mientras en aquellos tres modos el hombre sabe de las cosas en y para su hacer con ellas, en la sophía se va al descubrimiento de la verdad por sí misma, se va a la theoría. Y este tipo de sophía, en que no se busca nada sino la sophía misma, es lo que se llamó "el gusto por saber", philosophía, frente a la philokalía, el gusto por la belleza. En Herodoto la idea de filosofía aparece, según vimos, en forma todavía participial; como sustantivo sólo empezó a usarse justamente en el círculo {102} socrático para indicar la cualidad, el hábito mental de este nuevo modo de sophía. El tipo de vida intelectual de quien posee esta cualidad se denominó bios theoretikós, vida teorética.

La sophía como actitud mental comenzó con los jónicos siendo, según hemos dicho, lo que vagamente no se llamó sino theoría, examen o estudio de la naturaleza por sí misma, un esfuerzo dirigido a la verdad por la verdad. Inmediatamente después, este saber filosófico, que es la theoriu, adoptó en Parménides y Heráclito la forma de una especie de visión. intelectual del mundo, noûs. Más tarde, finalmente, en Atenas esta visión intelectual del mundo se desplegó en una explicación racional de él, en una epistéme. La filosofía, pues, lanzada por el cauce puramente intelectivo, comenzó por ser simple theoria, fue después visión intelectual de las cosas y terminó siendo una ciencia. Y a medida que fueron alumbrándose nuevas zonas de realidad, se fueron creando nuevas formas de saber racional. Recordemos también, para ser completos, que con los sofistas la filosofía fue la cultura intelectual, paideía.

Y así, en tiempo de Platón y de Aristóteles se tiene una multitud de ciencias filosóficas de la realidad. Esto hizo que para Aristóteles la palabra filosofía fuera más que el nombre de una ciencia el título de un problema. ¿Qué hay en todas esas "filosofías" que justifique el nombre de tales? Por esto Aristóteles llamó a la filosofía zetouméne epistéme, la ciencia que se busca. La fórmula es equívoca; ya comprendemos ahora por qué. Porque no se sabe si alude a la primera o a la segunda de las dos dimensiones de la filosofía: a su contenido o al tipo de saber que la constituye. Creo esencial llamar la atención sobre este punto.

Lo primero que va envuelto en la fórmula aristotélica no es el esfuerzo por descubrir el objeto propio de la filosofía, y, por tanto, la existencia de ésta. Antes bien: Aristóteles la da por supuesta, ante el hecho de que sus antepasados se han ocupado en crear, y han creado, efectivamente, saberes filosóficos. Aristóteles no busca, pues, primariamente la filosofía. Lo que Aristóteles busca primariamente es, ante todo, la forma única bajo la cual puede existir, según él, el saber filosófico con pleno rigor intelectual. Y esta es una cuestión distinta de la de su objeto {103} y anterior a ella. Aristóteles parte de la idea de que la filosofía ha de ser un saber teorético. A lo que su búsqueda va disparada es hacia el carácter racional que ha de adoptar este saber teorético que venía siendo ya la filosofía. Lo que formalmente busca es, pues, su forma racional. ¿Será posible hacer de la filosofía una epistéme? Una forma especial, un tipo de filosofía: la filosofía como epistéme, y no la existencia de toda posible filosofía, es lo que constituye el término primario de la búsqueda aristotélica. Como diría Hegel, trata de elevar la sofia al rango de ciencia. Que la idea y hasta la pretensión estuvieran ya parcialmente en marcha antes de Aristóteles, es un hecho innegable. Pero Aristóteles encuentra justificada su preocupación ante la inmensa variedad de zonas que la epistéme filosófica abarcaba en su tiempo. En realidad, lo que se tení a eran muchas ciencias filosóficas, en las que lo único que les daba unidad era el adjetivo "filosóficas". Pero el sentido de este adjetivo fue haciéndose cada vez más turbio y oscuro a medida que había ido enriqueciéndose su contenido. ¿Qué hay, pues, en todas estas ciencias que justifique su epíteto de filosóficas? En el fondo, Aristóteles trata de hacernos ver que entre tantas filosofías, lo filosófico de todas ellas, la filosofía, ha ido ocultando su esencia tras la floración exuberante de los conocimientos filosóficos. Si pudiéramos saber con rigor qué es lo filosófico en todas estas filosofías, habríamos descubierto algo que sería una filosofía de tipo nuevo, de tipo superior a las existentes hasta entonces, una filosofía que no seria un saber filosófico acerca de un objeto más, de una nueva zona del mundo, sino que sería la filosofía de todo saber filosófico en cuanto tal. Por esto Aristóteles la llamó, programáticamente también, filosofía por excelencia, el saber filosófico en primera línea, el saber filosófico propiamente dicho, o como él dice "filosofía primera". Frente a ella, las filosofías de su tiempo serían filosofías más o menos "regionales", como se decía hace unos años; filosofías segundas las llamaba él.

Y ¿qué es lo que Aristóteles encuentra de problemático en la idea misma de esta filosofía primera? Ante todo, decía, el tipo mismo de saber que proporciona. Desde Parménides se tenía la impresión de que el saber filosófico va dirigido hacia lo {104} mas real de la realidad. Pero esta concepción no pasó, en rigor, de ser una vaga perspectiva intelectual; fue una intuición tan sólo, no un concepto. Y por esto el despliegue de la filosofía, desde Parménides hasta Aristóteles, se halla caracterizado mucho más por el descubrimiento progresivo de distintas zonas de realidad que por una elaboración de la idea del saber propiamente filosófico en cuanto forma de saber.

Las muchas filosofías habían adoptado ya esa forma de saber que se llamó epistéme: una explicación racional de la necesidad y de la estructura interna de la realidad. Aquella vaga intuición de la realidad adoptó la forma de un saber científico. Pero lo que fuera la epistéme venía calificado mucho más por los conocimientos que suministraba que por la forma mental que la constituía. Pues bien: Aristóteles, siguiendo la huella de Platón, pretende que este carácter científico afecte también a la estructura misma de lo filosófico en cuanto filosófico. Lo filosófico de todas las ciencias filosóficas ha de tener, en cuanto filosófico, carácter científico. Este es el punto de partida de la búsqueda aristotélica.

Aristóteles, pues, tiene que plantearse ante todo la cuestión de en qué consista el carácter del saber filosófico como ciencia. Todas estas ciencias filosóficas parten de unos primeros supuestos acerca de la estructura de las cosas reales que estudian. Pero para dichas ciencias estos principios de las cosas son tan sólo el comienzo de su saber. Con ellas explican las cosas, pero los principios mismos no son objeto de inquisición suya. Lo filosófico del saber científico como forma de saber consistirá, pues, ante todo, en convertir a estos principios particulares en objeto de esclarecimiento. Con lo cual las cosas mismas quedan envueltas en la filosofía. Aristóteles tuvo entonces la genial idea de adscribir esos principios a la visión intelectual, al noûs de que habló Parménides: esta visión intelectual de las cosas es ahora concretamente una visión de sus principios. Pero esto no basta. Es menester que esta visión sea algo más; hace falta que se despliegue y articule en forma de explicación racional. Si ello fuera posible, tendríamos una ciencia que, a diferencia de las demás, buscaría sus propios principios y se moverla en su interna intelección. La presencia del noûs, de la {105} visión intelectual en la epistéme es lo que da a ésta su carácter propiamente filosófico; es lo filosófico de la ciencia en cuanto ciencia. Si se quiere, es una ciencia que no sólo usa de principios, sino que se mueve internamente en su íntima justificación: noûs con epistéme llamaba por esto Aristóteles a la sophía.

Ahora bien: si no fuera más que esto, la ciencia filosófica sería, a lo sumo, una teoría de las filosofías segundas. Nada más lejos de la mente de Aristóteles. Para Aristóteles, como para todo buen griego, toda ciencia ha de tener un objeto real y unos principios propios. Por tanto, esa ciencia de los principios de todas las demás ciencias ha de apoyarse, si quiere existir, en algo real. Es menester que esta inquisición de todos los principios de las cosas se apoye a su vez en principios reales de ellas, los cuales, si existen, serán principios no particulares, sino supremos, principios de los principios, principios absolutos (tá prota).

El esfuerzo por construir una ciencia filosófica le lleva así, en consecuencia (tan sólo en consecuencia), a un segundo esfuerzo, a un esfuerzo por encontrar en la realidad un objeto que le sea propio a aquélla. La genialidad de Aristóteles en este punto ha estribado en no pretender que el objeto propio de la filosofía sea una zona especial de realidad [2] como lo fue todavía para Platón: la filosofía ha de abarcar la realidad entera. Su objeto ha de determinarse, pues, de diferente manera a como lo hacen las filosofías segundas. Mientras estas ciencias filosóficas estudian cada una de las distintas zonas de realidad, esto es, los distintos modos que las cosas tienen de ser reales, la filosofía primera estudiará la realidad en cuanto tal. Desde el punto de vista de su objeto, lo filosófico de todas las ciencias filosóficas se halla justamente en que estudian los distintos modos de realidad de las cosas. Es claro entonces que lo real en cuanto real constituirá el carácter de lo filosófico en cuanto filosófico. {106}

Y aquí convergen los dos esfuerzos de la búsqueda aristotélica: la filosofía propiamente dicha solamente será posible como ciencia, si la realidad de lo real tiene una estructura captable por la razón, si tiene unos primeros principios reales propios, principios no de las cosas tales como son (hos estín), como pretendían los físicos que especularon sobre los elementos, sino principios de la realidad en cuanto tal (ón hei ón). Dicho en fórmula aristotélica: la realidad en cuanto tal tiene una estructura "fundamental", y la filosofía como ciencia consistirá en la inquisición de estas primalidades del ser, como dirá espléndidamente, muchos siglos después, Duns Scoto.

El descubrimiento de la filosofía primera como ciencia de la realidad en cuanto tal sólo fue posible para Aristóteles como término del intento por dar estructura racional al saber filosófico. El despliegue de este intento es lo que le llevó a descubrir la realidad en cuanto tal. Esto es lo que importaba subrayar.

Lo esencial es, pues, que con Aristóteles tenemos no la filosofía en cuanto tal, sino una forma determinada de filosofía: la filosofía como ciencia. Hay otras posibilidades: por un lado, la filosofía, el Veda, fué en Oriente otra cosa: un saber operativo. En Grecia, después de Aristóteles, la filosofía fue también algo distinto. Y en la Europa postclásica la filosofía como tal revistio algunas veces formas mentales distintas.


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NOTAS


[1] En rigor, los jónicos descubren no la idea de Naturaleza, sino la Naturaleza misma; Parménides descubre el ser, más que su idea.^

[2] Es superfluo indicar que, sin embargo, la relación del objeto de la filosofía primera con el Théos constituye todavía un grave problema para la interpretación de la metafísica aristotélica.^

martes, 7 de junio de 2011

Casualidad

En 1982 Rubalcaba, Alfredo Pérez, llega a la política con el gobierno socialista de Felipe González.

Dos años más tarde la Real Academia de la Lengua introduce un nuevo sentido a la palabra Manipular, que desde 1803 hasta 1970 había significado simplemente:

"Operar con las manos"

Y en sólo dos años de Rubalcaba en política pasó a ser:

"Intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en la sociedad, en el mercado, etc., con frecuencia para servir los intereses propios o ajenos"

Hoy ya nadie entiende otra cosa con la palabra manipulador.